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No hay crimen perfecto

¿Crimen? ¿Accidente? ¿Rito? No sé si podremos saberlo. Lo único que me gustaría es que ese gurí descanse en paz.
Lo peor de nosotros
23 abril, 2019

En esta ocasión, damas, caballeros, les voy a comentar una noticia que sucedió en el barrio San Jorge de Posadas, Misiones. El tema es así: una señora se muda, acomoda sus petates, se toma unos mates y guarda cada cosita en su lugar. Quien haya experimentado mudanzas sabe que ese proceso no es precisamente fácil ni corto ni ameno. Pero bueno, esta mujer lo logra. Cuando ya tiene las cortinas instaladas y se dispone a disfrutar del hogar decide dar un paso más en el camino del placer y se pone a remover un poco la tierra del fondo para armarse una huertita. Al ratito de estar meta que te meta con la pala y el rastrillo, encuentra una olla. “Bien”, debe haber pensado (esto me lo imagino, claro) “la casa venía con elementos de cocina de regalo”. Sigue dándole a la tierra y encuentra una manta. Al estirarla, notó que adentro había huesos. Al mirarlos de más cerca, le parecieron humanos. Ya no estaba tan contenta.

Así estuvo varios días con los huesos en la manta, porque del susto no pudo reaccionar. Uno de sus hijos la visitó para conocer la casa y la señora aprovechó para contarle lo que había encontrado. Este hijo, un poco más proactivo, metió todo en una bolsa y lo llevó a la policía.

La investigación tiró unos resultados un poco escalofriantes. En la casa en la que ahora vive esta buena señora que lo único que quería era tener unos tomates y unas berenjenas en el fondo, hasta hace no mucho vivió una familia compuesta por adultos y varios menores de edad. Y acá es donde se pone fea la cosa porque la policía, luego de los peritajes, determinó que los huesos pertenecen a un niño y que habrían sido enterrados entre 6 meses y un año atrás. Esa es la fecha aproximada en la que, según los vecinos, la familia anterior se habría retirado.

¿Crimen? ¿Accidente? ¿Rito? No sé si podremos saberlo. Lo único que me gustaría es que ese gurí descanse en paz. Y que si la familia no dijo nada porque el dolor los enmudeció, que ellos también encuentren paz. Eso sí, si la muerte fue por otro motivo, que paguen. Es todo lo que pido.

Hipólito Azema nació en Buenos Aires, en los comienzos de la década del 80. No se sabe desde cuándo, porque esas cosas son difíciles de determinar, le gusta contar historias, pero más le gusta que se las cuenten: quizás por eso transitó los inefables pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Una vez escuchó que donde existe una necesidad nace un derecho y se lo creyó.

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