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La Chica: una estancia que conoció de lujos y de abandonos

Situada entre las localidades bonaerenses de Salto y Chacabuco, La Chica fue una estancia construida en 1874 que supo recibir visitantes ilustres y terminó abandonada y demolida.

Leyendas Urbanas

Dicen que las paredes hablan. Y yo creo que es cierto. Nos cuentan historias de amores, de duelos, de fiestas ampulosas, de épocas doradas y de otras más grises. Pero, cuando las paredes se desmoronan, de esas historias solo nos quedan los escombros. En los campos de la provincia de Buenos Aires, hace mucho tiempo, se alzaba La Chica, una estancia que conoció de lujos y de abandono.

Julio Cleofe Pacheco Reynoso fue el hombre que le dio comienzo a esta historia. Todo empezó cuando conoció a Marcelina Carrera Erbajo y se enamoró perdidamente de ella. Luego se casaron y, durante el tiempo que estuvieron juntos, él intentó cumplir todos sus deseos. Uno de los anhelos de Marcelina era vivir en un palacete que le recordara a España, aunque estuviera en pleno campo bonaerense.

En 1874, se inauguró La Chica, la estancia construida para que Marcelina pudiera criar a los tres hijos que tenía con Pacheco Reynoso y a los cuatro que llegarían luego. En los campos que había heredado de su padre –el general Ángel Pacheco y Concha, héroe de la Independencia–, Julio Cleofe mandó a construir la propiedad en un terreno alto desde donde se pudieran visualizar los cuatros costados y con un mirador de nueve metros para poder detectar la presencia de los indios en caso de que se acercaran. Estaba situada entre las localidades bonaerenses de Salto y Chacabuco.

De estilo neocolonial, La Chica tenía seis amplios ambientes y contaba con detalles de lujo, como aberturas de madera, paredes revestidas de papel tapiz, galerías coronadas con arcos de medio punto, rejas forjadas al remache caliente, luminarias de bronce, sillones estilo Luis XV, porcelana inglesa y alfombras hechas de pieles de jaguar. Sus parques fueron diseñados con una flora variada, con pinos europeos estatuas renacentistas, fuentes y caminos circulares. Además, contaba con jaulas para animales exóticos.

De las luces a las sombras

La familia de Julio Cleofe y Marcelina vivió durante varios años en La Chica, donde nacieron los últimos cuatro hijos del matrimonio. Pero, en 1883, la desgracia llegó por primera vez a la casa, a partir de la muerte de Pacheco Reynoso, quien no llegó a conocer a la séptima hija de la familia. Como si el desconsuelo no fuera suficiente, un año después de su nacimiento, la pequeña también falleció.

En un corto lapso de tiempo, Marcelina se encontró viuda, con seis hijos, con dos duelos de por medio, y aislada en una propiedad que podía ser arrasada por malones de indios en cualquier momento. Decidió poner en venta la estancia, que fue adquirida por la familia Estrugamou.

Los nuevos dueños mantuvieron el esplendor de la casa, donde frecuentemente se llevaban a cabo tertulias y también tuvieron lugar los festejos sociales del centenario de la patria. Luego, la propiedad se convirtió en una escuela para 15 estudiantes, hasta que finalmente quedó abandonada a su propia suerte.

El tiempo que siguió, La Chica formó parte de una suerte de turismo rural underground y fue visitada por runners, grafiteros, espiritistas, motoqueros, ciclistas y personas curiosas por conocer las ruinas de lo que había sido todo progreso en sus buenas épocas. Pero no fueron los únicos que se acercaron al lugar, también sufrió vandalismo y muchos de sus detalles de lujo fueron desapareciendo: las rejas, las molduras neocoloniales, la escalera caracol, las aberturas de madera.

Finalmente, hace pocos meses, los actuales dueños de los campos en los que se emplazaba la estancia decidieron demolerla, porque corría peligro de derrumbe. Como se trataba de una propiedad privada, desde el Municipio de Salto no pudieron hacer nada. Hoy, lo que fue lujo y alegría es solo escombros. Quedarán La Chica y sus historias en el boca en boca y en las fotos que dan testimonio de aquellos tiempos mejores.

Fecha de Publicación: 10/10/2021

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