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El tesoro de los jesuitas, parte 2

Segunda parte de esta misteriosa historia. ¿Los curas escondieron un tesoro antes de ser expulsados de Santa Fe?

Habían pasado casi ochenta años desde la expulsión de los jesuitas cuando, en 1858, dos jóvenes suizos llegaron a Santa Fe. Se presentaron al sacerdote encargado de la administración del convento de la Merced y le contaron una rara historia. Cuando la persecución de los jesuitas (dijeron), el superior del convento de Santa Fe se refugió en casa de el abuelo de ambos jóvenes. Allí murió dejando solo algunos papeles que quedaron en un cofre. Nadie les dio importancia. Murió el abuelo también y los papeles continuaron en el polvo de un granero. Creyéndolos documentos de familia, ambos jóvenes los leyeron por casualidad un día y, con gran sorpresa, hallaron indicaciones precisas para reconocer, mediante una serie de signos misteriosos, los escondrijos en que se hallaban guardados en el convento de la Merced, de Santa Fe, las joyas, el oro, la plata y las piedras preciosas de los jesuitas.

Propusieron al administrador del convento comenzar la búsqueda del tesoro, a condición de partir por mitades lo que descubrieran. Pidieron, además, que mientras se les daba la respuesta, se los dejara un rato solos en la sacristía. El sacerdote accedió, pero los hizo espiar por un clérigo. Después de contar pasos, medir distancias y fijarse mucho en un papel que extrajeron, los jóvenes descascararon parte del revoque de la pared, en varios sitios, dejando al descubierto signos raros, cruces, círculos, etc. Luego cubrieron nuevamente lo descubierto con un poco de yeso que habían llevado. Advertido esto, se denegó a los jóvenes el permiso solicitado. Fue inútil cuanto hicieron para que se les permitiera iniciar la búsqueda. Al poco tiempo desaparecieron de Santa Fe.

Misterios sin resolver

Los dos sacerdotes que estaban en el secreto iniciaron la búsqueda del tesoro de los jesuitas. Golpearon paredes, levantaron losas, rompieron el revoque, hurgaron por todas partes. Encontraron muchos signos raros, cerca de cincuenta. Cifras enigmáticas, círculos, muchas cruces, y hasta una ollita con un pergamino escrito con tinta invisible, de esas que aparecen al acercarlas al fuego o al rociarlas con vinagre. En fin, todo lo que hicieron los curas por descifrar las señales y encontrar una pista fue inútil. Se cansaron de buscar

Al poco tiempo se secó el pozo del gran patio conventual. Presumiendo que se trataba de algún obstáculo subterráneo llamaron a un albañil. El hombre bajó y revisó. Encontró el acceso a lo que parecía un túnel.

Varios aventureros más fueron llegando y, con diversas artimañas, se las ingeniaban para revisar el predio en búsqueda del anhelado tesoro. Nadie encontró nada más que misteriosos indicios.

En 1836, los jesuitas volvieron a Argentina y retomaron posesión de algunos de sus templos y colegios. Entre ellos, este símbolo de Santa Fe que hoy conocemos como Santuario Nuestra Señora de los Milagros y Colegio de la Inmaculada Concepción. Una de sus primeras ocupaciones no fue buscar el fantástico tesoro, sino tapar los innumerables agujeros que en los pisos y en las paredes habían abierto los ingenuos buscadores.

Hoy, miles de chicos (es de los pocos establecimientos educativos que mantiene la educación solo para varones) asisten a diario al Colegio Inmaculada. Muchas otras personas visitan el tradicional santuario contiguo. Cada tanto, alguien pregunta por el supuesto tesoro de los jesuitas. Ante la consulta, los curas solo sonríen.

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