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Los crímenes políticos argentinos. Portate bien, Juancito

¿Asesinato o suicidio? La misteriosa muerte de Juan Duarte, hermano de Eva Perón, sigue agrietando la arena política, tapando el bosque de una maraña de mentiras verdaderas.

Lo peor de nosotros
Juan Duarte

Mañana en el coqueto departamento de Callao 1944, Buenos Aires. 9 de abril de 1953. El rumbo de un país está a punto de encrisparse. Inajuro Tashiro, el fiel ponja mayordomo de Juan Duarte, hasta hace unos días secretario privado del presidente Perón, y hermano de la reciente fallecida Eva Duarte de Perón, sube trabajosamente las escaleras de servicio al semipiso al quinto piso. Inajuro estaba acostumbrado a ese trayecto lateral dispuesto a limpiar la farra del jefe Juancito, amante de las mujeres, el juego, el alcohol. Desde hacía meses igual notaba al Pebete Duarte un poco nervioso, el poderoso ladero de Perón retornado recientemente de un secreto viaje a Suiza con Héctor Cámpora. Sobre Duarte se acumulaban denuncias de corrupción, titulares de diarios que lo enlodaban en el negocio de la carne y los automóviles. Todo esto pasaría veloz en la mente del empleado que no hallaba eco al saludo matinal. Juan, Juancito de la revistas del corazón, yacía en un charco de sangre, en calzoncillo, camiseta y ligas, y un balazo en la cabeza. Junto a él una carta suicida, “Vine con Eva, me boy (sic) con ella gritando ¡Viva Perón, Viva la Patria!. Juan Ramón Duarte. PD. Perdón por la letra, perdón por todo” En ese todo quedó flotando la polémica nacional, que hace 69 años aún se pregunta, ¿asesinato o suicidio? Lo cierto es que la muerte de Duarte aceleró el declive del régimen peronista, el presidente ahora llamado “El Primer Gran Corruptor”, y alentó los vientos del golpe de 1955.

Juan Duarte

“Todo el mundo sabe que se suicidó pero falta saber quién lo hizo” era de las pocas frases disidentes que se escuchaban irónicas por las calles de Buenos Aires en el otoño del 53. A medida que la economía distributiva denotaba síntomas de agotamiento, y el fracaso del primer plan quinquenal descargaba necesidades impensadas en el segundo, como la búsqueda de inversionistas norteamericanos, el peronismo recurrió a medidas represivas para acallar las críticas. Constantemente en el discurso del líder, en la exaltación de la obras de gobierno y el rol vigilante de los trabajadores en defensa de las conquistas, se mezclaban extraños términos de responder “leña” por “leña”. Uno de los focos de incendio eran las denuncias de corrupción que salpicaban la administración, los famosos galpones de la Fundación Evita fueron el blanco predilecto, ahora que la compañera del presidente había entrado a la inmortalidad el 26 de julio de 1952, aunque todos los cañones apuntaban a Juan Duarte.

Es que de humilde corredor de jabones Federal, Duarte había acumulado en su carácter de asistente de Perón e inspector de casinos -un mal chiste para un ludópata-, un avión, tres autos, tres motos, permisos de importación de automóviles -Mercedes Benz especialmente junto al empresario Jorge Antonio, no existía aún la fabricación nacional- y una estancia de 2000 hectáreas en Monte, Provincia de Buenos Aires, que contenía un muelle sobre la Laguna El Seco. Como diría Félix Luna jamás tomó precauciones para ocultar estos bienes, pese a que en su declaración jurada solamente figuraban dos autos, un avión y un crédito de 80 mil pesos en el First National Bank. Tampoco ocultaba los romances cholulos, el más famoso con la actriz Fanny Navarro, el último con Elina Colomer, y que ventilaba Valentina, hermana de Elina, en las revistas Radiolandia o Antena. O la gran vida en los palcos del Tabarís, el Hipódromo o el roof garden del Hotel Alvear. No pocos odios de la aristocracia debe haber acumulado este muchacho hijo natural de Los Toldos. Sobre él pesaría la leyenda negra como otra, menos replicada, que lo pintan de un hombre discreto y humilde, “nunca hizo mal a nadie”, y que financió el cine dorado argentino en las productoras Epa, Emelco y Argentina Sono Film. Héctor Olivera rescataría someramente esta cara en la película “Ay, Juancito” (2004).Claro, mientras coqueteaba con los actrices, un remedo de galán de pueblo, que según Álvaro Abós pudo haber inspirado al Juan Carlos Etchepare de la novela “Boquitas Pintadas”(1969) de Miguel Puig, confeso admirador de Navarro.

