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El boleto capicúa

Si hablamos de recuerdos, no puede faltar el boleto capicúa. Ese mágico pase de colectivo, tan deseado por chicos y grandes. ¡El capicúa traía suerte y se coleccionaba!

El único motivo por el cual deberían existir los boletos de colectivo es por la posibilidad (reducidísima, estamos de acuerdo) de que salga el capicúa. Sólo dos veces en la vida me pasó y aún hoy recuerdo el número: 23132 y 47574. De hecho, recuerdo hasta los colores: el primero era rosa (línea 109, por Córdoba) y el segundo verde (en este caso no recuerdo la línea, pero si tuviera que adivinar me la jugaría por el 166, que recorre la inefable Avenida Juan B. Justo, de Palermo a Ramos Mejía).

Ahora, la tecnología, como suele suceder, nos hace la vida más eficiente pero menos mágica, más precisa pero menos divertida, más barata —a veces— y más larga —en el mejor de los casos—, pero con menos argumentos para que valga la pena ser vivida. Lo que estoy diciendo es una exageración, es verdad, gracias a Dios existen los tomógrafos y la conexión a internet, pero no nos dejemos avasallar, no perdamos todo lo lindo que teníamos en nombre de la eficiencia. Me estoy poniendo melancólico, puede ser, quizás sea porque me acordé de que mi abuela Esther se ponía el boleto del colectivo enganchado en su alianza matrimonial y me decía que no había que perderlo por nada del mundo. Menos mal que no llegó a conocer la SUBE, hubiera sido incómodo llevarla debajo del anillo.

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