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Pablo Novak. El Guardián de Villa Epecuén

A 400 kilómetros de Mar del Plata, la surrealista Villa Epecuén es un destino ineludible de otro turismo. Pueblo sumergido que atesora una memoria de lujo, con un único custodio en el lugar de la catástrofe, Pablo Novak.

Y Villa Epecuén resistió. Hoy es muy visitada en sus calles del municipio bonaerense de Adolfo Alsina con olor a sal, que volvieron a la luz veinte después del tsunami bonaerense  que sumergió al pueblo que competía con Mar del Plata, el de las aguas milagrosas, con un renovado circuito de ecoturismo,  récord Guinness en 2017 de personas flotando en su laguna, y las joyas del arquitecto de la Pampa, Francisco Salamone, o el viejo bote Stella Maris. Resistió la centenario Villa Epecuén, más aún, en el tesón de los vecinos mudados de urgencia la fatídica mañana del  10 de noviembre de 1985 a Carhué, que no la olvidaron, y en la persistencia amorosa de su actual único poblador. Pablo Novak, cuando todos abandonaron la villa que recibía a 25 mil turistas,  y hoy se enseñorea fantasmal para los turistas con aquel pasado de resplandor, decidió que “mientras pueda caminar y contar la historia que yo viví, acá me quedo en mi ranchito”. Desde ese ranchito, Villa Epecuén resiste a diario en la memoria de Pablo.

Este sencillo hombre, hijo de un inmigrante ucraniano, que en su cumpleaños número 90, en enero del 2020, fue declarado como Embajador Cultural y Turístico de Adolfo Alsina, aún vive solo en una precaria construcción, acompañado por un perro cimarrón llamado “Chozno”, sin pretender tampoco la asistencia de hijas y nietos –uno de ellos lo ayuda en algunas tareas-  “No me fui porque tenía muchos hijos en la mesa y había que alimentarlos. Me quedé con las 90 vacas que tenía, las crié y así ayudaba a la familia”, contaba Novak que volvió al pueblo solo, sin su esposa que permaneció en la vecina Carhué, apenas el agua permitió vislumbar algo de tierra firme. El pueblo estuvo anegado casi completamente hasta 1993, y con obras públicas, en 2010 empezó a despuntar con edificios, inmuebles y demás,  percudidos de una de las mayores concentraciones salinas del mundo.  La fama mundial de Pablo se disparó cuando el youtuber mexicano Luisito Comunica subió el video "Epecuén" (2019), que lleva 21 millones de reproducciones.

 

 

En aquel momento, y con esas tomas de Novak contando la historia del pueblo a bordo de la destartalada bicicleta, otra fiel compañera, despertó el interés de los medios nacionales y de la británica BBC.  

“Ahora tengo más comodidades que cuando era niño", contaba Novak en 2018 a Leandro Vesco, de los primeros periodistas argentinos que se interesó por el Guardián de Epecuén. Y agrega el autor de “Desconocida Buenos Aires”, “Su casa es un conjunto de ladrillos que forman un rancho. Ruedas, un Rastrojero destartalado, el esqueleto de un tractor John Deere y toda clase de elementos agrícolas y de la vida cotidiana del siglo pasado están tirados alrededor de su casa, tapados por el pastizal, en una perfecta escenografía del olvido. Vive sin luz, tiene una cocina económica a leña y enfría con una heladera a gas”, rememoraba este nacido y criado en el pueblo, que estudió en la escuela Hipólito Yrigoyen, vendió huevos y fue ladrillero como su padre. “Vi nacer este pueblo y lo ví morir", señala el personaje que parece salido de un cuento del salteño Juan Carlos Dávalos y sus solitarios puesteros andinos, recordando el movimiento incesante de turistas por la Avenida de Mayo y los sabores de “Alfajorlandia”, una de las fábricas de dulces y alfajores más recordadas de la costa. Luis Sandrini y Mirtha Legrand, y mucho famosos que recorrían el balneario fundado en 1921, deben haber hincado el diente al dulce de leche de la villa. Un mundo idílico que tuvo un final arrasador, aunque evitable, en 1985.

¿Qué pasó en Villa Epecuén?

Porque del esplendor se pasó a la tragedia. Un imperio de hoteles, balnearios y comercio quedó hundido. En la década del setenta se calculaba que contaba con 6 mil plazas hoteleras declaradas, 250 establecimientos comerciales y 1500 habitantes que satisfaccían las demandas de los miles de turistas que buscaban las aguas termales, de altas concentraciones minareles, superiores al famoso Mar Muerto. La “Mar del Plata chica” exhibía y explotaba orgullosa sus aguas, que los pueblos originarios consideraban ya divinas y los médicos de 1909 recomendaban a enfermos y lisiados, sin tomar debida nota de una obviedad hidríca de cualquier sistema endorreico: la laguna de Epecuén no tiene salida. Años y años de falta de construcciones apropiadas, canales y arroyos clandestinos en campos agropecuarios aledaños, en 1975 se detiene un plan que hubiese salvado al pueblo; con la laguna que subía a razón de medio metro anual sin medidas ni del gobierno militar, ni el democrático, desde 1980; todo esta suma del terror y la desidia hicieron que el destino esplendoroso vaya a pique.  

