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Un cura sin cabeza suelto por General Conesa

En General Conesa, la figura de un sacerdote que no tiene cabeza es uno de los grandes mitos populares.

General Conesa, en la provincia de Río Negro es una bella localidad, pero algo oscuro es parte de la idiosioncracia del pueblo, ya que no son pocos los vecinos y visitantes que aseguran haber visto en sus calles la figura de un cura sin cabeza.

Nadie sabe a ciencia cierta de dónde salió, si se trata de un sacerdote que sufrió algun tipo de tragedia en esa localidad, si es un espíritu que simplemente adoptó la ciudad rionegrina como propia, o qué. Pero los relatos son estremecedores y aseguran que la aparición de su figura ha llevado a la locura por lo menos a una persona.

"Al cura lo vieron diferentes personas", asegura un vecino de General Conesa, que aclare que no se trata de una historia que se le ocurrió a una persona, la contó y de allí se corrió el rumor, sino que tendría fecha y lugar de la primera aparición y testigos que habrían visto pasar al religioso vestido con la sotana, acompañado por perros... pero sin cabeza.

El punto de origen de esta relato de terror en la localidad patagónica sería la estancia Negro Muerto -¿justo ese nombre iba a tener el establecimiento rural?-, ubicada entre General Conesa y Choele Choel.

Allí, un hombre que prestaba sus servicios para los dueños del campo fue el primero en declarar que vio la figura del sacerdote. Todo parecía indicar, al principio, que se trataba de una broma, de un mal viaje por consumo de alcohol -como le pasó al texano que aseguró haber visto un plesiosaurio en Chubut-, o simplemente una mala perspectiva que no le dejaba ver la cabeza del hombre en cuestión.

Sin embargo, la cosa se puso seria cuando un vendedor de productos regionales que no era de la ciudad, y andaba de pasada por General Conesa con fines comerciales, y que no tenía ningún tipo de conocimiento sobre ese mito urbano, vio lo mismo: el hombre con la sotana, los perros acompañándolo y la falta de carne y hueso por encima de su alzacuello.

Un hombre que pasó sus últimos años en un hogar de ancianos de la localidad, fue otro de los que dio su confirmación acerca de la exstencia de este fenómeno: él y su prima trabajaban nada menos que en la estancia Negro Muerto. Allí, según cuentan, el peón del establecimiento vio salir de un galpón de esquila.

Al principio no creía, pero cuando vio que un perro ladraba atemorizado por lo que estaba observando, y al notar la sotana del clérigo, despejó sus dudas.

Cuentan en General Conesa, que el sacerdote también tenía por costumbre hacer un recorrido por una fila de 20 casitas ubicadas en un punto de la ciudad. Allí, siempre con la compañía de los canes, iba recorriendo una por una, hasta llegar a la última, y desaparecer.

Ese relato le llegó a un bravucón que, escéptico de lo que escuchaba, tildó de miedosos a los demás y aseguró que lo más probable es que algún bromista intentaba meter miedo en los vecinos. Entonces hizo algo que le cambió la vida: se instaló en la última casita, esa misma a la que llegaba antes de desaparecer, para demostrarle a los demás de que se trataba de un engaño.

Como las brujas no existen, pero que las hay, las hay, el muchacho tenía una faca y una escopeta, como para estar seguro de que no le pasaría nada. Bueno, en rigor de la verdad, físicamente no le ocurrió nada, según cuentan, pero su mente no volvió a ser la misma. Primero se escuchó el ladrido de los perros, cosa que no alertó al bravucón.

La primera señal de que algo andaba mal fue cuando las puertas y ventanas de la casa se abrieron de golpe, como si un viento hubiera empujado en simultáneo cada una de las aberturas de la vivienda. El temor comenzó a invadirlo pero quería demostrar su valentía y le pidió al chistoso que se haga presente, mientras agarraba la escopeta.

No era un chistoso... era el cura sin cabeza acompañado por sus fieles perros. El incrédulo comenzó a disparar para todos lados sin tener puntería. Cuentan que tras ese episodio, el tipo se volvió completamente loco, "quedó trastornado", dicen, y no volvió a cuestionar la existencia del mito popular.

Tal vez fue esa la última vez que alguien vio al sacerdote, tal vez no. Lo cierto es que, por las dudas, nadie se anima a cuestionar su existencia.

 

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