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Los vendedores ambulantes

Hubo una época en la que todo podía comprarse en la calle.
Nostálgicos y Apasionados
18 febrero, 2019

Las inmigraciones proporcionaron representantes callejeros que a través del andar por las veredas o calles se mezclaban con los autóctonos, brindando un variado aporte de mercancías.

El manisero soplaba una corneta de bronce que emitía un sonido característico de inmediata identificación. Algo similar ocurría con el carro de la “Panificación Argentina”: el conductor presionaba una pera de goma adosada a una corneta, que emitía un sonido exclusivo, el de la “Panificación”.

El lechero aparecía con las vacas y sus terneros, con su andar cansino por las calles del barrio, y se anunciaba por el sonido de una campanita que una de las vacas llevaba prendida en el cuello. El voceo del diarero, anunciando la quinta o la sexta edición durante las tardes era una situación esperada, porque en ese recorrido que hacía hasta llegar a su parada, repartía los diarios a domicilio. El frutero empujaba un carro con frutas, voceando hasta quedar disfónico. Se ubicaba en una esquina, donde acudían los vecinos para comprar la fruta por docena, no por kilo.

Durante las tardes pasaba el pastelero, portando dos grandes canastas conectadas por una vara cilíndrica de madera, que apoyaba sobre sus hombros, detrás del cuello. Contenía churros, pasteles, bizcochos y factura confitada. Soplaba un silbato muy agudo, introducido en la boca, con un sonido distinto a los demás, que lo identificaba inmediatamente. La flauta de pan que soplaba el afilador de cuchillos y tijeras, con sus escalas ascendentes y descendentes, era identificable a la distancia. Convocaba con rapidez a los vecinos interesados en mejorar el filo de los cuchillos, que de tanto afilarlos, reducían el ancho de su hoja, transformándolo en una lámina cada vez más angosta y ridícula.

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