 

 

“Voy a pedir que te investiguen, tranquilo Pibe”

En marzo de 1953, en un acto en el Teatro Colón, la actriz Malisa Zini gritó a Perón que había testaferros que estaban robando al pueblo. Luego se reunieron en la mansión de la calle Austria -hoy sólo se conserva el edificio de servicio, Museo Perón- y, algunas fuentes, aseveran que por un lío de polleras denunció directamente a Duarte. Otras biografías de Eva Perón, como la de Alicia Dujovne Ortiz, que apareció primero en francés (sic), no dejan de comentar que el General se hallaba en medio de la lucha por la herencia de Eva con la familia Duarte. Además, Juan había participado en la famosa gira europea de Eva Perón en 1947, cuando se abrieron cajas fuertes en Europa,  y cuentas en Suiza con el dinero supuesto de los nazis -Perón no cesó hasta el último aliento en acceder a esas cuentas, a nombre de Duarte al parecer, en la investigación de Jorge Camarasa. De todas maneras resulta absurdo que un hombre de la influencia mundial de Perón no pudiera hacerse de esas cuentas, en palabras de Joseph Page.

“Vamos a tener que hacer algo para calmar un poco a los muchachos de la CGT”, ficcionaliza Hugo Salas en “El derecho de las bestias” (Interzona.2015), un diálogo entre Perón y Duarte, “que quieren tu cabeza porque les estás rompiendo las pelotas con lo de la carne…Voy a pedir que te investiguen, tranquilo Pibe, no te voy a tirar a la justicia, te armo una comisión investigadora. Lo mejor que se puede hacer para que algo no prospere es armar una comisión”, refiere el escritor al conflicto generado en la constante inflación de la canasta básica, y las impopulares cuotas de compra de carne a principios de los cincuenta, “los gordos son buenos pero tocás el asado a la gente y son capaces de comerte crudo”, remataba este Perón tan Perón.

El 7 de abril de 1953 Juan Duarte presenta la renuncia, “inspirado en el ilustre ejemplo de renunciamiento y desinterés que mi ilustre hermana dejó, me dirijo a usted elevándole mi indeclinable renuncia…quiero dejar constancia de mi inquebrantable lealtad y mi inconmovible adhesión”, pomposas oraciones que parece que a Perón no conformaron, ya que al día siguiente dijo a la oposición que metería preso, en caso de que demuestre corrupción, al propio padre. Este discurso lo escuchó apesadumbrado Duarte en su auto, camino al departamento de Callao, donde se encontraría con Raúl Apold, Cámpora, Orlando Bertolini -casado con una de sus hermanas-, Ramón Subiza, Raúl Margeirat y Jerónimo Remorino, todos altos jerarcas del peronismo. Y aquí empieza el misterio de saber qué pasó la noche del 8 y la madrugada del 9 de abril de 1953.

Juan Duarte 02

Bertolini y Apold, varios años después, concuerdan en el tono de despedida de Duarte, “ándate derecho a casa”, dijo a Bertolini, a quienes posteriormente sindicaron como el verdadero ejecutor de los fraudes en el monopolio de la carne. El juez Raúl Pizarro Miguens llegó a los diez de la mañana, cruzó a varios de los que acompañaron la última noche a Duarte, y relató, “al entrar al departamento, en el cual se hallaban unas diez personas aproximadamente, me recibió el Jefe de Policía, pregunté, ¿qué pasa?. Y me contesta textualmente, Se ha pegado un tiro Juancito Duarte”. Y describe un cuarto ordenado, documentos y la carta suicida a Perón en la mesita de luz, y un traje a rayas, apilado perfectamente en una silla, con el cadáver arrodillado sobre la cama, casi rezando. Pero el traje no era el que había dejado Inajuro. Tampoco la bala en el cráneo era de la pistola 38 sino de una 45. Y el cuerpo estaba acostado hicieron figurar los empleados de la funeraria. El juez, en un actitud que luego reprocharían los juristas, entregó la carta suicida a Perón, que  dijo “¡Pobre muchacho! Era un provinciano. Y en Buenos Aires perdió la cabeza”, en la reconstrucción de Dujovne Ortiz. Según fuentes de inteligencia norteamericanas Duarte sufría un etapa terminal de sífilis.

