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El colegio secundario

Un recuerdo de una de las etapas más lindas de la vida: el colegio secundario.

Nostálgicos
Finalizada la escuela primaria, el ingreso al colegio secundario requería rendir el examen de ingreso. Algunos estudiaban solos, otros recurrían al maestro de grado, quien recibía a sus discípulos en su casa, previo pago de una módica suma. Otros acudían a los institutos especializados, con férrea disciplina, clases matutinas y vespertinas de lunes a sábados, que se dictaban todo el año, incluidas las vacaciones. No querían perder el prestigio adquirido a fuerza de aprobar exámenes. El día del examen, temores y ansiedades predominaban en medio de la algarabía nerviosa de tantos postulantes, en su mayoría imberbes que acababan de finalizar la escuela primaria. Dos exámenes (uno de matemáticas y otro de castellano) imponían un suspenso, una espera, para saber quiénes reunían el puntaje necesario para ingresar. Por la mañana, castellano y un recreo largo para apurar el almuerzo en el quiosco del colegio: un sándwich o una empanada seca, fría y de contenido escaso, empujada con agua de los bebederos o alguna gaseosa como Bidú, Naranja Bilz o Crush. Por la tarde, el examen de matemáticas para completar el sufrimiento, luego de haber evaluado en el recreo cómo se habían contestado las preguntas de la mañana. Los alumnos de primer año eran objeto de todo tipo de bromas por parte de los alumnos de cursos superiores. Niños no acostumbrados aun a la nueva rutina eran constantemente observados por quienes, simulando ser celadores, imponían falsas penas de disciplina con el consiguiente susto por parte del novato. Ponerse los primeros pantalones largos, fumar en clase, especialmente en clase de música o en los gabinetes de física o química, o hacerse la rata en el baño, eran etapas que se agregaban a la larga lista de hechos nuevos para el alumno, pero constantemente reiterados año tras año. Las bromas entre estudiantes aumentaban en frecuencia y complejidad a medida que se pasaba de año. Colocarse 7 u 8 sobretodos, explotar un petardo en el aula, esconderse en el aula en determinada clase, formaban parte de los recuerdos que provocaban más de una sonrisa. ¿Cómo se escondían en el aula? Al fondo del salón de clase había un cuarto clausurado, con una puerta sin picaporte, obstáculo fácilmente solucionable. El problema surgió cuando el que estaba escondido comenzaba a fumar y el profesor de turno, al pasearse por el aula, observaba la salida de humo por el orificio del picaporte, comprobando que algo no andaba bien.

Fecha de Publicación: 10/11/2018

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