Ser Argentino. Todo sobre Argentina

Un argentino envuelto en el robo de "La Gioconda"

La desagradable viveza criolla no es nueva. Por algo la llevamos en nuestros genes. Hasta tuvimos un argentino envuelto en el robo de "La Gioconda".

¿Te extraña el título? Para nada, ¿no? Tenía que haber un argentino envuelto en el robo de "La Gioconda". Fue en 1911 y es un reflejo encantador de la "viveza criolla".

Lector, tengo que advertirte antes de que sigas: poco de esto está registrado en algún lado.

Parece que Eduardo de Valfierno, uno de tantos bon-vivants de principios del siglo 20, dilapidó la fortuna amasada por el padre. Típico de la Belle époque argentina. Radicado en París, haciendo viajes interminables y viviendo con todos los lujos no reparó en que la fortuna no era eterna hasta que las cuentas superaron lo que había en el banco. Al momento de pagar nuestro compatriota se dio cuenta que debía volver a ser millonario, pero, como tantos argentinos de hoy, no quería trabajar.

El plan maestro

Digno exponente de la "viveza criolla" (debería llamarse "maldad criolla"), el tipo pergeñó un plan increíble. Primero se contrató a Yves Chadrau, un falsificador que parece que era un genio. Lo recluyó en una casa de campo hasta que logró 6 copias exactas de la Mona Lisa. De paso, te cuento que el cuadro se llama "Retrato de Lisa Gheradini" (de ahí "La Mona Lisa") y que Lisa era la esposa de Francesco del Giocondo (de ahí "La Gioconda"). El virtuoso Chadrau estuvo poco más de un año para completar las pinturas, Valfierno era paciente y sabía que el tiempo los iba a recompensar con creces. Una vez que las falsificaciones estuvieron listas las despachó a todas hacia  América.

Entre tanto, se dedicó a la segunda parte de su plan: buscar un cómplice para sacar la verdadera Gioconda del Louvre. En una cantina encontró a Vicenzo Peruggia. Tano. (¿Podría ser de otra nacionalidad? ) que ¡Oh, casualidad! trabajaba en el museo. El pobre Peruggia había venido de su Italia natal en búsqueda de una vida mejor, con su oficio de carpintero a cuesta como único equipaje, la suerte le sonríe y lo contratan para trabajos temporarios en el Louvre. No le pagan mucho, pero le alcanza para vivir. Contento con su existencia austera se cruza con Valfierno (que para esta altura se hacía llamar Marqués Valfierno) que lo convence de cometer el ilícito. Le promete dinero, más del que ha visto en su vida.

El tema es que el tano se afana "La gioconda" y la esconde en su casa. Está bien que en 1911 la gente era mucho más confiada, honorable y decente. Pero las medidas de seguridad del Louvre eran una porquería. No había alarmas ni cámaras de seguridad, porque no existían, pero tampoco la menor vigilancia sobre quienes entraban y salían, o un registro de quienes podían manipular las obras de arte. A partir de ese robo (no sé cómo nunca hicieron una película, porque es una historia digna de inmortalizarse en cine), los franceses reforzaron la seguridad del museo.

La genialidad argenta

Valfierno nunca más se comunicó con Peruggia. Lo dejó en banda. Por eso Peruggia tuvo dos años el cuadro encanutado. Hasta que intentó venderlo a un anticuario que no dudo ni un segundo en denunciarlo. Estuvo preso solo siete meses. Alegó que la había robado para devolverla a su país que era a donde pertenecía, así los italianos lo tomaron como un héroe que quiso devolverle un tesoro a su patria. 

De Valfierno ni una  palabra, el tipo se volvió a América, en donde las falsificaciones estaban guardaditas antes del afano, y las vendió. Parece que a un coleccionista brasilero y a cinco americanos. Hizo fortuna de nuevo y la vivió hasta que murió.

Esta maravillosa historia se la contó a un periodista americano, con la condición de que la publicara post-mortem. Nunca sabremos si fue verdad, o si el robo fue solo un trabajo de Peruggia que el millonario caído en desgracia aprovechó para sus negocios turbios. La historia es tan sospechosa como el título de Marqués que ostentaba Valfierno. Y así de hermosa es.

 

Rating: 2.50/5.