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¿Cómo es la solapa?

La solapa es un personaje legendario del interior argentino. Pero no es igual en Santa Fe, Entre Ríos o Corrientes.

“No salgas a la siesta, que te va a agarrar la solapa”. La frase de las madres, en los mediodías de verano santafesino, ya no suele escucharse tanto. Pero antes era moneda corriente. Es que, de a poco, las costumbres de la ciudad se van pareciendo a las de las principales ciudades grandes argentinas. En las urbes, la siesta ya no tiene ese carácter tan sagrado y silencioso que tenía en otros tiempos.

Antes de decidirme a escribir esta nota sobre la leyenda de la solapa, hice la correspondiente investigación. Me sorprendió que mis colegas de otras provincias no la hayan presentado antes, siendo que este misterioso ser es típico de más de un rincón de nuestra Argentina. Sí te contaron de un interesante cortometraje basado en la leyenda, que fue presentado en el exterior.

La solapa es un mito popular que tiene distintas representaciones. El cantautor entrerriano Santos Tala la describe como “toda vestida de blanco… Con su sombrero grandote”. En Nogoyá se la ha caracterizado como una especie de águila que atrapa y se lleva a los niños que encuentra solos, especialmente en los días de verano. En otras partes del litoral argentino se la ha descrito como una vieja vestida de negro y con una bolsa de leña cargada.

En Santa Fe conviven dos versiones. Una es la mencionada figura de blanco. Pero también se la encuentra bajo la forma de un duende pequeño, tiene la altura de una bola y piel de color amarillo intenso.

Algo en común en todos los relatos

Un amigo de la infancia me contaba la terrorífica historia que le había relatado su propio padre. Decía que, una vez, había tenido la oportunidad, al salir sin permiso en hora de la siesta, de ver a la solapa doblar la esquina en dirección a él. Decía que no le daban los pies para volver sobre sus pasos y encerrarse en su casa. Aunque su nombre aluda a una entidad femenina, la descripción paciente y detallista dibujaba en la mente la imagen de un hombre avejentado, de barba larga de color ceniza y descuidada. De tranco dificultoso, arrastraba sobre su espalda una bolsa de tela sucia donde llevaba el botín de los niños secuestrados. Esta solapa vendría a ser una versión nuestra del mundialmente conocido viejo de la bolsa.

El denominador común de todas las versiones de la solapa tiene que ver con una transgresión: salir de casa a la siesta, momento del verano en que todos deberíamos quedarnos a descansar. Así, en la Argentina calurosa, este duende suele atemorizar a los niños que, amparados en la impunidad de la tradicional siesta, particularmente en el verano, salen al campo a hacer de las suyas. Cazar pájaros con la honda, pescar o zambullirse en algún arroyo con todos los riesgos que implica, sumado al sol implacable de la primera tarde veraniega.

El miedo como protección

De alguna manera, el mito se crea como una forma de proteger a los chicos de estos incidentes.

En la Edad Media se asustaba a los niños con historias que sucedían en los bosques. El miedo a lo que podía ocurrir más allá de los límites era un temor basado tanto en elementos reales, como los asaltos y las diversas guerrillas de la época, como imaginarios. Se mezclaba mitología y religión. Era otra manera de control social. De ese miedo, real o imaginario, los protegía el señor feudal, el mandamás del pueblo, a cambio de la correspondiente cuota de impuestos en granos, comida, producción o monedas de oro o plata.

¿Cuántas leyendas que giran en torno al peligro que implica la aventura o al castigo por salirse del perímetro y que provienen de la Europa antigua han sido plasmadas en relatos infantiles hasta convertirse en cuentos clásicos de la literatura universal? Caperucita Roja y Hansel y Gretel son los ejemplos que brotan de modo automático.

La solapa no es santafesina. Es tan argentina como el mate. Desde Santa Fe quisimos recordarla como algo que extrañamos. Sí. Se extrañan esas siestas en las que los grandes dormían y los chicos hacíamos travesuras en las tranquilas calles de la ciudad. ¡Volvé, solapa! ¡Te perdonamos!

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