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El sátiro de San Isidro

Francisco Laureana, también conocido como "El sátiro de San Isidro", violó y asesinó a por lo menos 15 mujeres en la década del 70.
Lo peor de nosotros
Francisco Laureana, también conocido como
13 noviembre, 2019

Lo más impactante de los asesinos seriales es que, muchas veces, tienen una vida que podríamos llamar “normal” hasta que, en determinado momento, algún cable se les cruza y se transforman en monstruos. Este es el caso de Francisco Laureana, también conocido como “el sátiro de San Isidro”.

Francisco tenía una familia que podríamos llamar “ideal” y trabajaba como artesano en la Feria de San Isidro. Los que lo conocieron dicen que sus artesanías eran hermosas. También dicen que era un tipo serio, introvertido, huraño, pero sobre todo muy tímido. Antes de salir a trabajar, todos los días, le recomendaba a su mujer que no saque a la calle a los tres hijos que tenían porque “hay muchos degenerados”. Quizás por eso sorprendió tanto lo que la policía les iba a informar a fines de febrero del año 1975: en los últimos diez meses Francisco había violado a quince mujeres y niñas y matado a once de ellas.

Análisis psiquiátricos develaron que padecía una patología que le generaba un desdoblamiento de su personalidad, una forma de la esquizofrenia. El modus operandi era muy básico: en el camino a pie que hacía de vuelta de la feria, si se presentaba la ocasión, atacaba. Violaba a sus víctimas y las ahorcaba con una cuerda. Si no contaba con ninguna cuerda, las estrangulaba con las manos. En sólo tres de las once ocasiones disparó.

El punto de partida de los investigadores fue una curiosidad: todos los asesinatos fueron cometidos entre las 6 y las 7 de la tarde. Y a todos los cadáveres les faltaba algo distintivo (un anillo, un collar), pero no sufrían robos. Para ser sinceros, no tenían muchas más pistas.

El principio del fin del sátiro

Pero todo cambió en enero del 75. Entró a una casa y violó y mató a su dueña. Cuando estaba escapando por los fondos del terreno, en la casa de al lado un jardinero de apellido Ramírez estaba terminando su jornada laboral. Sorprendido, se quedó mirando a Laureana, que se puso nervioso, sacó un revólver del bolso y le disparó. Parece que no tenía muy buena puntería: falló el tiro. Pero el error más grande no fue ese. El error más grande fue cruzarse con un jardinero con muy buena memoria visual. El identikit que armó con los detectives fue muy preciso.

Un mes más tarde, una adolescente, advertida por su padre (que había pegado el identikit en la heladera de la casa), creyó reconocerlo. En cinco minutos la policía había desplegado un operativo por el barrio. Lo identificaron. Intentaron detenerlo y Laureana se defendió a los tiros. Recibió un disparo en el hombro, pero logró escapar. Aunque parezca una película, se empezaba a sellar su suerte: del hombro le salía mucha sangre, tanta como para manchar el piso en cada paso que daba. Tanta como para que la policía pudiera seguir el rastro. Cuando el reguero había desaparecido y la policía estaba a punto de enfrentarse a una nueva derrota, escucharon alaridos de dolor. Laureana se había metido en el jardín de una casa para desorientar a la policía. Pero no había tenido en cuenta que en la casa había un perro entrenado como guardián. Cuando llegaron los agentes, Laureana tenía la pierna prácticamente destrozada por el animal.

La gallina degollada

Según la policía, a pesar de las heridas ofreció resistencia y se volvió a tirotear con los agentes. Según algunos periodistas y uno que otro vecino, fue fusilado (eran épocas de la Triple A, llamar “enfrentamientos” a las ejecuciones se estaba poniendo de moda). En lo que todos se ponen de acuerdo es en que, intentando escapar del perro, Laureana se había metido en un gallinero. Cuando se acercaron para confirmar que estaba muerto, a su lado encontraron dos gallinas estranguladas. Fueron las últimas víctimas del “Sátiro de San Isidro”. Tenía 35 años.

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