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El sapo

Si le tuviera que explicar a un extraterrestre en qué consiste el juego del sapo, no sabría por dónde empezar.
Nostálgicos y Apasionados
| 03 mayo, 2018 |

Si le tuviera que explicar a un extraterrestre en qué consiste el juego del sapo, no sabría por dónde empezar. Bah, en realidad es bastante sencillo: hay que revolear una ficha, una moneda, una piedra, lo que sea, a una mesa con agujeros, cada uno con su puntaje. El que hace más puntos gana. Lo que no sabría cómo explicarle es por qué me gusta. Por qué y cómo, yo, que me considero un tipo sofisticado y de gustos relativamente refinados, disfruto tanto con una actividad tan primitiva. Se me ocurren dos posibles respuestas.

La primera es de origen emotivo: lo jugaba de chico, en la quinta de los abuelos de uno de mis mejores amigos de la primaria. Quizás junto con el sapo venga toda una oleada de recuerdos y es eso lo que me emociona. Dicen que el sentido que más inmediatamente relaciona una percepción con un recuerdo es el olfato. Se nota que el abuelo de mi amigo Nicolás (así se llamaba, espero que así se siga llamando y que esté contento y vital como lo recuerdo) barnizaba seguido el mueblecito del sapo, porque hasta el día de hoy, cada vez que huelo barniz me acuerdo de Nicolás.

La segunda respuesta a la pregunta de por qué me gusta algo tan tonto se responde prácticamente sola: porque a veces las cosas más sencillas, las que requieren menos explicaciones, las más instintivas, son las que más nos gustan. ¿Hay algo más lindo que acertarle un piedrazo a una latita, que meter una pelota entre tres palos, que comer un pedazo de carne quemada con fuego? Cada vez estoy un poco más convencido de que si pensáramos un poco menos todo sería un poco más sencillo. Lo que es otra forma de decir: un poco mejor.

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