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¿Por qué los flamencos son de ese color?

Cuenta una leyenda tehuelche que los flamencos no siempre fueron rosados. ¿Qué fue lo que pasó?

Leyendas Urbanas
leyenda flamencos

En toda la Argentina, en algunos sitios más que en otros, es común ver a los flamencos en lagunas alejadas, como pensativos o reflexionando. Pero, ¿cuál es su origen?

Estos simpáticos animalitos de color rosado no habrían tenido siempre ese color tan particular, sino que -según cuenta la creencia tehuelche- mucho tiempo antes, eran blancos. Esta historia se remonta a los orígenes mismos del mundo, cuando Kóoch, cansado de la soledad, lloró y suspiró para crear el océano y el viento, y creó también el sol para poder contemplar su obra. 

Desde allí también creó, del otro lado del océano, una tierra nueva: la Patagonia. ¿Y qué tiene que ver con los flamencos? Todavía nada, pero paciencia. Kóoch continuó creando el mundo, y del agua hizo emerger una gran isla, para poblarla con animales: aves, insectos y peces. El sol, las nubes y el viento admiraron su obra y cooperaron para que perduren en el tiempo. 

Satisfecho con su obra, Kóoch se fue a una tierra lejana y, según cuenta la leyenda, todos vivieron en armonía hasta que nacieron los gigantes, hijos de la oscuridad. Uno de ellos, Noshtex, secuestró a la nube Teo y, en una caverna de la que se desconocía la ubicación, engendró un hijo: Elal. El resto de las nubes desataron durante días tormentas que arrasaron con todo. El sol, enterado de lo que sucedía, le contó a Kóoch tras perderse en el horizonte sobre la nube raptada, y este le pidió que divulgara una advertencia: "Te prometo que quien quiera que haya raptado a Teo será castigado. Si ella espera un hijo, ese será más poderoso que su padre".

Todos los animales estuvieron enterados de la advertencia de Kóoch, pero también el gigante, que arrancó a Elal del vientre de su madre -a quien despedazó- y estuvo a punto de matar a su propio hijo, pero una tuco-tuco llamada Ter-Werr, que también había escuchado las palabras del sol, logró rescatarlo y esconderlo antes de que Noshtex notara que no estaba. Lo resguardó y lo puso a salvo.

Los animales decidieron trasladar a Elal a un lugar seguro y recordaron aquella tierra lejana que Kóoch había creado: el objetivo era dejarlo en el cerro que hoy conocemos como el Chaltén.

La historia cuenta que un cisne fue quien trasladó al pequeño, pero habría sido una decisión de emergencia, ya que, así como hay un relato que afirma que el encargado de llevar a Elal al otro lado del océano era el ñandú -que en ese entonces podía volar y tras su demora quedó imposibilitado de seguir haciéndolo-, otros aseguran que era el flamenco quien tenía esa misión.

El piche fue el encargado de convocar al flamenco de la reunión, pero mientras iba camino a encontrarlo vio que un gigante estaba detrás de unas rocas escondido, y tuvo miedo, por lo que comenzó a husmear la tierra buscando raíces hasta que pudo alejarse. 

Finalmente pudo contarle al flamenco lo que ocurría. Enterado de la situación, alzó un rápido vuelo en busca de Elal para llevarlo hacia la Patagonia. Llegó al amanecer hasta donde estaba el niño, pero se encontró con que el cisne ya lo tenía sobre su espalda; había ocupado su lugar. Esto llenó de tristeza al ave.

Fue tan grande la pena del flamenco, que Elal, con gran compasión y también a modo de reconocimiento por su intención, le dio el color del alba.

Aun así, más allá de la compasión y el gesto del niño, el flamenco parece estar siempre apenado, melancólico, reflexivo y solitario en las lagunas de la Patagonia y del resto del país.

Fecha de Publicación: 16/08/2021

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