Lo que voy a narrar sucedió en Embarcación, una pequeña localidad del norte de la provincia de Salta. Todavía me da escalofríos. Quizás tenga un poco que ver que soy padre primerizo de un hermoso pibe de 11 meses y estas cosas me afectan como nunca imaginé que podían afectarme. También debe tener que ver que hace pocos días terminé de leer El petiso orejudo de la excelente escritora María Moreno, y el asesino serial más famoso de todos los tiempos tenía un modus operandi bastante similar al que voy a relatar. Volviendo al tema de Salta, la cuestión fue así: un martes a la tarde, cerca de las 14, el padre de dos chicos chiquitos volvía a su casa para almorzar y dormir una siesta antes de volver al trabajo. Llegando a su domicilio vio pasar una Toyota Hilux (que no pasa, precisamente, desapercibida en Embarcación) varias veces por la misma cuadra. No le dio importancia. Lo mal que hizo. Minutos más tarde (me lo imagino con un pedazo de churrasco en el tenedor), escucha gritos en la calle, no puede identificar bien qué dicen, hasta que finalmente un familiar le advierte, también a los gritos, “Se quieren llevar a los chicos”.
Mamita. Lo pienso y me muero de miedo. El padre, claro, sale a la calle a ver qué pasaba, sabía que su hijo menor estaba en la vereda jugando con los vecinitos del barrio, como de costumbre. Porque, según cuentan los lugareños, no es un lugar peligroso.
La cuestión es que el padre sale y ve a una persona (él dice que eran gitanos, pero en esta columna no hay espacio para la xenofobia, así que pongámoslo en duda, o por lo menos desafectemos a la comunidad gitana del hecho) que se está por subir a la camioneta.
Este buen hombre le pregunta qué hacía cerca de los chicos y el desconocido primero le dice que estaba advirtiendo a los nenes de no jugar en la calle porque era peligroso y después, ante la insistencia del padre (un poco desaforada, incluso violenta, me imagino) le muestra una pistola que llevaba en la cintura. Se sube a la camioneta y se va. El padre les tiró un piedrazo (qué corajudo, yo no me habría animado) y fue a hacer la denuncia.
Horas más tarde, la policía detuvo a los presuntos secuestradores. Fueron encontrados en un campamento que habían montado en las afueras de Colonia Santa Rosa. Eran cuatro hombres, todos de la misma familia. La camioneta los delató enseguida y los testimonios de los testigos (casi todo el barrio) sirvieron para armar un identikit preciso que llevó a encontrarlos rápidamente.
Según se supo más tarde estos malvivientes recorrían los pueblos de la zona e iban casa por casa diciendo que vendían puertas y ventanas. Nada más alejado de la realidad. Su objetivo real era engañar a los niños que se encontraran por el camino para secuestrarlos ¿El motivo? nadie lo sabe.
La suerte o alguna intervención divina hicieron que uno de los chicos desconfiara de estos hombres y fuera a alertar a los mayores. Gracias al cielo, porque si no estaríamos hablando de una lamentable noticia de las que llenan páginas en los diarios.
Pasado el susto me imagino a esos padres angustiados cada vez que sus hijos quieren jugar en la vereda, o salen a hacer algún mandado cerca. No dejo de pensar la cantidad de peligros a los que están expuestos los menores y le pregunto a los padres: ¿Alguna vez se pasa el terror atávico y paralizante de pensar que algo malo le puede pasar a nuestros hijos? ¿O es una sensación que me va a acompañar hasta que me muera?
Hipólito Azema nació en Buenos Aires, en los comienzos de la década del 80. No se sabe desde cuándo, porque esas cosas son difíciles de determinar, le gusta contar historias, pero más le gusta que se las cuenten: quizás por eso transitó los inefables pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Una vez escuchó que donde existe una necesidad nace un derecho y se lo creyó.