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Ágata Galiffi. La Flor de la Mafia

Durante décadas se alimentó el mito de la hija de único capo mafioso argentino, Juan Galiffi. Mitos y realidades de un personaje, Ágata, que es parte de la imaginación popular.

Lo peor de nosotros
Ágata Galiffi

Este año se cumplieron cincuenta años en marzo del estreno de una de las películas más taquilleras del cine nacional. “La maffia” de Leopoldo Torre Nilsson reconstruía el ascenso y caída del único imperio mafioso a lo siciliano que conoció el país, y que aterrorizó los veinte y los treinta de la mano de Al Capone criollo, Juan Galiffi. Competiría nuestro film con “El Padrino” de Francis Ford Coppola. Entre los atractivos de una versión muy libre de los hechos, con la firma entre otros de Osvaldo Bayer y Beatriz Guido, aparecía una cautivante princesa mafiosa, Ada, una magnética Thelma Biral. En las primeras secuencias, con un cónsul italiano fascista que distingue por sus “servicios” al mafioso Francesco, la atractiva Ada le contesta al rival en el trono del crimen, el Luciano de Alfredo Alcón, “No hay que encariñarse mucho con los animales. Se mueren muy fácil” La imaginación ponía en boca de Ada, inspirada en la real Ágata Galiffi, palabras de advertencia de una verdadera mafiosa. Una reconstrucción histórica de la mujer de carne y hueso pone en un manto de neblinas de aquello que fue y lo que pudo ser. Ágata vivió en el filo de las leyendas, envuelta en las historias de los bajos fondos y la alta política, y aún hoy, con novelas que la moldean desafiante como la de Esther Goris, sigue siendo la única “Flor de la Mafia”.O, para quienes sufrieron del accionar delictivo de la asociación criminal de Galiffi y la prensa sensacionalista, “La Pantera”.

“Me llevaba todas las noches al teatro y después, antes que yo me durmiera, se sentaba en mi cama y me hacía hablar de la obra que habíamos visto…Yo quería mucho a mamá, pero a mi papá lo admiraba por sobre todas las cosas del mundo. Tenía una personalidad increíble. Era simpático, culto, seguro de sí mismo”, confesaba la ahora detenida en Tucumán en 1939, Ágata Galiffi, por un intento de cambiar el dinero de la bóveda de un banco provincial por otro falso, que había sido el regalo de casamiento de su admirado padre. Que también legó otra pasión, “yo lo acompañaba siempre el hipódromo. Una tarde gané veinte mil pesos en una carrera, una verdadera fortuna”, cerraba la veintiañera de ojos enigmáticos, nacida el 14 de julio de 1916 en Gálvez, Santa Fe, la cabecera donde su padre había levantado un inmensa fortunas, campos en San Juan y Córdoba, casas en Buenos Aires, Rosario y Montevideo, a base de extorsiones, secuestros, contrabando, prostitución y apuestas.

El sensacionalista diario Crítica de Natalio Botana, que más contribuyó a esclarecer la red de convivencia de mafiosos y políticos, y a la vez, en establecer el mito de Ágata y el fantasma de la mafia, la describía a ella, “desde sus primeros años -Ágata- vivió en la atmósfera del delito, efectuando su aprendizaje en las reuniones en que se planteaban hechos resonantes que figuraban en las crónicas. En este ambiente de tenebrosos contornos fue formándose el espíritu de esta mujer, que actualmente se caracteriza por su temple varonil, su odio a la policía, su seguridad en cada decisión”, sintetizaba de la mujer que tenía encandilados a los oficiales y fiscales en la medianía de Tucumán. Ágata era una estrella a gusto suyo, cercana a las novelas y revistas del corazón que gustaba leer, un mujer casada y joven, viviendo una aventura de película con pistoleros de cuarta, y que desafiaba los normas de la ultramontana Década Infame.

“No puedo afirmar ni negar”

Cuando se descubrió el atraco de Ágata y su amante, el actor devenido en pistolero Arturo Pláceres, en San Miguel de Tucumán, en un alianza inusual entre la mafia y los anarquistas, la estrella de los Galiffi estaba en retirada. Chicho Grande había sido extraditado en 1935 y moriría -de miedo- durante los bombardeos aliados a Italia en 1943, preso y pobre. Cinco años antes se descubre el asesinato del pérfido Francisco Marrone, alias Chicho Chico -inspiración lejana de Alcón en el film de 1972-, por Galiffi y sus secuaces, donde al parecer Ágata y su madre tuvieron alguna participación en 1933, en la casa porteña de la calle Pringles al 1200. Los biografías de la “Flor de la Mafia” suelen ubicar aquí los inicios de sus crímenes, aunque estamos ante un niña de 16 años que aún soñaba “muy alto”, y tenía los delirios místicos que harían las delicias de la prensa amarilla. A cada rato en la celda del Asilo del Buen Pastor, a donde sería  recluída casi una década, porque a Galiffi se la mandó a una institución siquiátrica por falta de penales femeninos en Tucumán (sic), se escuchaban sus gritos, “¡Dios, a dónde estás!” Para ese entonces el marido legal, el abogado Rolando Lucchini, con quien se casó como una manera de proteger la fortuna familiar, y el amante Pláceres, habían deslindando responsabilidades sobre ella. Ágata se convirtió en el chivo expiatorio final de los crímenes de la mafia ítalo-argentina que nació a fines del siglo XIX en La Boca y acabó con la detención de La Pantera, cargando Galiffi sobre sus espaldas crímenes espectaculares, corresponda o no, como el de Abel Ayerza en 1932.

