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Castañas en Buenos Aires

Las castañas se transformaron en un recuerdo nostálgico de ese Buenos Aires de ayer.

Las castañas tan comunes en Europa, tuvieron su hora de gloria en Buenos Aires. Las vendían en la calle, calentadas en hornos pequeños con carbones encendidos y en los bares, servidas en platitos. Cuando se las pelaba, desprendían un aroma único e inconfundible, estableciéndose como acompañante recomendado de la cerveza de barril, servida en los grandes vasos de vidrio grueso con manija, los chops. Se las podía degustar en el verano, en las calles del centro de la ciudad, en un horno colocado sobre una mesa pequeña, donde una mujer preparaba un cucurucho de papel colocando media docena de castañas. También se consumía en los hogares, los vendedores las ofrecían de puerta en puerta. Pero era necesario cocinarlas, apreciándose entonces su suave aroma.

Mientras en Europa persiste la costumbre de comer castañas, en Buenos Aires hace ya mucho tiempo que ha desaparecido. La garrapiñada, su versión porteña, se elaboraba con maní, especialmente en la época de otoño e invierno. En un triciclo con caja de latón, se montaba un calentador a querosene y en un bols de cobre, se colocaba agua, azúcar, maníes pelados, unas gotas de vainilla y a revolver con una cuchara de madera. Su aroma era atrapante, tanto para los niños como para los adultos. Se vendía recién elaborada en bolsitas de papel celofán a un precio de 10 y 20 centavos. Eran escasos los vendedores de garrapiñada, pero se los encontraba a la salida de los estadios de fútbol, los circos y el jardín zoológico. Hoy se han multiplicado y no solo usan el maní, sino las almendras como en Europa, y otras semillas igualmente exquisitas. Pero el olor de la garrapiñada que conocemos, está ligada exclusivamente al maní. Las castañas se transformaron en un recuerdo nostálgico de ese Buenos Aires de ayer.

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