“¿Aguantaría el terraplén? En Epecuén había dos opiniones encontradas. Estaban los llamados «alarmistas» —entre ellos, los bomberos de la zona—, que auguraban un final trágico. Y estaban los que confiaban en los funcionarios municipales y provinciales, que habían jurado que cualquier desborde no superaría los diez centímetros, que Epecuén jamás se inundaría y que el pueblo seguiría siendo lo que siempre había sido: uno de los principales centros de turismo de salud de la Argentina”, escribe Josefina Licitra en “El agua mala”, enmarcando además un año en que la provincia estaba colapsada, con cuatro millones y medio de hectáreas anegadas por el desborde del Río Salado, y pérdidas que se estimaron en mil quinientos millones de dólares. La región deprimida de Epecuén difícilmente resistiría ese panorama aunque el intendente Raúl González, dueño de un hotel en la villa, aseguró el 7 de noviembre de 1985, “No va a pasar nada, si mañana amanece igual de lindo recomponemos todo”. Los pobladores cercanos a Las Encadenadas, lagunas de Epecuén apenas contenidas por terraplenes de la altura de un edificio de dos pisos, sentían otra cosa.

En la margen occidental de Epecuén, frente a un hogar de ancianos, el retén finalmente cedió tres días después. Y Villa Epecuén permaneció oculta por décadas bajo 7 metros de agua salada. El 5 de marzo de 2018, una ordenanza dio origen a la Reserva Natural Municipal. Su inauguración oficial fue el 22 de julio de 2019 con el objetivo de darle mayor protección a los diferentes ambientes naturales, históricos y culturales de Epecuén.

 

Villa Epecuén vive en Pablo

"Ya no me afecta", repite Don Pablo mientras pasea con visitantes nacionales y extranjeros, atraídos por el ecoturismo, la aventura o, simplemente, el morbo, en éste verdadero polo turístico que conforma Villa Epecuén con la vecina Carhué. Sarmiento, Cangallo, Mitre y Rivadavia son algunas de las calles céntricas del pueblo que recorre el Guardián con una trama de anécdotas; en un insólito remedo, por el entorno devastado, del centro porteño. Asistido en cartelería desde el año pasado por circuitos que dispuso la municipalidad, Novak enseña feliz las ausencias apenas vislumbradas, la iglesia, el almacén de Santillán, la comisaría de Don Suárez, la confitería Coradini, el castillo francés de la dama Ernestina María Allaine y la torre Maipú, el punto más alto alguna vez creado en Epecuén. Todo quedaría sumergido en la Atlántida de las Pampas.

“Los hoteles tenían comprada toda la mercadería para el verano, contratados los empleados y el agua entró una madrugada. No voy a olvidarme nunca del ruido del agua. A los pocos días nos dijeron: "Junten lo que puedan, tenemos que abandonar el pueblo, Epecuén va a desaparecer"”, recordaba Novak a Vesco. "A mi edad, simplemente disfruto la vida, camino por las ruinas de Epecuén con la esperanza de que alguien me pregunte algo", comentaba a Kamilia Lahrichi, al medio mexicano Expansion.mx, y apunta que "Los trenes traían 11 vagones para pasajeros. Había tres jovencitas y tres muchachos en cada uno", explicó del tiempo que papá Onofrio le enseñó amar a la Villa. Otra de sus anécdotas favoritas es contar cuando Juan Baigorri Velar, "el Mago de la lluvia", llegó con los aparatos “lleno de antenas”, e hizo llover en el pueblo, a fines de los treinta. Previo pago de 5 mil pesos.

“Nunca sentí tristeza, hay gente que se abraza a las paredes y llora, yo disfruté mi vida y no me quiero ir de acá. Mis hijas me dieron plazo hasta los 70, para irme. Ahora ya no me molestan más. Mientras pueda caminar y contar la historia que yo viví, acá me quedo en mi ranchito", repite Pablo a los 92 años, caminando entre restos de casas, muchas que se levantaron con los ladrillos Novak. Pasa que Villa Epecuén no son esas paredes derruídas, ni las alambradas oxidadas, ni las siluetas ominosas de los árboles blanquecinos. Tampoco el impresionante matadero del demiurgo Salamone. Villa Epecuén es Pablo.

 

Fuentes: Vesco, L. Desconocida Buenos Aires. Secretos de una provincia. Buenos Aires: Editorial El Ateneo. 2019; Licitra, J. El agua maldita. Crónica de Epecuén y las casas hundidas. Buenos Aires: Aguilar. 2014; Lahrichi, K. Conoce a Pablo Novak, el hombre más solitario de Argentina en Expansion.mx.
Imagen: Diario La Mañana
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