Chispeando en la oscuridad las vemos circular. El aroma del césped, el cielo estrellado y una bioluminiscencia que encandila. Para encontrarlas simplemente tenemos que alejarnos del tumulto de la ciudad y dirigirnos hacia algún lugar sumergido en la naturaleza. Esta es la leyenda de los isondúes, que habla sobre la creación de las luciérnagas o bichitos de luz. Unos pequeños y particulares insectos que hipnotizan a los niños y aún conquistan a los grandes.
Y vamos a estar brillando en la oscuridad
De la misma familia que los escarabajos, las luciérnagas llaman la atención de cualquier ser humano por la belleza que las rodea. De sus cuerpos se desprende un fenómeno que, por más que tenga explicación científica, siempre nos va a resultar mágico. Cuando las tenemos revoloteando alrededor nuestro es imposible no girar en el lugar para no quitarles la mirada. De hecho, su capacidad de generar luz ha hecho que se las relacione con la mitología. Son muchos los países que tienen historias que hablan de ellas. Lo hacen a modo de símbolo de un futuro desastre o de buena fortuna. Y la tradición guaraní nos la presenta con una profunda narración que, como nos tiene acostumbrados, no decepciona.
Del calor y la compañía
La leyenda de las luciérnagas comienza con Tupá, el dios supremo de los guaraníes. Cuentan que él fue el encargado de crear a los hombres y que quiso que tuvieran lo necesario para sobrevivir. Por eso, les regaló el fuego para que se calentaran durante las noches heladas. A partir de allí, los hombres empezaron a vivir en armonía y se reunían cordialmente a la luz de las fogatas. Mientras tanto, hablaban y compartían experiencias, cuentos y risas. Hasta que un día Añá, el espíritu del mal, estaba caminando por esas tierras y se encontró con ellos mientras festejaban alegremente. En aquel momento, su oscuro corazón quedó lleno de envidia puesto que esperaba ver a los sujetos sufriendo a causa del frío.
En cambio, los encontró riendo y charlando en paz, sin motivo para discutir o pelear. Por lo que, con mucha furia, decidió apagar el fuego que juntaba a los hombres. Lo hizo transformándose en viento y arremetiendo contra las fogatas, apagándolas una a una. Las chispas saltaban y volaban de acá para allá, y Añá las perseguía tratando que no quedase ningún rastro de calor. Los hombres se quedaron petrificados a causa del miedo y de la sorpresa del viento nocturno. Todo parecía favorecer las crueles intenciones del mal, pero Tupá estaba viendo lo que pasaba.
Chispas de salvación
El dios decidió engañar al espíritu maligno y convirtió las chispas que perseguía en pequeños insectos. Los llamó isondúes y les dio el poder de prenderse y apagarse fugazmente. Añá no tomó conciencia del cambió y continuó soplando detrás de los bichitos. Sin embargo, estos fueron alejándose con sus luces intermitentes y diseminándose por los montes. Paralelamente, Tupá volvió al lugar donde estaban reunidos los guaraníes. Ahí, les enseñó a reavivar el fuego a partir de las brasas que aún permanecían encendidas. Así fue como nacieron las luciérnagas o bichitos de luz. Las cuales todavía andan de acá para allá mostrando su esplendor en intervalos. Y ojalá sigan haciéndolo durante la eternidad.
Argentina, más específicamente de tierras litoraleñas. Nací en Entre Ríos y soy Comunicadora Social. Me especializo en la redacción en todas sus formas e intento crear imágenes mentales a través de las palabras. Melómana y apasionada de la semiótica por las miradas que nos aportan del mundo. La curiosidad siempre me mantiene en movimiento.