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Los crímenes mafiosos argentinos. Asalto al tren 20

Un hecho cinematográfico conmovió en 1916: la mafia realiza su mayor atraco asaltando el convoy de Tucumán a Buenos Aires. José Cuffaro, el capo que robó y huyó.

Lo peor de nosotros
Tren

“¿Vos te acordás del asalto al tren número 20? Al Ferrocarril Central Argentino. Aquello fue en el año 1916. Pero la mafia se conoce de principios de siglo cuando se había establecido entre agricultores y chacareros” escribía Miguel Pinazo, un periodista devenido en policía en 1918, en los tiempos del reinado de la mafia italiana. Pinazo señala el hecho que hizo que aparezca en la tapa de los diarios por primera vez la maffia, con doble f como en Estados Unidos. Las primeras tres décadas asistieron a las tropelías del crimen organizado asentado en Buenos Aires y Rosario, secuestros, extorsiones, vendettas y robos, con el mando de capos como Juan Galiffi, el famoso Chicho Grande, Juan Ruggiero y José Cuffaro. Éste último tuvo a maltraer durante casi una década a los santafesinos hasta que se entregó mansamente en 1923. Y quedó en la historia por organizar el espectacular asalto a los caudales de la compañía rodante británica. Un golpe histórico que debió repartir 17 mil pesos y solamente pudieron sustraer un poco más de dos mil. Entre otros errores porque uno de los asaltantes confundió una bolsa de dinero con otra de estampillas.

La temible organización mafiosa Mano Negra imponía el terror en las calles, plena década del diez. Varios cabecillas habían arribado a fines del siglo pasado desde Sicilia y realizaban impunes sus actividades delictivas, ante la ineficiencia y negación de las autoridades. Pinazo cuenta que los vendedores italianos paseaban tranquilamente por el penal de Arroyito, en Rosario, vociferando en clave los próximos golpes a los presos. En semejante marco no es extraño que la banda de Cuffaro, llamado Peppo Budello, con el grado en la omertá -código criminal- de capitán, operara desde el Teatro Colón -hoy demolido-, un coqueto solar de reunión de la alta burguesía rosarina. Allí tenía su cuartel general este conserje del teatro, realizaba las reuniones con su banda, guardaba el arsenal y hasta tenía un pozo donde retenía a los secuestrados. Este lugar fue descubierto en un operativo en 1915 y, pese a las evidencias de armas y el pozo, Cuffaro fue puesto en libertad. “He figurada como detenido en muchos asuntos ocurridos entre italianos sicilianos y otros de índole delictuosa, aún cuando en la totalidad haya salido sin que nada se le comprobara”, aparecía en la prensa, cita Osvaldo Aguirre, quien revela que los confidentes policiales lo apuntaban como uno de los más importantes capos mafiosos. Pero sin pruebas concretas contra el hombre, “jornalero con instrucción y de once años de residencia, 1.69 m, blanco, cabello castaño oscuro, bigote más claro, barba afeitada, nacido el 18 de enero de 1883 en Raffadali, Sicilia, Italia” Meses después la justicia al fin tendría de qué acusarlo. Acotemos que en la redada de 1915 caería Carmelo Vinti, pieza clave en el secuestro y asesinato de Abel Ayerza de 1932, que cerró la historia de la mafia argentina inaugurada públicamente con el asalto el tren 20 en 1916.

Gritos en la noche rosarina

Pedro Alessi, también oriundo de Raffadali, se acercó a Cuffaro a principios del 16 con una propuesta que parecía inspirada en los éxitos silentes del cine de acción. Asaltar en Rosario la formación del Ferrocarril Central Argentino que transportaba la recaudación de las estaciones y los sueldos de los empleados. Alessi había trabajado un lustro en la empresa, recientemente cesanteado por motivos de “economía”, y conocía perfectamente los movimientos del dinero y el convoy. Sabía que la oportunidad perfecta era una curva cercana a la Estación Aguirre, la primera después de Rosario Central camino a Retiro, Buenos Aires. Hasta ese momento los mafiosos eran una especie de leyenda urbana salvo para las víctimas cada vez más recurrentes de chantajes. Cuffaro quizá sintió que era la señal para pasar de las extorsiones de pocos cientos de pesos a miles. En parte, la ambición sería su perdición. Pero el 23 de mayo en un boliche rosarino de Moreno y 3 de Febrero la diosa fortuna parecía sonreírle y alistó a Salvador Casaliccio, Antonio Sciabica, Juan y Esteban Caruba y Luis Ansaldi. Al día siguiente, 24 de mayo de 1916, a las 22, abordaron a último momento el furgón de segunda clase que estaba próximo a los caudales, menos Juan Caruba y Cuffaro -otra versión señala que los maleantes subieron de improviso en un recodo, que obligaba a una velocidad de no más de cinco km por hora. El maquinista accionó la máquina que avanzó lenta hacia los puentes del pasaje Escalada, y quedaría la formación 20 en los anales del crimen.

A la altura de la avenida Alberdi los asaltantes a punta de pistola reducen al custodio Amadeo Fiori, al cajero Nazareno Cestola y el estafetero José Barrutti. Alessi se dedicó con una tenaza a romper las cadenas que sujetaban las tres cajas fuertes. Los secuaces robaban las billeteras, carteras y alhajas de los pasajeros de primera. Rápidamente pusieron las cajas en la plataforma del furgón y accionaron la detención automática del convoy. Al maquinista Zenón Hernández llamó la atención que la formación detenga el paso a 500 metros de la Estación Aguirre, así que ordenó al segundo maquinista, Domingo de Francesi,  baje a inspeccionar. Allí es como recibe a Cestola corriendo desesperado, había logrado desatarse, anunciando el robo y oye los gritos de socorro de los pasajeros. La desesperación ahora pasaba a los delincuentes y volaban bolsas y cajas fuertes en la noche cerrada santafesina, al lado de los rieles. El tren arrancó violentamente y detuvo la marcha en la próxima parada, ya con la policía alertada.

