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La pianista vagabunda (parte 2)

Segunda parte de una triste pero intrigante historia: la pianista vagabunda de Santa Fe.

Leyendas Urbanas
La pianista vagabunda leyenda

En el Hospital Psiquiátrico de Santa Fe, trabajaba una de las vecinas de esas casas de pianos. En un día de sol, en el que llevaron a las internas a caminar por el parque, le pareció verla entre las demás mujeres. No fue fácil reconocerla con ropa sana, limpia y con aspecto tranquilo y descansado. Cuando estuvo segura, acudió a los ficheros que contenían los datos de los pacientes. Así conoció esta historia.

La mujer había nacido en Rosario, pero cuando era pequeña la familia se había mudado a Buenos Aires, para que ella pudiera perfeccionar sus estudios de piano con los mejores maestros. Era una niña muy bella y un prodigio que asombraba a quien la conocía, con su maravillosa destreza en el instrumento. Así transcurrió su infancia y adolescencia, hasta ganar un concurso organizado por el Teatro Colón de Buenos Aires, interpretando "Granada" de la Primera Suite Española de Isaac Albéniz, lo que la consagró como una eximia concertista. Sus actuaciones, cada vez más elogiadas, la llevaron a  compartir escenarios con las principales orquestas del país y del mundo.

Cuando tenía treinta años y parecía que toda su vida estaba encaminada hacia continuar con su carrera artística, conoció a un empleado bancario que amaba la música y se enamoró de ella desde que la vio en un concierto. Comenzó a seguirla donde fuera que actuase, dentro de la ciudad de Buenos Aires y aun a ciudades cercanas y logró que un amigo, integrante de la orquesta del Teatro Colón, los presentase al terminar un ensayo que él había presenciado.

Un cambio demasiado grande

Descubrió así otro amor, el amor por un hombre, y comprendió que no podría seguir su camino sin él. Se casaron y, después de un par de años, tuvieron una hija. Esto significó un gran cambio para la pareja. La práctica del piano quedó algo relegada por la atención a la beba, así como los conciertos, que habían sido suspendidos de antemano hasta la fecha del nacimiento. Al cabo de un tiempo, los contratos comenzaron a llegar nuevamente y a ser considerados por el matrimonio. Elegían según la conveniencia: si eran en la misma ciudad o, en caso contrario, si el lugar y la fecha permitían viajar en familia. Bajo estas condiciones, y aunque la práctica en su casa le demandaba muchas horas, en las que no podía dedicarse a su hija como hubiera deseado, pudo retomar su actividad sin problemas, hasta que la nena comenzó la escuela.

A partir de ese momento, su familia ya no podía acompañarla en los viajes que se hacían cada vez más frecuentes. Entonces, empezó a sentir que no estaba bien en ninguna parte; si se quedaba en Buenos Aires, lamentaba no haber aceptado las propuestas de actuación que había tenido; si viajaba, no podía concentrarse y extrañaba muchísimo temiendo que su hija no la reconociera a su regreso. Esta sensación de llevar dos vidas y no poder con ninguna de ellas fue acrecentándose con el tiempo. Pasaba largas horas, que luego se hicieron días, encerrada en su habitación sin acercarse al piano, solo sosteniendo en sus brazos a su niña y con la mirada extraviada. Otras veces no se acercaba a ella por días enteros, tocando el piano en forma descontrolada, sin comer, higienizarse, ni hablar con nadie.

Triste desenlace

Su esposo consultó con distintos médicos y recorrió con ella clínicas afamadas, buscando en los profesionales una cura para este desequilibrio de su mujer, que ya rayaba en demencia. La situación era cada vez más crítica y se sentía totalmente desorientado por cuanto no se lograba mejoría alguna. En medio de estas consultas y de los tratamientos siempre renovados, la pianista desapareció. Nadie se explica cómo pudo salir de la casa sin ser vista, pero lo hizo sin dejar ningún rastro. La búsqueda desesperada duró meses, toda vez que algún dato indicaba un posible paradero de la mujer. Muchos meses pasaron hasta que alguien que había viajado a Santa Fe contó el curioso caso de una pordiosera que se detenía ante cualquier piano que sonara clamando por la ejecución de una obra de Albéniz y vivía, al parecer, en la calle. Con la descripción recibida, su marido no dudó de que se trataba de ella. Cuando llegó a Santa Fe se dirigió a los organismos de asistencia de la ciudad. La encontraron. Totalmente perdida, vagando por las calles, como buscando reencontrarse con un escenario en el que el piano la invite a recorrer su teclado y retomar su antigua vida.

Al tener que internarla en el Hospital Psiquiátrico, el hombre se instaló en un tradicional hotel, donde  permaneció con su hija, llevando una existencia gris. Visitaba a su mujer los domingos en el hospital, siempre a la espera de que recupere la cordura y poder vivir nuevamente juntos los tres.

Los pianos del barrio continuaron sonando, pero “la loca del piano” había desaparecido, tan misteriosa y repentinamente como se había presentado en el vecindario.

Fecha de Publicación: 30/08/2020

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