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Fuga de Río Gallegos. Una piantada espectacular

El 18 de marzo de 1957 se produce de los escapes carcelarios más increíbles. Sin un tiro, sin una mancha de sangre, los principales dirigentes peronistas huyeron de un penal de Santa Cruz a Chile.

Lo peor de nosotros
Fuga de Río Gallegos.

“Tengo que escaparme” era el mantra que Jorge Antonio repetía durante la detención en Ushuaia y Río Gallegos. 1957. Los militares de la autodenominada Revolución Argentina perseguían, encarcelaban y vejaban a cualquiera que oliera cercano al “tirano prófugo”, Juan Domingo Perón. Su nombre estaba prohibido por ley. El empresario Antonio, que no renegaba del líder justicialista ni aún torturado, se hallaba acompañado de otros prominentes peronistas en la Unidad XV de Santa Cruz, en aquel frío verano, Héctor Cámpora, John William Cooke, José Espejo y Pedro Gomis. Que necesitaba un pistolero si deseaba escaparse, y allí estaba el oscuro Guillermo Patricio Kelly. Tantas veces lo repitió Antonio, tal telaraña desplegó de simpatías y sobornos a la vista de las fuerzas golpistas en meses, que se deseos se cumplieron a las 2.15 de la mañana del 18 de marzo. ¡Y eso que Manuel Araujo se retrasó veinte minutos y Camporita quería volverse a la celda! Lo que no volvió fue la soberbia dictatorial de los militares, que humillados abrieron el camino para el retorno a la democracia en 1958. Siete locos en la noche patagónica, empujando un auto siete kilómetros en la frontera, sin que la gendarmería moviera un dedo, conquistaron la primera victoria de la resistencia peronista.

Protagonistas de la fuga

Para fines de 1956 resultaba evidente que la desperonización era un rotundo fracaso. No solamente producía enormes costos humanos, hablamos de fusilamientos clandestinos, y materiales, solamente en Buenos Aires se perdieron en un año 8 millones de dólares por los paros, sino que iba renaciendo la adoración al régimen depuesto. Como ejemplo anotemos que la normalización impuesta por la fuerza gestó las 62 Organizaciones, un brazo burocrático que anquilosó la renovación sindical por décadas. Desde la cárcel por su parte, Cooke, el único delegado que alguna vez nombró Perón oficialmente, organizaba hábilmente una serie de sabotajes en servicios y comunicaciones que ponían en jaque a los autoridades nacionales. Pero el ala izquierda peronista no era la única que estaba encarcelada en Río Gallegos, en esa cárcel de evanescente seguridad pegada a una frigorífico, casi como una advertencia a los trabajadores. También moraban esos pabellones las cumbres sindicalistas con Espejo y Gomis, éste último dirigente petrolero que conocía perfectamente a quienes tratar en el Sur. Sumemos a la derecha justicialista con Cámpora, que había jurado a la Virgen no retornar a la política y rezaba a diario, y Alfredo Renner, un militar que finalmente no se fugó, misteriosamente trasladado unos días antes. Y para completar el grupo tan heterogéneo, al fin como el peronismo mismo, Kelly, un matón que trabajó en los servicios, y que tuvo un cuarto de hora de fama protegido del presidente Menem

Peron-Cooke

Crónica del Gran Escape

Antonio venía planeando la fuga casi desde el mismo momento de detención, cuando se había entregado pensando que se iba comprobar su inocencia por supuestos desfalcos al Estado, y casi termina muerto por congelación en un viaje a declarar, en un juzgado patagónico. A los detenidos se les dejaba la ropa de verano, se simulaban fusilamientos y los obligaban a realizar caminatas hacia la nada desde el presidio que había cerrado Perón -y que alojó a los radicales en los treinta. Para los militares de los cincuenta, al igual que sus padres y abuelos, la Patagonia era sinónimo de confinamiento, nada más. Esta situación penosa mejoró en Tierra del Fuego con la llegada de militares peronistas detenidos, entre bueyes no hay cornadas, y Antonio empezó a planificar la escapatoria. “Cuatro anarquistas, hace más de 30 años. Pero murieron de frío a poco de salir” fueron las respuestas de los agentes penitenciarios, peronistas ellos, y el empresario volvió a los cabildeos con Cooke, a quien Perón declaró, “Sus decisiones –puntualizaba el líder– tienen el mismo valor que las mías. En caso de fallecimiento, en él delego el mando”, elevándolo a la cima del Movimiento. El Enemigo Público Nro. 1 pues de los golpistas apoltronados en la Casa Rosada. Sin embargo, a principios de 1957 se decide inexplicablemente su traslado a la prisión de baja seguridad de Río Gallegos.  La única contra de un pueblo fantasma de 20 mil almas resultaban los vientos de cien kilómetros por hora.

