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¿Cuánto sabés de la “cárcel del fin del mundo”?

La "Cárcel del fin del mundo" ya es casi un mito, pero por sus paredes pasaron reclusos reales que vivieron en condiciones terribles.
Lo peor de nosotros
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24 octubre, 2019

Nuestro país tiene la ciudad ubicada más al sur del planeta: Ushuaia. ¿Se imaginan lo hostil que puede llegar a ser una cárcel en ese paraje? Así como los rusos mandaban a los presos problemáticos a Siberia, en nuestro país se los mandaba a lo que se conocía como “la cárcel del fin del mundo”.

Cuenta la historia que, si bien era una prisión de alta seguridad, no había ninguna pared que separara a los convictos de los libres: Tierra del Fuego estaba prácticamente despoblada, por lo que era la isla misma lo que aislaba a los presos. No se podía ni salir ni entrar si no era en barco (imagínense nadar en esas aguas). Hubo varias fugas, pero la mayoría volvían porque se morían de frío o de hambre. De hecho, si los fugados no volvían en 72 horas, se los consideraba muertos.

Construyendo la cárcel

La construcción empezó en 1902, y la llevaron adelante los mismos presos (¿dónde dormirían cuanto todavía no había nada?). Recién en 1920 se dio por finalizada. El Estado tomó la decisión de construir un presidio en ese páramo no por una cuestión de crueldad para con los internos sino por un tema de soberanía: la única manera en la que podían lograr que alguien viviera ahí era obligándolos. La cárcel contaba con cinco pabellones y 386 celdas de dos por dos (no me imagino nada más terrible) con una pequeña ventana. Se dice que llegó a haber más de 600 detenidos, por lo que en algunas de las celdas había más de una persona.

Presos famosos

Además de presos comunes, la “cárcel del fin del mundo” albergó presos políticos (otro punto en común con Siberia). Entre los más famosos estaban el múltiple homicida Mateo Banks, Cayetano Santos Godino (más conocido como “el petiso orejudo“) y Simón Radowitzky, el anarquista ruso que en 1909 mató al jefe de la Policía argentina Ramón Falcón. Hay un mito que nunca se esclareció del todo que dice que otro interno ilustre fue Carlos Gardel (en el actual museo hay una celda dedicada a la supuesta estadía del zorzal criollo). Ya no se puede confirmar porque mucha de la documentación se perdió por obra del tiempo y la desidia. El fin de la cárcel llegó en 1947 cuando Perón la cerró y la transformó en Base Naval: un destino mucho más humano para sus helados paredones. Hoy es un museo, pero se conserva, a oscuras, un pabellón tal cual quedó a mediados del siglo pasado. No quiero ni pensar los fantasmas que vivirán entre esas paredes.

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