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El loco del martillo

Raúl Aníbal González Higonet: de changarín en el Mercado Central a asesino serial. Conocé la historia del "loco del martillo".
Lo peor de nosotros
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21 octubre, 2019

Verano de 1963. Lomas del Mirador. Emilia Ortíz dormía en su cama. Una persona entra por la ventana y la ataca a martillazos. No muere. Cuando se despierta, además de la cara hinchada por los hematomas, se da cuenta de que le robaron algo de plata y un par de chucherías. Unos días más tarde, le pasa lo mismo a otra vecina. En poco tiempo hay siete casos más.

El modus operandi es siempre el mismo: violentos ataques a mujeres solas, que no son violadas. Todas las víctimas son atacadas con un martillo. Todas sobreviven. Pero el 8 de marzo de 1963 (día de la mujer, díganme si no es paradójico), entra a la casa de Rosa de Grosso, una inmigrante italiana de 65 años. Acostumbrada a pelear por lo suyo, no se deja amedrentar. Lucha con el loco del martillo que, sorprendido por la reacción, se pone más violento que de costumbre. Le hunde el parietal de un martillazo. Rosa muere. El loco del martillo deja de ser un ladrón y se convierte en un asesino. Algo cambia en su cabeza: unos días más tarde Virginia González, de 80 años también es asesinada a martillazos. Pocos días más tarde Nelly Mabel Fernández se convierte en la tercera víctima fatal.

La psicosis

El temor de la población llega a niveles altísimos. Se organizan recorridas para vigilar la zona. Hay intentos de linchamiento a personas que luego se confirma eran inocentes. Las mujeres no quieren salir de sus casas y por la noche se encierran. Las fábricas autorizan al personal femenino a salir antes para no tener que caminar de noche por la calle. La policía difunde un identikit: es una persona joven, con el pelo enrulado, usa bigote. Un grupo de vecinos casi asesina a un transeúnte cuyo único delito es tener rulos y bigote.  

La caída del loco del martillo

Raúl Aníbal González Higonet era changarín en el Mercado Central de Buenos Aires. Habiendo tomado unas copas de más, decide invitar dos damajuanas a sus compañeros de juerga, algo poco común para su poder adquisitivo. Le preguntan de dónde sacó el dinero. Cuenta parte de sus robos. El cuento llega a oídos de la policía. Menos de dos semanas más tarde, lo capturan en su casa de Lomas del Mirador. Era alto, muy flaco, y efectivamente tenía rulos y usaba bigote. Tiene puesto un pantalón que le queda muy grande, producto de uno de sus robos. Al lado de su vivienda hay un baldío. La policía remueve la tierra buscando alguna prueba. Encentran un martillo ensangrentado. El loco del martillo no opone resistencia. Va a pasar los próximos 43 años de su vida preso.

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