La familia Duarte llegó al mediodía al grito, encabezados por la madre Juana -que gastaba fortunas en el Casino de Mar del Plata-,  “¡Lo asesinaron! ¡Lo mató Apold!”, aún recientes las cicatrices de la batalla legal por el testamento de Evita, que recién comenzaba en verdad, y que Juana no llegaría a ver la resolución favorable. Se estima que en 1952 los recursos de la Abanderada de los Humildes ascendían a 13 millones de dólares, la casa de San Vicente y un campo en Córdoba, investigación de Adolfo Rocha en la revista Todo es Historia, sin contar los casi 120 millones de pesos que recaudó con sus joyas y vestuario la comisión rematadora de la autodenominada Revolución Libertadora -y los cuales desaparecieron acota la biógrafa de Eva, Libertad Demitrópulos. Unos días después, en la concentración de la CGT en defensa de Perón, ante las acusaciones de instigador de la muerte del cuñado, las masas furiosas justicialistas incendiaron locales identificados a los “contreras”,  la Casa del Pueblo socialista, perdiéndose una incunable biblioteca, y el Jockey Club, hecho cenizas un óleo de Goya.

Juan Duarte - Eva Duarte - Perón

Los Duarte, cuerpos ultrajados

Los mismos dictadores de 1955 tomaron el caso de Duarte como el cenit de la peor perversión peronista. Fue su obsesión. Pero la investigación fue un fiasco y una nueva muestra de salvajismo, ahora del otro bando. La actriz Navarro fue torturada para que admita el asesinato, en verdad el rumor era que había sido asesinado en momentos que intentaba fugarse del país en una avioneta con Colomer, y jamás recuperaría la cordura. Se reunieron decenas de voces de vecinos al departamento que aseguraban haber visto a Cámpora y Bertolini entrando antes al departamento, y llevándose la documentación “bajo el brazo” (sic) Próspero Fernández Alvariño, conocido como Capitán Gandhi, un nefasto antecedente de los represores de los setenta, dirigía en la práctica la salvaje comisión 58 -hubo varias contra cualquiera que oliera peronista- y jugaba con el cráneo de Duarte en su escritorio. Finalmente compartía Juan con Eva un destino, la macabra necrofilia que se ensañó con ambos cuerpos.

A los tres años el juez Franklin Kent, designado por los militares golpistas, atiborrado de un expediente demente, que incluía los gustos sexuales de Duarte y varios artistas de teatro y cine, refrendó lo actuado por el colega Pizarro Miguens. Para la justicia argentina, Juan Duarte se suicidó. Para la mitología antiperonista fue suicidado. En el horizonte, la vida despreocupada en la hoguera del poder de Juan Duarte dibujaría una larga estela de impunidad y muertes dudosas en las altas esferas. Una de la ignominia y la infamia que golpea el departamento de Alberto Nisman de las Torres Le Parc, Puerto Madero, 18 de enero de 2015. Curioso, ambos cuerpos aparecieron sin pantalones, uno calzoncillos, otro en short.

 

Fuentes: Abós, A. Delitos ejemplares. Historias de la corrupción argentina 1810-1997. Buenos Aires: Norma. 1999; Dujovne Ortiz, A. Eva Perón. La biografía. Buenos Aires: Aguilar. 1995; Page, J. A. Perón. Segunda Parte. 1952-1974. Buenos Aires: Vergara. 1984

Imágenes: Infobae

Fecha de Publicación: 09/04/2022

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