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"La garza": el temible asaltante que se convirtió en cobrador

Oscar Hugo "La garza" Sosa fue el segundo de el "Gordo" Valor en la famosa superbanda que asoló a los camiones de caudales en los 90.

Chorros eran los de antes. En un país en donde los delincuentes salen drogados a robar y no les importa matar a una víctima, porque "están jugados", haber tenido códigos como los tuvo "La garza", no es algo menor. 

Oscar Hugo "La garza" Sosa fue el segundo de "El gordo" Valor. Líder de la famosa "Superbanda" que en los 90 casi no deja banco o camión de caudales sin robar en el conurbano. En más de 50 asaltos, entre comprobados y sospechados, se le adjudica una muerte sola a “La Garza”. 

Esa muerte es la de un policía. El caso tiene ribetes cinematográficos, parece que "La garza" le disparó desde un puente de la Panamericana, con dos armas. En una mano una ametralladora, en la otra una pistola. El blanco era un ómnibus escolar en el que venían policías camuflados, escoltando a un camión de caudales, señuelo pensado para atrapar a la “Superbanda”. Pero la policía no contaba con que alguien le pasaría el dato a la banda. Podría haber terminado en una matanza, pero hubo un solo herido. Sosa niega haber estado en ese lugar en ese momento y niega haber cometido el asesinato. 

No eran ángeles ni mucho menos, pero tenían sus códigos

"No maté, no violé, no soy ortiva" decía  Sosa.  Nunca mataron a un custodio, a pesar de que actuaban con armas largas, gruesas en calibre. no dejaron un solo muerto en los múltiples robos de caudales. Hasta para escaparse dos veces de Devoto no tuvieron necesidad de dejar ningún cadáver. En la primera, se descolgaron por los muros, con sábanas atadas, con "El gordo" Valor y otros dos presos, todos vestidos de médicos. En la segunda hicieron un túnel con varios presos. Además de esas dos fugas con sus compañeros de la “Superbanda”, protagonizó otras tres fugas más de distintas unidades penitenciarias. Pasó 13 años preso en total y fue “jefe” de pabellón en todos los lugares donde estuvo privado de su libertad. 

En 1995 fue condenado a 11 años. Los cumplió todos, y desde entonces, dice, no volvió a delinquir. Hoy se dice redimido. Declara trabajar como cobrador de manera decente. Se sospecha que en algún caso ha apretado gente para conseguir su propósito. También se lo vincula a aprietes sindicales, pero nunca le comprobaron nada. Desde que cumplió su condena fue demorado por una que otra denuncia, pero no volvió a estar preso. Sosa dice que la policía se la tiene jurada y le buscan cualquier detallecito para meterlo en cana nuevamente. Cree que ahora lo llevan por portación de cara y no por cometer delitos reales como cuando robaba bancos. 

Parece que además de su trabajo de cobrador es dueño de 3 lavaderos de auto en Quilmes y que en algún momento fue contratado por el Sindicato del Plástico como custodio. Gente del sindicato dice que trabajó allí durante 5 años y que siempre cumplió con su deber. 

Cuando le preguntan si se arrepiente de algo dice que de su primer robo, de chico: un monedero a una "pobre vieja". Sueña con encontrarla para devolverle lo robado y así estar finalmente en paz con su conciencia porque fue la única persona pobre a la que le sustrajo algo. El resto de su carrera delictiva, como dicen en su barrio (La Cañada, en Quilmes) fue una especie de Robin Hood que les robaba a los ricos para darles a los pobres. Esto último es difícil de probar porque no se conoce que haya regalado la fortuna de la que se hizo en sus mejores años de delincuencia. 

En La Cañada, de todas maneras, lo recuerdan como un ladrón con códigos. Peligroso cuando a estos personajes uno les toma cierta simpatía.

 

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