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Historia de la corrupción argentina. La Grande para Todos

El plan perfecto de los niños cantores de 1942 cayó porque medio país sabía del engaño. En tiempos de fraude patriótico y miseria, un pieza más que empujó al golpe del 4 de junio.

Una mañana de septiembre de 1942 los porteños se encontraron con un título desconcertante en la primera plana del Diario Crítica. Entre las noticias de los apabullantes casos de corrupción de la Década Infame, las medidas zigzageantes del lapidado presidente Ramona Castillo  y el fin de la sangrienta  carrera de los panzer nazis en Rusia, no salían del asombro leyendo con las letras en tamaño catástrofe, “El 025, número anticipado ayer, salió en la Grande”  Igualmente no los tomaba por sorpresa. Hacía meses que el Congreso investigaba la Lotería Nacional por denuncias de fraudes, en la Argentina conservadora reinaba la coima y la estafa, y, además, increíble, todos sabían que saldría la Gallina, el 25. Maestras de colegio, motorman de tranvías y verduleros del Abasto vaciaron las agencias oficiales y clandestinas. Muchos levantadores de apuestas se negaron a tomar ese número y el entero de la lotería 31.025 desapareció de las agencias de Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos y Tucumán. Seis niños pobres, no tan niños, remedando el dantesco asalto al poder de los personajes de “Los siete locos” de Robert Arlt, quien mejor escribió ese país de finos malandras y hambre que antecedió al peronismo, quisieron una porción de la torta que veían mordía otros.

Este pequeño capítulo ilustrado de la corrupción argentina, que se remonta a los negociados de Liniers con los criollos de la Revolución de Mayo, se puso en marcha en julio de 1942 en el Café de Los Angelitos, avenida Rivadavia y Rincón, a unas cuadras nomás del edificio de la Lotería Nacional, avenida Rivadavia al 1700. Y acabó abruptamente el 8 de septiembre cuando la comisión presidida por el radical diputado Agustín Rodríguez Araya desbarató la asociación  ilícita de los niños cantores, aunque los cómplices mayores, por ejemplo el financista de los 20 mil pesos para el tornero que replicó las bolillas, quedaron impunes. Como dice Álvaro Abós, como es habitual en estos casos, se recuperó casi todo el dinero, 190 mil de los 300 mil pesos que cantaron los estafadores para el 31.025, el 4 de septiembre de 1943 a las 11.18. El diario Crítica informaba de la resolución del caso que tuvo en vilo a la población, “Organizados en banda, los niños cantores coparon la última grande la Nacional”, y golpeó aún más la credibilidad de un gobierno que había ensayado  el resurgir de la vida democrática con el fallecido presidente Ortiz, algo que no estaba en planes de ningún sector político o militar o empresarial ansioso de copar la Casa Rosada.

La Banda de los Niños Cantores, ataca

¿Quiénes eran los niños cantores? Aclaremos que ninguno de ellos era precisamente niño, usaban pantalones cortos sobre gruesos pelos en las piernas, y la mayoría provenía de hogares humildes, subsistiendo del escaso trabajo de principios de los cuarenta. Cantar los números resultaba una changa más, poco se les pagaba por esa labor de delantales marrones. La retribución mayor era alguna nota en los medios como héroes por un día, los sorteos de Navidad, Año Nuevo y Reyes paralizaban las calles, o las monedas que a voluntad podían arrojarles los ganadores. Un dato de la realidad es que un sueldo de un obrero alcanzaba aproximadamente para adquirir cuatro vestidos y las villas miserias crecían exponencialmente en las cercanías de Puerto Nuevo. Enrique Santos Discépolo ponía la banda de sonido a la mishiadura y los negociados. Algo tenemos que hacer. Eso habrá pensado Miguel Ángel Navas, el jefe de los seis niños cantores,  que reunió a los más cercanos de la planta de casi 20, incluyendo a Nicolás Praino, pieza clave por el contacto con el tornero de Lanús, Sabino Lancelotti. Este operario se encargaría de replicar las bolillas al mínimo detalle, debido a que las sospechas sobre la Lotería venían desde hace tiempo, denuncias de sorteos amañados, y solían pesarse porque se suponía estaban cargadas a veces –y lo estaban. Lo que no se controlaba eran los recipientes contenedores de números y premios,  ni la operatoria de los niños.  Ni el gerente Bruno Reynal O´ Connor ni el escribano Frigoni, a pesar de la lupa de la comisión del diputado Rodríguez Araya, extremaron medidas de seguridad. Solamente quedaría implicado el capataz Tambone. A pesar, reforzaba el diario Crítica a posterior, que al igual del muy anunciado 025, había salido antes el 977, el 24 de junio,  en un modesto cuarto premio de 5 mil pesos (10 veces lo que ganaba un operario)  Lo que no se sabía aún que en junio fue el ensayo general, en septiembre la prueba de fuego, y que la Banda de los Niños Cantores planeaba en diciembre robar la mitad del Grande de Navidad, 3 de 6 millones. El total les habrá parecido mucho o inimaginable.               

