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Las empanadas de El griego

Cuando pidan empanadas, si es posible, que sean de cebolla y queso...

Lo peor de nosotros
valija

La Plata, 1963, todos éramos un poco más inocentes e ingenuos. Si bien La Plata ya era una gran ciudad, mantenía algunas costumbres del pueblo, por ejemplo, la de no cerrar la puerta de entrada con llave. Esto ayuda a imaginarse la conmoción que causó el caso de El griego. 

Para entender la situación hay que remontarse a 1948 cuando de un barco, de los tantos que llegaban al puerto de Buenos Aires, baja Juan Harlich. Griego de nacimiento, decía que había escapado de los comunistas porque lo acusaban de traidor. Después de un tiempo de dar vueltas y soñar con un futuro en Estados Unidos, por fín se convence de que su destino está en nuestro país y se queda a vivir en La Plata. Al poco tiempo, en 1950, conoció a Elefteria Suculea, con quien se casó inmediatamente. Ella era huérfana y junto a sus hermanos habían quedado bajo la tutela de Matilde Alvarez, una amiga de su padre. 

Los años pasaron, la familia fue prosperando a fuerza de trabajo y empuje. El Griego, como lo llamaban todos, se puso un barcito con despacho de comidas rápidas a metros de la estación de tren. Lo único que lo tenía a maltraer era el hermano menor de su mujer que vivía con ellos: Andrés Suculea. Los vecinos decían que las peleas eran constantes porque, aparentemente, Suculea no era muy amigo del trabajo. 

Hasta acá nada raro, una familia como tantas otras, lo extraño sucedió el 15 de enero de 1963. Harjalich tocó el timbre de la casa de su amigo y compatriota Juan Giorgia que vivía en el barrio El dique, en Ensenada. Su compadre abrió la puerta y vio a Harlich que llevaba una valija y un colchón. Le pidió que se los guardara unos días, que él ya pasaría a retirarlos. Como buen amigo, Giorgia accedió. Esa misma noche, Harjalich volvió y, no queda claro en qué circunstancias, le confesó que dentro de la valija estaban los restos de  su cuñado, que los tenía que incinerar. Giorgia, como cualquier persona normal, se negó a ser cómplice y seguir guardando en su casa una valija con un cadáver. Harjalich, primero lo amenazó con un arma y luego, al darse cuenta de que sólo empeoraba la situación, le rogó que guardara silencio. Se fue llevándose la valija, pero reapareció a las pocas horas para recordarle que no dijera nada de lo que le había contado y  que se quedara tranquilo, que ya había solucionado el problema y había salido “todo a la perfección”. 

Desesperado, Giorgia esperó a que su compadre se fuera y corrió a hacer la denuncia. La policía buscó según sus instrucciones y encontró, en un terreno inundado, restos humanos diseminados. Lo reconocieron por el maxilar: tenía una prótesis en un colmillo. El cráneo nunca apareció (lo que impidió una certeza sobre la causa de muerte) y las manos sí, pero habían sido descarnadas: no tenía huellas dactilares. Al ser detenido, Harjalich declaró que su cuñado se había suicidado y que él había ocultado el cuerpo para que su mujer (la hermana del muerto) no tuviera que lidiar con semejante impresión. Alegaba que él no había sido el responsable de la muerte. 

Algunos relatan que el día del crimen en el bar “El Partenón”, propiedad de Harlich, se regalaban empanadas, otros dicen que El griego mismo afirmó que estaban hechas con la carne de su cuñado. La mayoría dice que esto es un mito y que lo inventó un periodista para agrandar el caso. La verdad es que nunca lo sabremos. Por las dudas, cuidado cuando pidan empanadas, nada de pedir carne cortada a cuchillo,si es posible, que sean de cebolla y queso.

 

Fecha de Publicación: 10/08/2018

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