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El sadismo no tiene límites

El problema de la impunidad es que quienes la sienten, lamentablemente, suelen tener razón

Voy a escribir lo que sigue de la forma más directa y con menos eufemismos posibles no por una cuestión de morbo, sino porque me parece que cuando algo es tan grave, a veces, la mirada naturalista es la mejor forma de denuncia. Como suele decirse, no son pocas las ocasiones en que la realidad supera cualquier tipo de ficción. 

El hecho sucedió en la provincia de Salta (una de las más clericales, patriarcales y misóginas de toda la nación). En el barrio Islas Malvinas de la localidad de Pichanal, una joven llega a la humilde habitación que comparte con su marido. Tiene apenas 19 años por lo que no se bien si “joven” la define bien (¿adolescente? ¿niña? ¿cuál es la definición más adecuada?). Como decía, vuelve a su casa  y se encuentra  a su marido y dos amigos de él. Lamentablemente, rastreé en la web y no pude encontrar la edad del marido. Me juego un meñique a que no tenía menos de 35. El trío masculino está tomando unos tragos, parece que hace varias horas que están en eso porque están bastante entonados. Uno de ellos le acerca un vaso y le dice “dale no seas ortiva, tomá un poquito”, ella no quiere hacer enojar a su marido y acepta un trago. Es todo lo que alcanza a tomar. 

Más tarde, en la denuncia policial, la joven/adolescente/niña dirá que en su vaso había algo más, porque de inmediato se sintió mareada y sin capacidad de reacción. No podía moverse y la habitación le daba vueltas. Pero no por eso perdió contacto con la realidad: estaba completamente consciente cuando los dos amigos del marido la violaban mientras este filmaba la escena. 

Antes de irse, le dieron plata al marido. Es decir, hizo las veces de proxeneta sin su consentimiento. Cuando se fueron sus amigos él también la violó y, habiendo sobrepasado todos los límites del horror, también filmó esa secuencia. 

Después de abusar de su mujer la encerró en el cuarto y la dejó incomunicada por más de 5 horas. Un familiar, alertado porque la chica no respondía los mensajes, fue hasta su casa donde la encontró, encerrada en la habitación, con signos claros de confusión producto de la droga ingerida. Al verla desorientada y con las marcas de la violencia ejercida por el marido y los amigos, la asistió y la llevó inmediatamente a hacer la denuncia. 

No sé si los amigos y el marido pensaron que ella se iba a quedar callada o intuyeron que serían denunciados, pero en las horas siguientes a dejarla encerrada desaparecieron del pueblo. 

Como suele suceder en estos casos, se hicieron todas las pericias correspondientes. Se asentó el nombre y apellido de los culpables, las circunstancias, el lugar. La noticia salió en un par de portales de la provincia, escandalizando a la opinión pública. Pero lo más importante no sucedió: no detuvieron a los 4 sádicos que sometieron a la pobre chica. Se ve que la justicia no puede accionar con la velocidad suficiente para castigar a quienes cometen estos atroces delitos. 

Se imaginarán que el marido continúa, al día de hoy, desaparecido. Yo me pregunto ¿Qué hay que tener en la cabeza para hacerle eso a una mujer? Si esa mujer es justamente a la que uno le ha prometido cuidarla en la salud y en la enfermedad, ¿Esta conducta no demuestra un nivel mayor de enfermedad? ¿Qué grado de impunidad tienen que manejar los tres (marido y amigos/clientes) para hacerlo con total descaro? ¿No tenían miedo de una posible represalia? Lamentablemente, parece que no. El problema de la impunidad es que quienes la sienten, en la mayoría de los casos, suelen tener razón.

 

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