Temprano el día de la gran estafa, Ricardo Severino López intercambió por un bolilla blanca el elegido 31.025. Sus socios compraron el entero en una agencia de avenida de Mayo al 700 el día anterior. Uno comerciante del Abasto, padre de la novia de uno de los niños cantores, realizó un impresionante raid en los provincias buscando afanosamente el billete marcado. Navas pidió que no circulara la fija más allá de las familias pero en las declaraciones posteriores de algunos imputados, propietarios del tramposo billete, saltó que se habían enterado escuchando una conversación de tranvía. Los quinieleros clandestinos rechazaron millonarias apuestas, señalaron a la justicia (sic),  anoticiados que algo raro pasaba con el 025 –que los niños cantores también jugaron a la cabeza de la Quiniela oficial. Argentina era una timba y nadie se la quería perder. Francisco Mañana, el más chico del grupo, 18 años, saca y esconde la bolilla del premio mayor, y canta magros cien pesos. Unos minutos después de las 11, Navas pasa a cantar los números con la bolilla trucha escondida en la palma de la mano. Apenas Mañana grita los 300 mil pesos, Navas hace un truco de mago, y canta a vivo voz el número que todos esperaban. Praino fue el encargado de replicar el primer premio y llevarlo al candelabro para la fiscalización. Crimen perfecto.

“¡Nuestra única falta fue querer comer un bocado mientras otros se llenaban la boca!”

Los implicados cobraron raudamente el premio y repartieron el botín en una casa de Morón. El problema es que hubo varios ganadores con el dato y la comisión  investigadora, que unos meses había desmontado un red ilícita que aprovechaba los números otorgados a la caridad, y que implicaba a políticos, jueces y hasta una estanciera de 8000 hectáreas, no tardó en sospechar la trapisonda. Rodríguez Araya tomó la determinación insólita de detener a los 19 niños cantores de la Lotería Nacional en el Congreso Nacional –y luego, otra más rara, porque fue el primer diputado que firmó órdenes de allanamiento. Bajo una guerra de nervios, hábilmente el legislador aisló a los responsables, e hizo que confesaran en los patios,  argumentando falsamente que unos habían delatados a otros. Cuando el juez recreó con los reos la maniobra, hubo que repetirla varias veces por la habilidad manual de Praino y Navas, ya que era un crimen casi perfecto a la vista de todos. Inmediatamente la Lotería anuló la jugada pero no devolvió el dinero a los apostadores, como correspondía según Rodríguez Araya, sino que repartió unas cajitas de fósforos, que los agencieros regalaban de parte de los Niños Cantores.

Mañana fue el único que no recibió cárcel pero la mayoría obtuvo condenas de entre 3 a 4 años, en los penales de Devoto y Caseros. El final de esta verdadera odisea de los giles lo cuenta Abós, que pudo ubicar a uno de los últimos sobrevivientes de la Banda de los Niños Cantores en los noventa, “Todos robaban en aquella época, señor. No fuimos los únicos. Empezando por el propio gobierno…nos engañaron, nos usaron como chivos expiatorios. Había muchas personas involucradas que nunca fueron molestadas. Si yo hablase…¡Nuestra única falta fue querer comer un bocado mientras otros se llenaban la boca!”, cerraba el escritor del testimonio del anciano, y  anotaba que en un puño cerrado, este niño cantor que jamás había hablado con nadie del gran golpe, ni siquiera con la familia,  apretaba furioso una bolilla despintada. Era aquella de los 300 mil pesos.

 

Fuentes: Abós, Á. Delitos ejemplares. Historias de la corrupción argentina. 1810-1997. Buenos Aires: Norma. 1999; Canaletti, R. Crímenes sorprendentes de la Historia Argentina. Buenos Aires: Penguin Random House. 2021; Ferrero, R. A. Del fraude a la soberanía popular 1938-1946. Buenos Aires: Ediciones de la Bastilla. 1976            

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