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La gastronomía como vehículo del amor

Entrevista con María Teresa, una persona maravillosa que entiende a la gastronomía como un nexo de unión entre las personas.
Notas del lector
17 octubre, 2019

Por María Cabeza.

Lo que están por leer es una entrevista con María Teresa, una persona maravillosa que entiende a la gastronomía como un nexo de unión entre las personas y como una metáfora de los sentimientos de los clientes de su espacio: Dulces momentos.

—¿Cómo fueron tus comienzos?

—Cuando tenía 18 años estudié repostería y pastelería. Recuerdo que en ese entonces los insumos eran carísimos y mi papá me fabricó con una escoba de madera mi primer palo de amasar, que aún lo tengo. Siempre tuve pasión por cocinar. De chiquitita me interesaba por lo que cocinaba mi abuela materna: ella les ponía muchas hierbas y condimentos a las salsas y yo me subía a un balde y, parada en puntitas de pie, le preguntaba qué le estaba poniendo. ¡Le salían riquísimas! En ese momento no lo vi como un negocio, así que cocinaba para la familia, para conocidos. Siempre hacía algo: tortas de cumpleaños, galletitas, bocaditos. Gustavo, mi marido, me ayudó mucho. Cuando hacíamos el reparto, tenía a mis padres sosteniendo las tortas y a mi marido que bajaba del auto y las entregaba. Después estudié docencia, pero sentía que algo me faltaba…

—Sos inquieta.

—Sí. Y curiosa.

Estoy frente a una mujer multitask. Tanto, que no preciso casi preguntar. Sola se abre a contarme su historia con una pasión que endulza los oídos.

—Por ser curiosa ejercí como maestra, soy docente de primaria. Tuve a mi cargo las áreas de Ciencias Naturales y Matemática. Paralelamente, comencé a hacer panes de campo para mis hijos Alejandro y Micaela y para Gustavo. Ellos los llevaban al colegio y los compañeros les preguntaban: “Qué están comiendo?”. “Unos pancitos que hace mi mamá.” La siguiente pregunta era: “¿No nos venderá algunos? ¡Están muy buenos!”. Y yo les hice, no tuve ningún problema. Comenzaron con bolsitas y terminaron llevando bolsas de Musimundo porque les encantaban a los profesores, los preceptores, los directivos. Ahí vi la beta. Algo similar pasó con mi marido, llevó pan de campo para compartir con sus compañeros de la fábrica y también le encargaron. Al tiempo tuve un pico de stress que me dejó sin caminar un año, pero no lo desperdicié y comencé a amasar y a hacer un pequeño negocio de esa curiosidad de la niñez.

Yo me río porque nunca me costó tanto (más allá de la predisposición tan generosa de María Teresa) “meter un bocado” en una entrevista.

−Vos que fuiste docente (o sos, creo que es algo a lo que uno no renuncia nunca), ¿qué le falta a la educación de hoy?

−Reflotar los valores y que haya más unión entre escuela y familia, trabajando juntos por el mismo fin: los chicos.

—Volviendo a la cocina, ¿qué diferencia hay entre ser chef y ser cocinero? Te lo pregunto porque una vez una cocinera me dijo: “A mí no me digas chef, ¡yo soy cocinera!”.

—Hay una diferencia, pero no es que uno sea más que el otro. Sos chef cuando tenés a cargo la cocina y dirigís gente, por eso recién cuando podés gestionar un grupo sos chef. Pero, de base, somos todos cocineros. Uno nunca deja de ser cocinero. No me gusta que cuando se convierten en chefs salgan de la cocina, dejando de lado el placer de cocinar.

—¿En la palabra cocinero hay amor y en chef hay liderazgo?

—Ciertamente. En mi caso, superviso desde la cocina hasta que el plato va a servirse a la mesa. Yo me involucro a pleno.

—¿Por qué se llama Dulces Momentos?

