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Edificio Kavanagh, ¿obra de una venganza?

Uno de los mitos urbanos de la Ciudad de Buenos Aires habla del edificio Kavanagh, que habría sido mandado a construir por despecho. Te contamos la historia de su creadora, Corina Kavanagh.

Buenos Aires está llena de misterios, mitos e historias de amores prohibidos. Están en cada rincón, en cada plaza, en cada ventana. La arquitectura de la ciudad nos cuenta cuentos del pasado, que quedaron adheridos a sus paredes y a sus cimientos. Hoy queremos contarte la historia del edificio Kavanagh, uno de los más icónicos, que esconde una leyenda de amor y venganza.

La protagonista de esta historia es Corina Kavanagh, una mujer que nació a finales del siglo XIX y que transitó su vida entre matrimonios sin amor, mucha riqueza y romances truncos. A sus 22 años, conoció a su primer marido, un hombre mucho mayor que ella con quien su familia arregló la boda. Quizás Corina no haya obtenido amor de ese lazo, y tampoco tuvo hijos (ni con este ni con los dos maridos que se siguieron), pero le dio una vida de lujos, joyas, ropa de diseño y viajes que jamás podría haber soñado. Cuando enviudó, heredó una fortuna con la cual construiría esa joya arquitectónica que le dejó de legado a Buenos Aires.

Un edificio único en su época

Según afirman sus biógrafos, el interés de Corina por invertir en un negocio inmobiliario nació a raíz de la Crisis del 29, cuando quebró la bolsa de Nueva York. En ese contexto, las familias más ricas del mundo tuvieron también ellas que ajustarse el cinturón. Sin saber nada sobre bienes raíces, Corina se lanzó de lleno a este emprendimiento, en un rubro que era manejado únicamente por hombres. Para financiar su proyecto, debió vender tres estancias que poseía en Venado Tuerto.

Para la construcción, contrató al prestigioso estudio Sánchez, Lagos y de la Torre, que llevó adelante una obra sin precedentes en el país. El Kavanagh fue el primer edificio de renta en altura de la ciudad y se convirtió en el rascacielos de hormigón más alto que tuvo la Argentina y América del Sur a principios del siglo pasado. Además, estaba construido con materias primas de la mejor calidad y con detalles tecnológicos nunca antes vistos, como el primer sistema de aire acondicionado.

Corina quería que el edificio fuera aquel lugar donde todos soñaran vivir. Y no escatimó en los detalles de lujo, como pisos vinílicos en linóleum, cocinas equipadas con artefactos importados y confeccionadas con revestimientos de acero inoxidable, muebles en chapa pintados al Duco y baños de mármol. En 1999, el edificio fue declarado Monumento Histórico Nacional.

 

 

La leyenda de la venganza de Corina

Pero claro: Corina era mujer. Y una mujer no puede ser simplemente una precursora y una persona hábil para los negocios. Si mandó a construir semejante obra, seguro que algo sentimental debería haber por detrás. Y fue así como nació el mito: no importa la impronta que su obra dejó en la ciudad ni el avance que supuso para la época, Corina construyó el Kavanagh —supuestamente— por despecho. Sí, porque no pudo tener al hombre que quería.

La historia dice que, a su primer marido, le siguieron dos más, ambas relaciones tan poco exitosas como la primera: el segundo terminó siendo un gigoló; el tercero era bisexual, y ella estaba al tanto de la situación. En el medio, tuvo romances más o menos blanqueados, pero siempre conocidos. Uno de ellos —dicen— fue con Aaron Anchorena, uno de los solteros más codiciados de la época. La leyenda cuenta que la madre de Aaron, doña Mercedes de Anchorena, no aceptaba un matrimonio entre su hijo y Corina porque ella, a pesar de tener un excelente pasar económico, no provenía de una familia patricia.

Y así comienza el mito que afirma que Corina, por despecho, habría mandado a construir el edificio solo para molestar a la que hubiese sido su suegra. Con su altura, el Kavanagh tapaba la vista que tenía la familia Anchorena desde su casa (el actual Palacio San Martín) hacia la Basílica del Santísimo Sacramento, que había sido construida a partir de una donación de los Anchorena para convertirse en el sepulcro de la familia. Sin embargo, la historia se deshace al instante con solo mirar un par de fechas: Mercedes de Anchorena murió en 1920 y el Kavanagh se inauguró recién en 1936.

Quedémonos, entonces, con lo que vale la pena de esta historia: una mujer precursora en su época, que no les tenia miedo a los riesgos, y le legó a su ciudad un edificio que, aún hoy, sorprende a quien pase por delante.

 

Imágenes: Turismo Buenos Aires

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