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Santa Fe y Paraná unidas por el espanto 

Conocé el escalofriante relato de un colectivero que une Santa Fe y Paraná. 

Leyendas Urbanas
Santa Fe y Paraná unidas por el espanto

Nuestros amigos de la fanpage Leyendas de Santa Fe suelen compartir inquietantes historias que le ocurrieron a sus seguidores. En este caso, una macabra situación que vivió un chofer de transporte interurbano. 

Gabriel es colectivero de una de las la líneas de media distancia que conectan Santa Fe y Paraná. Las dos capitales provinciales están separadas apenas por un tramo del río. Es mucho lo que comparten y son muy curiosas algunas particularidades de esta “vecindad”. Hemos hablado bastante sobre todo esto en Ser Argentino. Pero nos faltaba una historia como esta, digna de la más perturbadora película de terror. 

En uno de sus viajes invernales cerca del túnel subfluvial, una señora mayor esperaba pacientemente en la parada al ómbibus que conducía Gabriel. La doña estaba con un bolso y abrigada con un gran y pesado saco, tejido con varios tipos de lanas. 

La puerta del colectivo se abre, Gabriel la saluda mientras sube paciente los escalones y, junto con el viento frío que caracteriza esa época del año, se impregna en el ambiente un olor nauseabundo. Esos típicos olores que, aunque no se quiera, penetran todo. 

Aproximadamente los 40 minutos del viaje, los pasajeros tuvieron que soportar el fuerte aroma, la incomodidad y el no saber si decirle algo al respecto a esa ancianita que viajaba junto a ellos. 

Así, la situación se repetía. Ella subía casi todos los viernes con su bolsa de red a cuadros, su viejo tapado de muchas lanas y su espantoso olor. Transcurridos los viajes, el aroma se volvía más y más penetrante. Uno de esos días, el chofer estuvo a punto de comentarle algo a la anciana cuando descendía. Pero desistió de su idea, viendo el rostro humilde mezclado con frío de esa pobre mujer. 

Un misterio que se tiene que develar 

"Quien sabe de dónde viene, siempre sola y con frío, el mismo abrigo; y esa bolsita. ¿La cuidará alguien? ¿Alguien la ayudará a mantenerse limpia?", se preguntaba en voz baja Gabriel, a medida que abría la puerta para descender y desear un buen día a esa misteriosa pasajera. 

Después de varios viernes, la anciana lo esperaba donde siempre. Pero esta vez era domingo. Con su bolso y su curioso abrigo. "¡Ja! —sonrió el colectivero—. Hoy rompió la rutina". 

Fue una jornada cruda, demasiado viento frío que llegaba hasta los huesos. El colectivo iba vacío. Antes de abrir la puerta, Gabriel ya tenía su boca y nariz torpemente tapadas con su camisa, preparado para que su sentido del olfato sufra como todas las semanas.  

"Señora, mil disculpas, pero me cuesta dejarla pasar así. Cada vez que la subo entra con un olor muy fuerte. No sé si será usted, pero tiene que ser esa bolsa que lleva. Si tiene alguna comida en descomposición tiene que tirarla, porque le puede hacer muy mal ...", dijo Gabriel, casi cerrando los ojos por el aroma insoportablemente invasivo. 

La anciana miró unos segundos su bolsa, sin decir una palabra. En realidad, jamás dijo algo. Subía, pagaba su boleto y caminaba despacio al fondo, esté ocupado o no, alguien siempre la dejaba sentar en el último lugar, escapando a la vez de la peste. "Señora, ¿me escucha? ¿Qué tiene en la bolsa?", repitió ya asqueado el colectivero. 

La mujer levantó la vista, se acercó un paso a Gabriel, cuando la puerta del coche terminó de cerrarse. Se acomodó un poco su gran saco viejo y, con sus dos manos, abrió lentamente la bolsa  

Cuando el espanto se apodera de todo 

"¡¿PERO QUÉ HACE!?", fueron las únicas palabras que él pudo coordinar, espantado, casi dando un salto de su lugar al ver -horrorizado- una cabeza humana en notable grado de descomposición descansando en el fondo de la bolsa. La extraña anciana solo miraba su contenido, sin pronunciar nada. 

La puerta del coche volvió a abrirse, dejando entrar el viento frío, mientras la mujer solo veía su bolsa con ojos vacíos, a medida que su cabello y su viejo abrigo se agitaban con el viento. Se dio la vuelta y abandonó lentamente el ómnibus. 

Gabriel estuvo un tiempo sin trabajar, con un obvio shock y profundo estrés. La anciana no fue vista de nuevo. Tampoco se supo quién era, ni de quién fue el desafortunado cuerpo mutilado que paseaba siempre en su bolsa de red a cuadros. 

Fecha de Publicación: 07/05/2021

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