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Tiófilo Lucero, el muerto de los milagros

Miles de personas acudieron a él estando en vida, ante situaciones apremiantes. Sin embargo, después de muerto, los milagros continuaron.

Tiófilo Lucero fue un hombre de campo que, para la sociedad mendocina en general, pasó sin pena ni gloria por este mundo. Sin embargo, para los vecinos del departamento de Lavalle y del famoso Secano Lavallino se trata, prácticamente, de un Dios. El hombre curó males estomacales, ojeaduras y, dicen algunos, enfermedades mucho más graves. Lo cierto es que un día murió, pero los devotos siguieron acudiendo a sus servicios y, sorprendentemente, los milagros siguieron sucediendo.

Historia de cementerios

Para darle un poco de contexto a la historia, primero debemos explicar que el distrito de Asunción está emplazado en el desierto lavallino. Cuenta con poco más de mil habitantes, pero tiene dos cementerios entre sus manzanas. El Cementerio Viejo, que es el más antiguo y donde descansan los restos de caciques y descendientes huarpes. Y, por otro lado, está el Cementerio Nuevo, donde yacen los restos de foráneos, extranjeros y que goza de otro tipo de construcciones. Algunos dicen que el segundo se construyó porque el primero quedó chico. Otros, porque algunas familias enemistadas no querían compartir cementerio, una vez que murieran. Cualquiera sea el motivo, ambos establecimientos están separados por la soledad misma de montes y desierto.

Tiófilo Lucero

Fue un hombre bueno, servicial y muy bien recordado por todos. Como toda historia urbana, hay múltiples versiones sobre su vida, pero todas coinciden en que era arriero y que tenía ciertos poderes curativos. Curó dolores estomacales o de muela a muchas personas. Incluso, algunos puesteros le llevaban sus animales para que éste los curara cuando estaban dañados en alguna pata o tenían algún problema. Es que, en el pueblo no había un médico ni un veterinario. Así, Tiófilo fue cobrando fama de curandero.

Pero lo que también era Tiófilo era: buen catador. Así, a cambio de sus curaciones, recibía vinos, bebidas espirituosas, cigarros y algún que otro vicio. De esta manera pasó por este mundo. Hasta que un día de 1986, murió. Poco se sabe de su muerte, pero lo cierto es que murió y fue a parar al Cementerio Nuevo.

Sin embargo, lo fieles, creyentes y devotos, nunca dejaron de creer en sus milagros y curaciones. Desde aquel momento, y hasta el día de hoy, su tumba luce placas, carteles, botellas de vino, botellas de agua, cigarros e, incluso, un agujero en el suelo para echar un chorro de vino, y hacer que Tiófilo “se riegue”. La estructura de la tumba también cambió de aspecto. No sólo sobresalían los obsequios, sino también el techo de loza y hasta una placa que lo muestra al curandero frente a un asador, cocinando un chivo.

Los habitantes de la zona no se olvidan de Lucero. Le piden y le agradecen permanentemente. Para ellos es un referente.

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