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El ermitaño y la Virgen

El culto a la Virgen de Guadalupe fue, en gran medida, generado por un ermitaño que desapareció misteriosamente. Te contamos su historia.

Les voy a contar lo poco que se sabe en Santa Fe sobre el ermitaño Francisco Javier de la Rosa, responsable de la edificación de la primera capilla destinada a la Virgen de Guadalupe. Digo que se sabe poco porque su origen es confuso y su desaparición misteriosa. El pequeño oratorio que levantó es hoy la Basílica que centraliza la fe católica del pueblo santafesino.

Javier de la Rosa, hoy, lleva una calle, que es la de la entrada principal de la Basílica y una referencia en el barrio de Guadalupe, uno de los más lindos de Santa Fe. Pero poco más que eso hay en la ciudad sobre este misterioso ermitaño. Según los investigadores, era una persona de marcado perfil espiritual. Para algunos, tenía dones especiales, por haber levantado una construcción original con sus propias manos, a la vez de haber confeccionado campanas y escrito textos religiosos con profundos recursos retóricos. Se conserva un ejemplar que constituye el primer libro que cualquier persona haya escrito en Santa Fe.

El origen de una devoción

El culto santafesino por la Virgen de Guadalupe nació en 1747, cuando un sacerdote encontró en la biblioteca de su convento una lámina de la madre de Cristo que se veneraba en México y la trasladó hacia un oratorio de la Virgen de las Mercedes. El templo, ubicado en lo que hoy es el barrio que lleva el mismo nombre que la Virgen, congrega a miles de peregrinos, en lo que representa la principal fiesta litúrgica de Nuestra Señora de Guadalupe.

El espacio original estaba ubicado unos cinco kilómetros al norte de la ciudad, en tierras de la familia Setúbal que, al igual que los santafesinos de mediados del siglo XVIII, veneraban a la Virgen de las Mercedes, ya que creían que los protegía.
En 1773 aparece, prácticamente de la nada, la figura de Francisco Javier De la Rosa.  El ermitaño encontró en el oratorio mercedario un lugar propicio para la meditación. De a poco, le fue naciendo el deseo de levantar otro oratorio, ya que el original estaba prácticamente en ruinas, y decidió dedicarlo a la Virgen de Guadalupe.

El ermitaño erigió la nueva capilla con sus propias manos y, en una de las baldosas, dejó esta inscripción: "La Virgen la ha levantado con su divino poder, venciendo dificultades del triste Lucifer, las que hizo desvanecer. La capilla se empezó el día 4 de octubre, año de 1779".

¿Enviado de Dios?

En 1794, por alguna razón no muy definida, el ermitaño se fue para siempre de Santa Fe. Algunos afirman que lo reclamaban en Corrientes, por su habilidad para hacer campanas, oficio que muy pocas personas tenían. Otros dicen que fue en Paraguay donde desapareció de este mundo.

El investigador Gustavo Vittori define al ermitaño "un amplio conocedor de la iconografía cristiana, con aptitudes que escaseaban en una tierra dominada por el analfabetismo. Reunía las condiciones necesarias para poner en marcha un fenómeno religioso que habría de crecer con el tiempo".

La hagiografía Soledades de la vida y retiro penitente por amor a la virtud y menosprecio del mundo, que el ermitaño Francisco Javier de la Rosa fechó en el año 1775, está ilustrada con magníficos treinta dibujos acuarelados. El texto abunda en virtuosismos estilísticos e imaginativos. El desierto, la penitencia, la cueva, la oración, los rayos celestiales, las aureolas y, por el otro lado, el demonio, las bestias, las tentaciones.

No fue hasta más de un siglo después, en 1889, que se creó la diócesis de Santa Fe. Juan Agustín Boneo, el obispo de ese entonces, propone ante la Santa Sede que la Virgen de Guadalupe sea la patrona y titular de la ciudad, teniendo en cuenta la devoción que el pueblo santafesino le profesaba. Y, atendiendo esa solicitud, es que el 27 de junio de 1889 el papa León XIII proclamó a la Virgen de Guadalupe como patrona y titular de la Diócesis de Santa Fe.

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