Ser Argentino. Todo sobre Argentina

¿Por qué nos cuesta tanto dar una mano?

Las sogas que tendemos a veces ahorcan más de lo que ayudan.

¿A quién no le pasó llegar a buscar el auto y que no esté? Lo primero que se nos cruza por la cabeza es que nos robaron. Pero a veces, al levantar la vista o mirar el cordón de la vereda, notamos que no fueron los amigos de lo ajeno los que se lo llevaron, sino la grúa (que para algunos no son otra cosa que otro tipo de amigos de lo ajeno), ahí medio que respiramos profundo y levantamos la papeleta dispuestos a pagar la multa y recuperar lo nuestro. Pero admitamos algo, en momentos como ese ¿no llegaron a pensar “ma sí, yo lo dejo tirado en el playón”?

Lo que les voy a describir viene a cuento de estos temas de autos extraviados y grúas. Sucedió en Mercedes, provincia de Corrientes. Un buen señor, al recibir la multa, no abandonó su auto. Fue un paso más allá y lo prendió fuego en la cara de los inspectores. El señor en cuestión es una persona muy humilde que, según la declaración de la esposa, había armado su camioneta de trabajo con restos de autos abandonados. 

Este McGyver del litoral, frente a la imposibilidad de comprarse un auto para trabajar, fue armando, con paciencia y mucha maña, un vehículo que usaba “para el laburo y para llevar a las nenas a la escuela, nunca nadie me vio andando a más de 20”. 

En un control de tránsito, la policía le pidió, por protocolo nomás, los papeles del auto. Papeles de los que obviamente carecía porque no lo había comprado en una concesionaria, ni en ningún circuito formal, simplemente había “reciclado” chatarra y la había puesto a andar. Consciente de que estaban a punto de confiscarle el vehículo, frente a la mirada atónita del personal de tránsito, roció el techo del vehículo con combustible y lo prendió fuego. Minutos después llegaron refuerzos policiales y bomberos para apagar las llamas. 

La esposa del hombre dijo a los medios (porque él no quiso salir a decir nada) que cuando su marido se vió envuelto en esta situación tomó esa determinación porque sabía que no iba a recuperar nunca más el vehículo. Agregó, en una declaración dedicada directamente a los inspectores que el hecho le provocó bronca e impotencia “Porque no le sacan a los chorros que andan por la noches chocando autos, robando a la gente, y hasta matando por un celular… bronca y más bronca es lo que siento”. 

El caso despierta un dilema muy interesante: ¿tiene derecho el ciudadano correntino a circular con un Frankenstein sin papeles? Yo diría que no, que pone en riesgo su integridad y la del resto de los conductores. Además las leyes están para cumplirlas y sabemos que los registros automotores están para prevenir robos, para cerciorarse que el auto esté apto para circular, y otras tantas razones que no me voy a detener a nombrar. 

Pero si  el pobre hombre no tiene otra opción, ¿qué pretendemos?  no hace falta analizar mucho para darse cuenta que era evidente que no podía acceder a ningún sistema crediticio que le permitiera comprar un utilitario seguro. 

También es evidente que no tenía la posibilidad de elegir (o conseguir) otro empleo en el que pudiera prescindir del vehículo. ¿No debería el Estado, además de confiscarle el vehículo, tenderle algún tipo de soga que lo ayude a salir del pozo? Me cuesta creer que no exista resquicio legal para que este hombre pudiera conservar algo que le había llevado tanto esfuerzo. 

Creo que es importante que cuando suceden este tipo de cosas nos detengamos a pensar en cómo se llegó a lo que se llegó y no sólo a confiscar el vehículo. Las sogas que tendemos no tienen que servir sólo para ahorcar.

 

Rating: 2.50/5.