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El santo bandido de General Alvear

Fue uno en vida y otro después. Indeseado como vecino de Alvear, por sus robos y asesinatos. Pero este bandido fue venerado después de la muerte.

Leyendas Urbanas
General Alvear

Juan Bautista Bairoletto nació el 11 de noviembre de 1894 en la localidad de San José, provincia de Santa Fe, hijo de inmigrantes italianos. Murió el 14 de septiembre de 1941, abatido por las balas de la policía en un operativo que pretendió capturarlo en su rancho guarida de General Alvear. Aunque algunos afirman que, en realidad, ante la arremetida de la fuerza policial, el bandido no quiso perder y decidió quitarse la vida, antes que ser capturado.

Bairoletto las hizo todas. Fue juez y verdugo. Fue día y noche. Luz y oscuridad. Tan bueno para algunos como tan malo para otros. Claro que, al tratarse de una época añeja, son pocos los registros documentales que han quedado de su existencia. Gran parte de su obra se basa en relatos de autoridades, funcionarios y vecinos. Así se construye la historia, en definitiva. Si hemos creído tantas otras cosas, por qué no creer en la historia de vida de Bairoletto.

También conocido como “El Pampeano”, integra la lista de los míticos bandidos rurales. Tuvo un abultado prontuario policial que lo convirtió primero en delincuente y luego en leyenda. Aún hoy, en General Alvear, al sur de Mendoza, están quienes creen ver su ánima vagando por los campos.

Vasto prontuario

Su bautismo como bandido lo tuvo en un bar de La Pampa. Allí se enfrentó, por un tema de polleras, a un policía. Dos balas salieron de su arma. Una dio en el reloj de la pared que, dicen, quedó clavado en la 1.30. La otra dio en el cuello del policía, y acabó con su vida.

Después, se sucederían otros delitos hasta acumular 35 robos caratulados, más hurtos, disparos de armas, lesiones, atentados contra la autoridad y otros 7 homicidios. Por sus andanzas movilizaría a la policía de La Pampa, Mendoza, San Luis, Río Negro y Neuquén.

Tan famosos se hizo que, en ocasiones, vecinos de distintas provincias aseguraban haberlo visto, al mismo tiempo, desesperados por ser testigos de la presencia del bandido. No era un ladrón más: ultraveloz con las armas, insuperable si se trataba del Winchester o del Máuser recortado. También era un eximio jinete. Se dice que saltaba a caballo los alambrados que los policías debían cortar para pasar. Era muy hábil para burlar la persecución policial, capaz de ser él mismo, caracterizado, quien señalaba a la autoridad por dónde había escapado el malhechor.

Pero, sobre todo, se le adjudicaba quizás la principal cualidad que llevaría a tejer la leyenda: que robaba a los ricos para repartir entre los pobres. El Robin Hood de las pampas. Los más favorecidos eran los puesteros de los campos. Por eso, eran sus protectores mudos, incondicionales y con un caballo siempre reservado para asistirlo en la huida, además de un plato de comida, yerba y tabaco.

Características de un malhechor

De 1,68 de altura, delgado, piel blanca curtida por el sol, ojos verdes, barba rala, buen bailarín y guitarrero. Bairoletto, Vairoleto, Varuleto, Viruleto, son algunos de los nombres que refieren a la misma persona. Aunque nunca apareció como Viroletti, que sería, en realidad, su apellido paterno en la partida de nacimiento. También fue El Pampeano, Luis Firulete, José Ortega o Francisco Bravo, según la necesidad.

Según la versión popular, en la madrugada del 14 de septiembre una comisión policial rodeó el rancho e inmovilizó al peón que dormía en una piecita contigua. Bairoletto olió el final cuando lo despertó el ladrido de los perros. Salió del rancho a punta de pistola y a un costado, en medio de la oscuridad, se habría descerrajado un disparo en la boca. Los testigos fueron la viuda, los policías y el Cerro Nevado. No hubo autopsia y la montaña guarda la verdad inobjetable bajo la capa de nieve eterna.

Al morir, Juan Bautista Bairoletto era tan pobre como popular. La viuda no tenía ni para el sepelio. Le prestaron la sala velatoria que no dio abasto para recibir a los miles de curiosos que hicieron cola para conocerle la cara.

La tumba, en el cementerio de General Alvear, se convirtió en un altar pagano. Siempre con flores que se van renovando, hay ofrendas de todo tipo: desde ropa de adulto y niños, herramientas de campo, mechones de pelo trenzado hasta carpetas de apuntes de estudiantes.

El bandido que nunca se fue

Puesteros y habitantes del campo pampeano, que integra el departamento de General Alvear, aseguran que el espíritu de Bairoletto habita, todavía, esas tierras. Afirman verlo por las noches, escucharlo cargar sus armas y hasta tocar sus puertas. Pero, lejos de atemorizarse, se sienten protegidos porque, en vida, eso fue lo que hizo el bandido, proteger a los más necesitados.

Fecha de Publicación: 23/11/2020

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