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Brujas en el dique

El dique Valle de Uco es uno de los menos explotados turísticamente. Sin embargo, cobró fama y respeto por una oscura anécdota que atesoran sus bosques.

Leyendas Urbanas
 dique Valle de Uco

Ir al dique a comer un asado es una típica práctica mendocina y, seguramente, de la mayoría de los argentinos. Carne, bebidas, mesita, banquitos, pan, ensaladas y todo lo necesario para pasar un día en familia o entre amigos. Eso es lo que se carga en el auto y se parte desde la mañana, temprano, hasta la noche. Sin embargo, los protagonistas de esta historia decidieron estirar un poco más la estadía y, a los elementos mencionados, les sumaron la carpa, para pernoctar en la naturaleza. Pero nunca se preguntaron ¿por qué nadie pasa la noche en este bosque? La respuesta, seguidamente.

Un finde entre amigos

Un grupo de jóvenes mendocinos decidió ir a pasar una noche al dique Valle de Uco. Se trata de un espejo de agua que cumple funciones netamente energéticas y está poco explotado a nivel turístico. Sin embargo, está rodeado por un bosque de pinos muy pintoresco. Hasta allí llegaron los adolescentes mendocinos en busca de pasar un grato momento entre amigos. Al llegar les llamó la atención el hecho de ser los únicos en la zona. No había absolutamente nadie a su alrededor. Como eran las últimas horas de la tarde, pensaron que quienes habían ido por el día ya se habían retirado.

También al llegar advirtieron que se habían olvidado de llevar linternas o un foco portátil. Por eso decidieron ubicarse en una zona un poco más libre de tantos pinos, así la luna los proveería de un poco de luz. Descargaron todo y armaron el fuego. Las anécdotas y los chistes corrían a la par de los vasos de fernet. La carne fue a parar a la parrilla y la noche era perfecta. Ya con algunos bocados en la panza y varios centímetros cúbicos de fernet consumidos, uno de los jóvenes sintió ganas de hacer sus necesidades y se alejó un poco, hasta el tronco de uno de los pinos.

Todo era risas y carcajadas. Comenzó a orinar mientras se reía de un chiste que escuchaba, a lo lejos, de sus amigos. Cuando, de repente, la sonrisa de su rostro desapareció. Sus cejas se arquearon y su boca quedo abierta de par en par. Comenzó a escuchar fuertes ruidos de ramas y hojas que se agitaban y crujían. Miró hacia arriba y una piña se desprendió del pino y le pegó en la frente. Esquivando los proyectiles logró ver un rostro perdido entre las ramas y la oscuridad. Un rostro demacrado, huesudo, con nariz larga y mentón prominente. Desde allí llegaban las carcajadas. Macabras carcajadas.

El joven se dio la vuelta y empezó a correr, con los pantalones a medio levantar, como podía. Le faltaba el aire. Daba pasos rápidos y largos, pero la fogata y el grupo de amigos estaban cada vez más lejos. Finalmente llegó. Transpirado y ahogado. Sus amigos dejaron de reír y de contar anécdotas. Lo miraron y se preocuparon. Al cabo de unos segundos, logró contarles lo que había vivido. Ninguno le creyó. Acusaban al alcohol como responsable de la imaginación de su amigo. Pero una piña golpeó el rostro de uno. Miró hacia arriba, y le cayó otra. De repente, era como una lluvia de piñas. Evidentemente, el joven no mentía.

No les alcanzaban las manos a los chicos para subir las cosas al auto y partir. Finalmente, subieron y tomaron el camino hacia la ruta principal. Mientras tanto, al costado y a lo lejos, se veía una enorme fogata de 2 metros de alto con 5 personas alrededor. Giraban como danzando en torno al fuego. Miraban hacia arriba y luego hacia abajo. Vestían túnicas con capuchas en punta. Eran brujas. Llegaron a la ruta principal y fueron a parar al primer hotel de San Carlos. Estaban atónitos. El conserje los recibió y les contó la historia.

Brujas enojadas

Los jóvenes supieron que las brujas que habían visto eran 5 hermanas que habitaron el bosque hace más de medio siglo. Vivían todas juntas en una casa, sin hacerle mal a nadie. Sin embargo, un grupo de adolescentes las visitó un día para hacerles daño, porque eso les generaba diversión. Las pobres mujeres fueron sometidas y agredidas. A uno de los muchachos se le pasó la mano con el chiste y “sin querer” atropelló a una de las mujeres cuando se escapaban del lugar. Las otras 4 hermanas no soportaron el dolor y se suicidaron, ahogándose en el dique del Valle de Uco. Sus almas quedaron habitando la zona y, por eso, cada vez que un grupo de jóvenes va al lugar, son rechazados profundamente.

Fecha de Publicación: 21/10/2020

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