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Chañares de la india muerta

Ese es el nombre que recibe un páramo ubicado a pocos kilómetros de Tunuyán, en Mendoza. Esta es la historia de la india muerta.

Antes de contar la triste historia de la pequeña india muerta, es importante poner en contexto el relato y dar a conocer algunas costumbres de la época. Hablamos de mediadios del siglo XVI.  El clima, las tribus enemigas y conseguir alimentos eran solo algunas de las cosas con las que había que lidiar a diario. En Mendoza, los huarpes ocuparon casi toda la extensión de nuestro territorio, desde el norte hasta el sur. Los asentamientos se ubicaban cerca de cursos de agua, lo que les permitía ejercer una agricultura rudimentaria de maíz, zapallo y mate.

La alimentación se complementaba, en menor medida, con la recolección de frutos, huevos y raíces o pesca en las lagunas de Huanacache, y caza de guanacos, liebres, ñandúes y viscachas, en el pedemonte y la Cordillera.

La historia de la india muerta

Una joven muchacha llamada Macia fue comprada a su familia por unos pocos cueros de animales, motivo por el cual debió viajar desde las lejanas tierras del norte, hasta el Valle de Uco, donde se desposó con un joven huarpe. Tras la tan ansiada unión, se fueron a vivir a un pequeño ranchito de pirca, cercano al arroyo Grande. La nueva vida le traía felicidad, asombro, nuevos hábitos y vecinos, a los que no sin dificultad se adaptaba de a poco.

Una mañana, como todas las otras, se internó en el pedemonte para recolectar frutos de chañar para hacer arrope, leña para avivar el fuego y hierbas que les aportarían a sus comidas los aromas que atesoraba de su lejano hogar.

Ese día en particular, se demoró más de lo acostumbrado. El rumor del arroyo Grande la había embelesado, con el relato infinito del agua cristalina, que corría sin destino cierto, portando confidencias de la nieve. Con cierta pereza llenó sus cacharros de agua, para emprender el regreso. No había dado unos pasos aún, cuando espesas columnas de humo que se elevaban sobre el horizonte, en dirección a su hogar, le llamaron poderosamente la atención. Las vasijas se le deslizaron entre los dedos, estrellándose contra el suelo y sus pasos comenzaron a acelerarse, en una carrera que competía, literalmente, con los latidos del corazón.

A medida que se acercaba, el humo, el olor a quemado y el griterío se hacían más intensos e incesantes. Una niña, que estaba acurrucada tras un arbusto de jarilla, la llamó entre sollozos. Le advirtió que estaban siendo atacados por un grupo de salvajes que venían del sur, y mataban sin piedad a los hombres, para llevarse cautivas a las mujeres y niños.

Presa del terror, Macia emprendió la huida con el firme propósito de no dejarse atrapar. Las espinas, el frío, los golpes y las piedras, castigaron sin piedad su delgada contextura, pero no lograron detenerla.

Al anochecer se guareció en un pequeño bosque de chañares, pidiéndole protección al dios Hunuc Huar, para que disipara la horrible pesadilla vivida. La noche fría y la larga espera se fueron adueñando de su alma. Cuando amaneció, el cuerpo de la joven yacía inerte, rodeado por unos pocos chañares que la acompañan desde ese entonces, dándole el nombre al lugar.

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