—Cuando estábamos en casa me dije: ¿qué quiero darle a la gente? Y pensé en voz alta: no solo algo dulce (amo la pastelería), yo quiero regalarles algo grato. Que cuando una persona coma algo de lo que nosotros hacemos lo haga con placer. Me encanta que la gente venga acá y se distienda, que pueda charlar y que pueda hacer otras cosas y no que estén con una tele inmersos en los temas de todos los días. De hecho, nuestra tele proyecta películas de paisajes o música tranquila. Me deleita que vengan y que ese sea SU momento. Y que sea único. Aunque sean quince minutos, pero que sean distintos, que marque una diferencia en su día. Por eso un dulce momento, un momento agradable.

—¿Y la gente se va feliz? ¿Sentís que lo lograste?

—Sí. Yo lo veo, pero también nos lo dicen: “me distraigo”.

—¿Tenés una vida linda?

—Sí. Hago lo que me gusta. A veces me gustaría hacer más, soy una persona muy inquieta, me gusta aprender, estudiar, capacitarme. Si dejo de hacerlo me siento estancada. Estoy acá desde las 8.30 AM hasta las 11.00 PM y acabo de terminar un curso de 6 meses de alta pastelería junto con marketing y coaching ontológico. Todo lo que sume y sea innovador me encanta.

—¿Cuándo parás? Y, si es que parás, ¿qué te gusta hacer?

−Amo mirar pelis, ¡las comedias me fascinan! Me hacen reír las cosas sencillas, no me gusta lo vulgar. Miro Les Luthiers, ese tipo de humor. También me gustan las de ciencia ficción y las biografías como la de Steve Jobs, el dueño de Apple.

—¿Te gustaría tener una empresa de software?

—Noooooo.

—Digo, porque ves algo, te contagiás y querés hacerlo.

Nos reímos como dos viejas amigas, entre cortados y masitas.

—¿Hacés algún deporte?

—No, pero me encanta bailar, en especial salsa. Bailo en la cocina cuando no hay nadie. Soy muy alegre, es parte de mi forma de ser y la del grupo con el que convivo entre ocho y doce horas diarias.

—¿Qué te enamoró de tu marido Gustavo?

—La simpatía y la simpleza. Además es buen mozo, pero su personalidad me mató. Me enamoró su sonrisa, su sencillez. Y que enseguida se me acercó. Eso de poder avanzar me encantó.

—Fue como ver tu reflejo.

— Sí. Se apareció un día en la puerta de casa y me dijo “Hola”. De ahí en más (yo tenía 17 años), no nos separamos nunca más. Nos casamos hace 26 años y hace 31 que nos conocemos

—¿Una anécdota?

—Una vez, en el campo, hice una torta de barro y la decoré con flores. Estaba tan bien hecha que mi primo se comió un pedazo: creyó que era de chocolate de verdad.

Ella ya me había comentado que a veces se ríe tanto que le recuerda cuando jugaba con sus hijos: se tiraba al piso, les hacía obras con títeres, jugaban al veo-veo. A mí me hace sentir igual: soy una niña que la está pasando bomba.

—¿Llorás?

—Soy dura para llorar. Si me pasa es porque no doy más, no soy fácil.

—¿Alguna frase, canción, película con la que te identifiques?

—“Vivir la Vida” de Marc Anthony. Me levanta el espíritu, me da alegría. Justamente trata de eso: de que se puede reír, se puede llorar, pero la vida hay que vivirla de la mejor manera posible y disfrutarla.

—¿Te gustaría agregar algo más de postre?

—Simplemente que estamos acá, en este Dulces Momentos que es nuestro espacio, nuestro sueño hecho realidad, para el que cada miembro de mi familia aportó su granito de arena, esperando que las personas que vienen a compartir sepan que aquí tienen un lugar para disfrutar en el que se van a sentir acompañados y mimados y donde puedan respirar paz y armonía.

Me levanto del sillón acolchonado blanco con almohadones color almíbar y le doy un abrazo. Eso sí, le cambio un beso por una mousse de chocolate. Don’t worry, be happy!

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