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Kospi, Karut, y las flores

Una leyenda tehuelche cuenta cómo fue el origen de las flores.

¿Sabías que antes las plantas no tenían flores? Todo se reducía a su tallo y las ramas, pero sin nada más. Hoy sería impensado imaginar un mundo sin flores, pero hay que remontarse mucho tiempo atrás para llegar a aquellos días en que las flores no existían.

Cuentan los tehuelches que las ganas de una bella joven que sintió la necesidad de recibir la luz del sol fue lo que dio lugar al nacimiento de las flores. Pero ¿qué fue lo que pasó para ese desenlace?

El dios del trueno, una niña y el origen de las flores

Cuenta la leyenda que, en las tierras de la Patagonia, vivía Kospi, una niña tehuelche de ojos negros y cabello suave, también oscuro y una sonrisa tímida pero alegre. El día que llegó una gran tormenta en donde habitaba la tribu que integraba Kospi, cuando un relámpago iluminó el cielo, Karut, el dios del trueno -aunque otros lo consideraban el señor de las montañas-, pudo contemplar la belleza de la niña, que asomaba con algo de temor desde el toldo de sus padres cómo caía la lluvia.

A pesar de su actitud tosca y bruta, Karut se enamoró perdidamente de Kospi y, con el temor de ser rechazado por la niña, decidió raptarla y huir, retumbando sobre el cielo para desaparecer de la vista de los padres de la muchacha, que estaban aterrados.

El trueno eligió una cumbre alta y nevada para esconder a la niña. Llevó a Kospi hasta el fondo de un glaciar. Allí, la niña gritaba, pedía ayuda, clamaba que alguien la rescatara, pero nadie podía oírla, estaba en un lugar inalcanzable por el resto de los humanos. Fue por ello que, invadida por el dolor y la pena, comenzó a enfriarse hasta convertirse en un témpano de hielo y confundirse con el inmenso glaciar.

Tiempo después, Karut quiso visitar a la muchacha tehuelche. Grande fue su sorpresa cuando no la encontró y, luego de buscarla y no tener éxito, se enfureció y comenzó a lanzar bramidos de desesperación. Todo ese escándalo del trueno atrajo a las nubes y eso derivó en una lluvia sobre el glaciar que, al sentir el agua, comenzó a derretirse.

De ese modo, Kospi comenzó a transformarse en agua y emprendió el escape de la alta y nevada cordillera montaña abajo en un impetuoso corriente. Luego, la muchacha se deslizó por los valles y empapó la tierra.

Cuando llegó la primavera, sintió la necesidad de ver la luz del sol y contemplar las estrellas mientras la brisa patagónica la acariciaba. Fue así que comenzó a trepar las plantas desde la raíz por el tallo, hasta poder asomar su cabeza en forma de flor, a la que los tehuelches llamaron "kospi".

Dicen que así nacieron las hermosas flores con pétalos amarillos del calafate, las anaranjadas de la mutisia, las rojizas del chilco -que también tiene su propia historia-, las brillosas de la zapatita de la virgen, todas las flores que nacen en las plantas que habitan en el extenso territorio de la Patagonia.

Y así es, según cuentan los tehuelches, que de a poco la Patagonia se fue poblando con distintas especies que, con sus aromas y colores, le agregan belleza a esa región que ya de por sí es hermosa y única de norte a sur y del mar a la Cordillera.

¿Qué fue de Karut? No se sabe. Del dios del trueno solo se escuchó hasta que su desesperación llamó a las nubes que hicieron que llueva. ¿Será que cada vez que escuchamos al trueno tronar estamos oyendo su lamento por el escape de Kospi?

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