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La pianista vagabunda (parte 1)

Triste pero apasionante historia de una pianista vagabunda de Santa Fe. Te la presentamos en dos partes.

En la capital santafesina, hace varios años, era habitual que las casas antiguas, donde se apreciaba la música, tuvieran un piano. Una antigua casa del barrio sur tenía siempre las ventanas abiertas. Era inevitable mirar hacia adentro, donde se veía la sala señorial con un piano de cola y un poncho rojo desplegado como al descuido sobre él; desde su teclado un joven, amigo de los dueños, desgranaba con asombroso virtuosismo melodías propias y de famosos autores.

En la otra cuadra, vivía una profesora que había sido concertista y se dedicaba a dar clases particulares. A toda hora, las interpretaciones de ella o de sus alumnos llegaban nítidamente hasta la calle.

A cien metros de allí, una adolescente, estudiaba en la habitación del frente y quien pasara bajo la ventana podía escuchar sus escalas y acordes repetidos e insistentes para lograr la agilidad requerida por la obra a abordar.

Al llegar a la esquina, apenas cruzando la calle vivía otra profesora que daba clases en su casa y en el Liceo Municipal. Desde afuera se percibían claramente las ejecuciones más variadas.

En la vereda de enfrente, otra niña había logrado una notable calidad interpretativa. Al finalizar sus estudios de conservatorio, se perfeccionaba en Buenos Aires, con un maestro al que acudían jóvenes de la talla de Aldo Antognazzi. La pequeña dedicaba horas a la práctica de obras complejas y bellas, brindando en cada ejecución un concierto.

Casa por medio, en una pensión, un atractivo joven del interior, que estudiaba en el hoy Instituto Superior de Música de la Universidad, era un verdadero artista y el sonido de su piano se colaba por los fondos linderos y deleitaba a los vecinos, quienes lo admiraban.

“¡El Albéniz de Granada!”, “¡El Albéniz de Granada!"

El pedido entraba por las ventanas con un grito desde la calle y se repetía a lo largo de 1° de Mayo, en el tramo que une General López con Juan de Garay, donde el piano era el instrumento dominante. Era absurdo e incomprensible. La obra en cuestión se llama "Granada" y su compositor Isaac Albéniz. Entonces, ¿cómo podía alguien que evidentemente gustaba de escuchar música, confundir el nombre de la obra con el del autor?

De una cuadra a la otra, una mujer andrajosa recorría la calle deteniéndose en cada casa desde la que se escuchara sonar un piano y allí se quedaba, quieta por largo tiempo, solo interrumpiendo su respetuoso silencio para gritar el insólito pedido: “¡El Albéniz de Granada!”. Al principio los dueños de casa salían a la puerta sorprendidos, lo que provocaba la huida hacia otra ventana donde constituirse en audiencia exclusiva. Después de varios meses, ya la gente del lugar se acostumbró a esa presencia extraña, que inspiraba tanta pena como curiosidad, y a la que los más pequeños habían bautizado como “la loca del piano”.

Ella no molestaba ni pedía nada, solo permanecía en esa platea imaginaria supuestamente disfrutando de la música. A veces los vecinos le acercaban alguna ropa o comida que ella no tomaba en el momento, sino cuando quedaba sola en la vereda, entonces, se acercaba, comía en cuclillas y revisaba la ropa que le habían dejado, poniéndose las prendas una sobre otra.

Un día, alguien advirtió que ya no se la veía en las cuadras de siempre. Todos pensaron que habría partido hacia otro barrio en busca de nuevas interpretaciones y poco a poco fueron olvidándola.

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