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Imperdonable

Cada 18 de julio es otra bomba porque siguen pasando los años, y yo sigo igual que en el 94
13 noviembre, 2019

Las pequeñas decisiones, muchas veces, pueden cambiar el rumbo de nuestra vida. Hace 24 años, Rosa decidió llevar a su hijo mayor para que la acompañara a hacer un trámite al centro. Era el primer día de las vacaciones de invierno y aprovechó para sacarlo a pasear. Sebastián tenía una ilusión: quería viajar en subte porque le habían dicho que los túneles se parecían a los de las Tortugas Ninjas. Entonces, decidieron tomar el subte. Bajaron en Pasteur y caminaron derecho por esa calle, jugando al veo-veo. En un punto, frenaron unos instantes a mirar la vidriera de un negocio de ropa. No tenían apuro. Faltaban pocos minutos para las 10 de la mañana. Faltaban pocos metros para Pasteur al 633. 

“Lo agarré de la mano a Sebi, y empezamos a caminar hacia el Hospital de Clínicas. No sé la cantidad de pasos, porque fueron pasos los que hice, y de pronto un ruido muy fuerte, un viento muy, muy fuerte nos levantó, y me arrancó al nene de las manos. Cuando el viento me soltó, empecé a buscar a mi hijo porque no estaba al lado mío; no sabía para dónde había ido a parar. Me levanté, me acuerdo que estaba descalza, me acuerdo que pisaba cosas que me pinchaban, y yo no sabía qué era, tampoco me importaba, y cuando lo vi al nene lo quise levantar, y no lo podía levantar. No podía levantarlo y empecé a gritar, empecé a gritar, empecé a gritar… Un hombre, un muchacho, entró a la cuadra y agarró al nene, y se lo llevó al hospital. Esa fue la última vez que vi a Sebastián. Cada 18 de julio es otra bomba porque siguen pasando los años, y yo sigo igual que en el 94”. 

Sebastián tenía 5 años. Fue la víctima más joven del atentado a la AMIA. 

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