“Nos saltaron los tapones”

Renner y Gomis, con conocimientos de las estepas sureñas, diseñan la ruta de escapatoria que debería recorrer 66 kilómetros a Monte Aymond, cruzar la frontera, y depositarlos en Punta Arenas, a 200 km, ya en Chile. Allí gobernaba el presidente Ibáñez, medianamente cercano al peronismo. Mientras tanto Antonio tejía amistades con el Sub Alcalde del penal Ansaldo, y casi todas las áreas del penal, en particular el médico Humberto Curci, y llamaba a través de la esposa Esmeralda, al socio financista Manuel Araujo, en febrero de 1957. Cuando Araujo llegó a Río Gallegos se contactó con Curci, que facilitó los tratos con los colaboradores locales de la fuga, el estanciero Leónidas Moldes -dueño del campo fronterizo y ex alumno de Cooke- y la partera Ramona González Estévez -la célebre figura de la resistencia peronista Perla de la Vega-. Asimismo el médico, dueño del único sanatorio de Río Gallegos -donde nacieron los Kirchner-, adquiría el coche Ford, modelo 1956, vehículo de la huída. Araujo compró además unos campos a modo de pantalla, realmente útiles porque la policía fue el primer lugar -vacío- que requisó.

En esos días viajó Araujo a Punta Arenas, en compañía de Vega y Héctor Naya, realizando una efectiva inteligencia de rutas y puntos estratégicos. Resulta a la distancia increíble que semejante operatoria, documentada en el largo juicio que se inició a los meses y que terminó con el sobreseimiento de todos los implicados, haya sido invisible para los entes de seguridad. Más aún, con la importancia de los detenidos y los rumores que llegaban a Buenos Aires, el Servicio Penitenciario había emitido un alerta de posible fuga a principios de marzo. Pero, en línea al investigador Juan Vilaboa, las medidas de los golpistas de 1955 de convertir en zonas francas comerciales vastas franjas patagónicas, relajando el patrullaje y los controles fronterizos, colaboraron decisivamente en el escape histórico.

Los días previos a la hora señalada la esposa, y la hermana de Antonio, contrabandeaban armas al penal, y uniformes blancos de trabajadores de frigorífico. A la partida inicial de presos a huir, los auténticos cerebros y ejecutores, Antonio, Cooke, Kelly, Espejo y Renner, se agregaron a último momento Cámpora y Gomis. Existía un único escollo, un guardia rabiosamente antiperonista, un tal Macías, que con un falso telegrama viajó el día anterior, a visitar al padre enfermo en Tierra del Fuego. Juan de la Cruz Ocampo sería el único que quedaría en pie en la noche del 17, luego de que Kelly pusiera a dormir a todo el penal. Tampoco el juicio posterior aclaró si el guardia fue rehén o cómplice, aunque las fuentes señalan un posible contubernio por la filiación justicialista. Lo cierto es que unos minutos antes de las dos de la mañana salieron tranquilamente por el frente, a esperar a un auto que no llegaba. No llegaba. “¿Por qué no volvemos a la cárcel y dejamos la fuga para otro día?” dijo un displicente Cámpora ante la ira de Cooke y Antonio. Finalmente emergió el bulto negro, el auto manejado por Araujo, y los seis peronistas, siete si contamos al carcelero, se apretujaron en la cabina. Apuntaron las armas contra la base aeronaval, a escasos kilómetros, que observó al Ford sin chistar. Para eludir el control de la Gendarmería, tuvieron que empujar el auto a campo traviesa durante siete kilómetros, en la silenciosa, ventosa y gélida noche patagónica. El fortachón Gomis justificó de sobra por qué estaba allí, empujando el carro casi solo. Eso sucedió alrededor de las seis y media de la mañana. Hacía tres horas atrás que Río Gallegos ardía con militares dando vuelta lo que encontrasen. En vano.

 Héctor José Cámpora

Serían los prófugos trasladados a Santiago de Chile, considerados perseguidos políticos pese a los protestas aireadas del gobierno de facto de Aramburu, y puestos en libertad poco después -menos Kelly, juzgado un reo común, quien escaparía travestido en septiembre de 1957, en un hecho rocambolesco que inmortalizaría Gabriel García Márquez. Antonio partiría a encontrarse con Perón en Centroamérica, y Cooke a organizar la resistencia peronista, que obtuvo con ellos el primer triunfo.

Juan Perón escribe a Cooke: “Mi querido amigo: Usted podrá imaginar la satisfacción que he tenido con la “piantada” espectacular de ustedes. Realmente “nos saltaron los tapones” cuando recibimos insólitamente la información de que ustedes estaban a salvo en Magallanes” Y el principal intelectual del peronismo de izquierda, combativo y nacionalista, contesta el 11 de abril desde Chile, “Cámpora al ser detenido, le hizo una promesa a Dios de que jamás volvería a actuar en política. Durante todo su cautiverio insistió en esa actitud. Cómo se pasa el día rezando, no creo que viole su juramento. En todo momento manifestó que no era hombre de lucha, así que no puede ser de gran utilidad” Héctor Cámpora sería presidente en 1973, paso previo al retorno de Perón al sillón de Rivadavia, y en la actualidad, es el símbolo del peronismo, versión siglo XXI.

 

Fuentes: Page, J. A. Perón. Segunda Parte. 1952-1974. Buenos Aires: Javier Vergara Editores. 1984; Ragendorfer, R. De Río Gallegos a Chile, la legendaria fuga de los militantes peronistas en Telam.com.ar; Vilaboa, J. Fuga de los Dirigentes Peronistas de Río Gallegos en 1957 en Hechohistorico.com.ar

Imágenes: Télam

Fecha de Publicación: 18/03/2022

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