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El vampiro de la ventana.

Una enfermedad mental, la pobreza más espantosa y la película “Drácula” transformaron a Florencio Roque Fernández en “el vampiro de la ventana”.

Monteros, Tucumán. Década del 50, en los diarios se habla de quince mujeres asesinadas por mordeduras violentas en sus cuellos. Mitos, leyendas urbanas, pánico. Ningún sospechoso está en la mira de la policía. 

Tras siete años de búsqueda, se devela el misterio. Una enfermedad mental, la pobreza más espantosa y la película Drácula habían transformado a Florencio Roque Fernández en “el vampiro de la ventana”. Fernández había sido diagnosticado de chico como psicópata y, por cuestiones económicas, nunca fue tratado. Con el correr del tiempo la enfermedad se transformó en una esquizofrenia severa y fue abandonado hasta por su familia. La tristeza de la vida del “loco del pueblo” (más a esa edad) y la penuria de la miseria que lo obligó a mendigar y robar, fueron haciendo su trabajo. A los 15 años sucede algo que le cambia la vida y despierta al monstruo dormido: en el cine del pueblo se estrena Drácula. El joven Florencio va a verla y allí empieza la verdadera historia de terror. 

A los 17 años, entre su patología sin tratar y las fantasías de las que lo llenó la película, empezó a sufrir alucinaciones. Según les contó a los peritos cuando fue apresado, unos años más tarde, llegó a creer que era un vampiro. Un dato es fundamental para terminar de entender la situación: producto de su problema mental, Fernández era fotofóbico, por lo que pasaba la mayoría del día en una cueva en las afueras de Monteros, en la más completa oscuridad. Solo salia de noche y , obsesionado, se empezaba a mimetizar con el personaje.

Nace el vampiro

En enero de 1953, aprovechando que en Tucumán la mayoría de la gente duerme con las ventanas abiertas por el calor, Fernández se mete en una habitación, golpea con un martillo a la mujer que dormía allí y le arranca un pedazo de cuello con la boca. Las pruebas forenses dicen que en el momento de ser mordida, la víctima todavía estaba viva. La misma situación se repitió casi idéntica un mes más tarde. Luego volvió a suceder, una, dos… trece veces más en siete años. Siempre en verano, cuando las ventanas estaban abiertas.

Los psiquiatras que lo trataron en la cárcel afirmaban que en la mordida había una finalidad sexual, ya que estaba casi comprobado que se bebía la sangre de las víctimas (aunque nunca violó a ninguna). La escena de los crímenes ayudaba a que se vaya creando un mito alrededor del “vampiro”. Los vecinos hacían denuncias a la policía diciendo que habían visto a alguien volando alrededor de sus casas y empezaron a colgar crucifijos y ajos de las puertas, a pedirle al cura del pueblo que rociara las habitaciones de sus hijas con agua bendita. Los más valientes preparaban estacas para clavárselas en el corazón a quien osara atravesar la ventana.

De las investigaciones y las propias confesiones de Fernandez, se desprende que no atacaba al azar. Elegía sus víctimas y las acechaba durante días para asegurarse que estuvieran solas en la casa al momento que decidiera atacar. En un principio los detectives pensaban que el asesino podría ser alguien de clase alta, instruido e inteligente. Alguien que sabía esconder sus huellas luego de los asesinatos, algún pervertido con dinero que se burlaba de la policía. Quiza esta teoría la echaban a correr para tapar su propia inoperancia en la investigación. 

Fue detenido el 14 de febrero de 1960 (día de los enamorados, una coincidencia espantosa). No opuso resistencia. Solo se ponía violento si lo obligaban a tener contacto con la luz solar. Tenía 25 años. Fue declarado inimputable y se decidió internarlo en un psiquiátrico de San Miguel de Tucumán, donde murió en 1968.

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