Quizá el golpe de 1939 fue un intento desesperado de Ágata por recuperar una posición económica que permita el ansiado reencuentro con el padre. O una aventura de las tantas que había leído, o visto en el cine, a lo Bonnie & Clyde. “Tenía 24 años y estaba enamorada”, dijo. Recién en 1945 la justicia federal lo condenaría por tentativa de robo y falsificación de billetes a trece años. Por buena conducta, salió en 1948, sin el revuelo que había generado, sin nadie de los familiares ni los amigos del dinero de Galiffi la esperasen. “Estuve presa en Rosario y en Tucumán. Una monjita tucumana me consiguió dos tablas y dos cajones, y me armé una cama cerca de la ventana de la celda para mirar las estrellas…Creían que yo era un monstruo, una pantera, y por eso me tenían aislada en tres metros cuadrados, con barrotes muy gruesos y sin baño", señalaba de las duras condiciones de detención, donde contrajo difteria, y señaló a Alfredo Serra y Humberto Speranza de la revista Gente en 1972, tras haber desaparecido de los medios casi 25 años, “ví el cuello de una de las botellas -de sidra, en un rincón de la celda, metidas de contrabando por las monjitas que la “querían mucho”-. Estaba cortado. Corte perfecto, como hecho con un diamante…Entonces lo ví. Era una especie de enano, un duende bajito y de cara horrible con un gorro de cascabeles en la cabeza. Se río a carcajadas, hizo una pirueta y desapareció”, describía Ágata, que como surgía en todas sus entrevistas, era creer o reventar. “No puedo afirmar ni negar los cargos contra él”, respondía cuando se le preguntaba sobre papá Juan, el de “bomba o bala”.

“Toda mi vida es de luchas y reveses”

No resultó fácil la vida de Ágata como convicta. E hizo lo imposible para borrar sus huellas. Después de un periodo de mesera en San Miguel de Tucumán, parte de la libertad condicional, y en Villa Constitución, Santa Fe, vendiendo avisos clasificados, logra recuperar luego de un largo litigio legal una propiedad del padre en Caucete, San Juan. Era lo que había quedado de las varias propiedades de la mafia ítalo-argentina, como un edificio entero de lujosos departamentos en Santa Fe y Callao en Buenos Aires, o un increíble colección de arte, joyerías y antigüedades -en la fábula, se habla de un costoso sillón regalado a Hipólito Yrigoyen, de quien parece que los Galiffi eran simpatizantes-

A fines de los cincuenta se Ágata instala en una vieja estancia puntana, “La Viña del Señor”, “había que arar, había que sembrar, había que podar las viñas”, recordaba, conviviendo con un vendedor porteño y criando a una hija, Karina. En el 67 sufre un terrible accidente de vuelta de Rosario, la peleas por los restos de los bienes Galiffi  continuaban, y casi muere decapitada. Es llevada de urgencia al hospital mientras su preocupación era “darle la primera comida a la nena”. “También tuvo un local de zapatos exclusivos en Av. Rioja, entre Laprida y Rivadavia. Se llamaba Creaciones Karina, por mi mujer”, acotaría Guillermo Verón en tiempodesanjuan.com, en ese momento preso por estafa en San Juan, y que era el esposo de la hija de Ágata. Karina, madre de seis niños que hablaban siciliano, vivía por 2016 en Mar del Plata.

Ágata Galiffi falleció por un virus intrahospitalario en 1985. Entre las últimas pertenencias se encontraba un fino mueble chino de su padre. Y poco más, de quien se llamó la poderosa “Flor de la Mafia”. “Toda mi vida es de luchas y reveses…lo único que cuenta en la vida son los amigos”, remataba en 1972 Galiffi, a quien los vecinos sanjuaninos llamaron “La Nena”, aún cautivando con sus ojos verdes de biógrafo. De Pantera, niente. En declaraciones a los medios nacionales poco antes de ser encerrada el 23 de junio de 1939,  “Hay hombres que no valen nada y otros que valiendo mucho no comprenden a la mujer. Lo digo yo. Si habré luchado en mi vida para ser comprendida…Para una mujer argentina, hoy y mañana: no olviden que la fatalidad está siempre al acecho”, bosquejaba la bautizada “mujer infernal”, Ágata Galiffi.

 

Fuentes: Zinni, H. N. La mafia en la Argentina. Rosario: Editorial Amalevi. 1975; Aguirre, O. Historias de la mafia en la Argentina. Buenos Aires: Norma. 2010; Bra, G. La historia de la mafia en la Argentina en revista Todo es Historia Nro. 261. 1989. Buenos Aires.

Imagen: Infobae

Fecha de Publicación: 15/06/2022

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