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Margarita

Margarita Forquera vivió una vida parecida a la de muchos de nuestros abuelos, sobre todo a la de aquellos que viven en zonas rurales.

Margarita Forquera vivió una vida parecida a la de muchos de nuestros abuelos, sobre todo a la de aquellos que viven en zonas rurales. Residió toda su vida en El Nihuil, un pequeño pueblo ubicado a unos 70 km de la ciudad de San Rafael, Mendoza. Al igual que su familia, se dedicó desde chica a la vida de campo; luego trabajó en fincas y en una fábrica metalúrgica. Se casó joven con Hilario, con quien tuvo 12 hijos.

Margarita e Hilario compartían una condición de la que no se sentían orgullosos: ambos eran analfabetos. Por eso, hicieron lo imposible para que sus 12 hijos asistieran a la escuela, porque no querían que vivieran con la misma carga que ellos. Hace unos años, Hilario falleció, y Margarita–a sus casi 80– decidió que la vida debía continuar y se puso una nueva meta: aprender a leer y escribir. Ni más ni menos.

En un principio, comenzó a ir a la escuela, pero las inclemencias climáticas –entre otras cosas– dificultaban su asistencia y, al no tener regularidad en sus estudios, su aprendizaje. A comienzos de 2017, una maestra y una psicóloga se acercaron a su casa. Le ofrecieron una solución novedosa y desafiante: aprender a leer y a escribir en su hogar, a través de la radio. Allí escuchaba todos los días sus lecciones, con la ayuda de una planilla con dibujos y letras grandes, y unos lápices de colores.

Con empeño, persistencia y muchas ganas, esta abuela escribió, a sus 79 años, su primera palabra: Margarita. Y para ella fue algo muy parecido a un milagro.

Una historia que se repite

Como decíamos, la vida de Margarita y su esposo es la de muchas de las personas que viven en las zonas rurales de nuestro país, aún hoy. Según el último Censo Nacional Agropecuario realizado por el Indec, el 6% de los productores agropecuarios no saben leer ni escribir. Ese porcentaje implica, aproximadamente, que casi 15.000 personas que se dedican a esta actividad no finalizaron sus estudios primarios e incluso, muchas veces ni los iniciaron. 

Los especialistas explicaron que el analfabetismo está vinculado con la forma en la que cada estructura provincial presta los servicios públicos, es decir, cómo llega la educacipon a lugares de poca población. Es por esto que el porcentaje total de analfabetismo, si bien es un promedio entre todas las provincias, varía según las zonas productivas. 

Entre las provincias, Neuquén es la de mayor cantidad de administradores de campos analfabetos y también tiene el promedio más alto de personas que no completaron la primaria. En paralelo, en los últimos 16 años el porcentaje de deserción primaria bajó de un 21% a un 12%. Y en cuanto a las zonas en general, la Patagonia lidera el ranking de productores que no saben leer ni escribir. Le sigue el Noroeste, Nordeste y Cuyo, respectivamente. 

El anterior Censo Nacional Agropecuario en estas zonas se realizó en 2002 y dio como resultado un porcentaje de analfabetismo de solo el 1,97%. De todas formas, se aclaró que no es posible comparar los datos con el censo actual, dado que la pregunta fue realizada de manera diferente en cada encuesta. 

Igualmente, en ambos estudios se llegó a la conclusión de que el problema del analfabetismo tiene relación con lo inhospito de algunas zonas, el transporte y la conexión. Las escuelas primarias están lejos de la población y, además, se suma la complicación de los caminos y accesos. Esas variables afectan al sistema educativo en general de cada provincia y se replican en sus comunidades rurales. Significa que el problema más importante es el acceso a la educación -como sucede en el resto del país - y no la vinculación directa al trabajo rural. Igualmente, está claro, queda mucho por hacer. 

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