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El instrumento.

Los emblemas argentinos no siempre son felices: con una larga historia de gobiernos de facto, por supuesto que íbamos a tener un método emblemático de tortura.

“Pirí Lugones, nieta del poeta, hija del torturador": así se presentaba la nieta de Leopoldo Lugones allá por la década del setenta. Sucede que la vida está llena de ironías, y esa dinastía en particular está plagada de ellas. Así como Leopoldo,el poeta, “el hombre más fiel de Buenos Aires”, mantuvo durante años un romance con una veinteañera –situación que lo empujó al suicidio–, su hijo, Leopoldo “Polo” Lugones, creó el instrumento con el que sería torturada su propia hija décadas después.

La familia Lugones con sus tres generaciones malditas es un reflejo de los estragos de la doble moral de la sociedad argentina en épocas de dictadura.

El abuelo

Leopoldo Lugones fue considerado uno de los grandes exponentes de la literatura Argentina, tanto que el Día del escritor se instituyó en conmemoración de la fecha de su nacimiento: el 13 de junio. Pasó de simpatizar con las ideas socialistas a apoyar el golpe a Yrigoyen en 1930.

Escribía poemas exaltando a los esposos fieles, pero se vió cercado por la vergüenza cuando salieron a la luz las cartas que intercambiaba con su amante: Emilia Cadelago. Durante la dictadura, que él mismo había propiciado, la censura llegaba hasta tal punto que se revisaba el correo y así fue que descubrieron su adulterio con una joven a la que le llevaba casi veinte años. Sus intercambios epistolares fueron descubiertos por la Sección especial de Policía Federal, que se presentó en la casa de Emilia para comunicarle a sus padres de la relación prohibida. La joven, asustada ante la  amenaza del escarnio público, decidió terminar con la relación sin saber que su amado Leopoldo se retiraría al Tigre a envenenarse con una mezcla de cianuro y whisky.

El comisario que se ocupó, personalmente, de notificar a la familia Cadelago de la deshonra de su hija no era otro que el propio “Polo” Lugones, sellando así el suicidio de su padre. 

El padre

Los emblemas argentinos no siempre son felices: con una larga historia de gobiernos de facto, por supuesto que íbamos a tener un método emblemático de tortura. La picana eléctrica, que el comisario Polo Lugones creó durante el gobierno de Uriburu es el símbolo indiscutible de nuestras dictaduras militares.

La excusa oficial era que había que combatir el terrorismo, el fantasma del comunismo. La realidad es que hay gente sádica, que goza con ver sufrir a otro ser humano. Que se siente poderosa con esas herramientas. Entre esos sádicos estaba el comisario Lugones, que había empezado su carrera hacía el horror varios años antes. 

Durante la presidencia de Alvear, el único hijo de Lugones se desempeñaba como director del Reformatorio de menores de Olivera, lugar donde lo denunciaron (y procesaron) por violación de menores. Le pesaba una condena de diez años pero su padre intercedió por él para que lo eximieran “por el honor de la familia”. Lugones padre, lo salvó sin saber que años después su hijo lo entregaría sin miramientos a la justicia por un romance extramatrimonial.

Cuando Uriburu lo promueve a Comisario Inspector de la Policía, en la misma dependencia está su prontuario donde se lo describe como pederasta y sádico. Poco les importaba a sus superiores, ya que, era un torturador que obtenía rápidas confesiones con sus espantosos métodos. Al igual que el padre acabaría su vida con el suicidio: en 1971 se pega un tiro en la sien.

La nieta 

Susana “Pirí” Lugones, tuvo una infancia difícil. A los doce años, su madre Carmen Arregui, se separa del comisario Lugones y no tarda en casarse en segundas nupcias con el doctor Marcos Victoria. Como si el destino no se hubiera ensañado lo suficiente, “Pirí” sería abusada por el segundo marido de su madre. A los 21 años se casó con Carlos Peralta, con quien tuvo tres hijos. El segundo, Alejandro, se suicidaría en 1971 (el mismo año que el infame abuelo) colgándose de un árbol en el Tigre. 

Su ideología era totalmente opuesta a la de su familia y la llevó a unirse a las Fuerzas Armadas Peronistas, donde llegó a ser una referente. Posteriormente se unió a Montoneros, donde sus principales tareas eran de inteligencia y prensa. A sus 52 años, en 1977, fue secuestrada, torturada y desaparecida. Se dice, porque no se sabe a ciencia cierta, que la mataron un 18 de febrero, aniversario de la muerte de su abuelo.

Asi el apellido Lugones se convirtió en una generación tras con un solo hilo conductor: el horror. La tortura promovida públicamente por el abuelo en su tiempo. La picana creada por el padre cruel y abusivo. El calvario de la nieta, de la hija, de la mujer que –a pesar de haberlo intentado– jamás pudo escapar del destino trágico de una familia tan notable como maldita. 

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