En medio de la oscuridad Cuffaro y Juan Curaba habían arribado en sulky para recoger el botín pero el cambio de planes hizo que la tarea no fuese sencilla. No solamente por la falta de iluminación sino porque justo  pasó el tren rápido de Buenos Aires, al que confundieron con una patrulla policial. Al regresar se encontraron con los otros miembros, que a la carrera solamente levantaron una caja, y dejaron casi la mayoría de las más de treinta bolsas que contenían en el grueso del robo. Incluso Juan se confundió de bolsas y tomó varias identificadas con el correo, repletas de estampillas. No había mucho tiempo porque dos autos policiales provocaron el desbande en el silencioso paraje, “unos arrojaron las herramientas, otros dejaron los sombreros, gorras, linternas, cortafierros y otros objetos”, según la crónica del día.

Cuffaro y Juan Curaba se dirigieron al barrio Sáenz Peña, que era el lugar acordado por la banda para encontrarse, y en un descampado ocultaron en un pozo el total de solamente 2.254,74 pesos de los 17.274,84 que viajaban en el tren 20. Sciabica y Ansaldi se fueron al barrio Saladillo en tranvía, mientras Alessi, Esteban Curaba y Casaliccio huían a pie. Al día siguiente, la banda se repartió el botín dejando como corresponde al “capo” Cuffaro 1.734,74 pesos. Alessi, el instigador, solamente recibió 90 pesos. En tanto, desde los maquinistas a los mozos del 20 fueron detenidos en Retiro, y vueltos a Rosario a declarar con el ascendente Félix De la Fuente -policía con los años sospechado de contubernio con la mafia-, sin ningún resultado concreto. Tampoco sirvió la detención de un siciliano días después, que más que nada fue un golpe de efecto del caudillo radical, y jefe político de Rosario, Néstor Noriega, quien había anunciado un profundo plan de seguridad en lo que se sentía un situación terminal. Para los rosarinos, gobernaba la Maffia.

Cuffaro, de Enemigo Nro. 1 a Don Nadie

Si bien el golpe había sido espectacular, el botín era magro. Los mafiosos obtenían más dinero con los secuestros. Además la empresa de caudales había denunciado la numeración de los billetes de alto valor. Así que la banda de Cuffaro volvió a los viejos y seguros hábitos, atentados contra inmigrantes, y ocurrieron inmediatamente los resonantes secuestros de los cocheros Antonio Morresi y José Zapater. Éste último sería el principio del fin de la banda, y el develamiento de atraco al tren 20. Miguel Zapater, el padre del secuestrado, fue asesinado pese a que entregó los 400 pesos, y la policía, persiguiendo a los perpetradores, al fin llegó a desentrañar la red de Cuffaro, gracias al dato de uno de los hijos de Juan Curaba.  En una casa de 9 de Julio al 2400 y alrededores, en días sucesivos, detuvieron a Juan Curaba, Casaliccio, Sciabica, Ansaldi, Ángel Terrazzino -otro viejo empleado del ferrocarril- y otros no directamente implicados, pero de un impresionante prontuario, como José Farruggia. Las autoridades provinciales exhibían orgullosas una larga lista de italianos en momentos que la opinión pública criolla discriminaba a los inmigrantes -y de paso se aprovechó para detener a varios anarquistas. Muy lindo pero ni Cuffaro, el capitán Peppo Budello,ni el lugarteniente Esteban Curaba, figuraban en la nómina. A partir de 1916 fueron argamasa de cuentos que los ubicaban realizando impactantes atracos en el Norte, o que habían sido acribillados sin juicio ni defensa.

El final de la banda de Cuffaro aconteció en 1922 con las condenas  entre reclusión perpetua, a Casaliccio y Sciabica por el asesinato de Zapater, y penas de diez a seis años para el resto, que fueron siendo conmutadas en años sucesivos. Y luego varios de estos mafiosos seguirían en el hampa como Terrazzino, cafiolo -proxeneta- en Buenos Aires y Rosario. Un año después de casualidad detienen a Esteban Curaba, arriba de un sulky, parado en la Estación Serodino, por la denuncia del carro robado. Junto a él se encontraba un desconocido, que protegía un pequeño arsenal de rifles, pistolas y balas. Era el capo Juan Cuffaro. La noticia no llegó a Rosario que Peppo Budello se había escapado de la comisaria de Andino. Igualmente nadie se acordaba de los secuestros ni del asalto del tren 20. Grandes titulares olvidados, años de la buena vida alvearista. La estrategia de Cuffaro de pasar a la clandestinidad, al pillaje de poca monta, dio resultado. El 27 de octubre de 1923 se entregó a la Justicia y el juez Hernán del Campo lo exoneró por las dificultades de “encontrar testigos…el temor…y la falsedad de quienes ahora pretenden que el preso no es el autor de los delitos” Cuffaro, el temido capitán mafioso, se perdería en el polvo de la historia. No así Curaba, también liberado con los mismos argumentos, que haría un gran carrera bajo la sombra del sucesor de Peppo Budello, Chicho Grande o Juan Galiffi.

 

Fuentes: Zinni, H. N. La mafia en Argentina. Rosario: Editorial Amalevi. 1975; Aguirre, O. Historias de la Mafia en la Argentina. Buenos Aires: Norma. 2010; Marconi, R.  El regreso de José Cuffaro en Proyectoescaño.com.ar

Imagen: Freepik

Fecha de Publicación: 01/04/2022

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