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El Mis Ladrillos

Mis Ladrillos, recuerdo que fue el juguete que me enseñó que las cosas no vienen dadas, hay que hacerlas.

En la caja decía que con el contenido se podía construir cualquier cosa, pero era mentira. O quizás mis capacidades creativas en términos de arquitectura y diseño eran limitadas. En realidad, puede ser un poco y un poco, porque mi hermano, que con el tiempo se convirtió en arquitecto en serio, no le daba mucha bola al Mis Ladrillos, y siempre fue de la banda de Lego.

De todos modos, recuerdo que fue el juguete que me enseñó que las cosas no vienen dadas. O, en realidad, que a veces sí vienen dadas y a veces no. Porque hasta ese momento (no lo recuerdo con exactitud, tendría ¿seis? ¿siete años?), yo contaba con soldaditos, indios, un fuerte, algunos jinetes de todo tipo (me acuerdo de El Zorro, El Llanero Solitario, que tan solitario no era porque también me acuerdo de Toro, su compañero), también tenía un zoológico con sus jaulas y sus animales desesperados por la tristeza esperando que llegue la muerte a salvarlos y hasta algunos astronautas. Pero en todos los casos, los juguetes venían conceptualmente “cerrados”, eran de “llave en mano”, yo tenía la posibilidad de hacerles vivir todo tipo de peripecias, pero no podía cambiarles la esencia. En el caso del Mis Ladrillos, por el contrario, lo único que tenía eran los materiales: el resultado final del producto dependía de mi creatividad, voluntad, tesón y disciplina (cuanto más seguido jugaba, mejores eran las ideas que se me ocurrían).

Quizás, ahora que lo pienso, el Mis Ladrillos me haya dado de las mejores lecciones de mi vida.

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