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Buenos Aires - - Lunes 18 De Octubre

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Juan Baigorri Vela: el Mago de Villa Luro, ¿genio o fraude?

Buenos Aires no dumió esperando la lluvia, en aquel enero de 1939. Llovió a cántaros y Baigorri Velar probó una vez más su gran invento: la máquina de la lluvia.

Historias de gente
Juan Baigorri Velar

Entre los inventores argentinos el caso de Juan Baigorri Velar suscita aún polémica. Tanto como la que suscitó a fines de 1938, cuando fue el tema excluyente de los porteños, en los zaguanes y los cafés. Su “Pluviógeno”, y la capacidad de hacer llover a voluntad,  era un invento que transcendió las fronteras, e Inglaterra y Estados Unidos estuvieron con intenciones de patentarlo “No se vende. Es para mi país. Por algo soy criollo, por eso esta “onda criolla no debe salir de mi país” repetía a los interesados el ingeniero en geofísica, aunque nadie pudo comprobar ese título. Como las aspectos técnicos y  científicos de su milagrosa caja lustrosa de madera, con las iniciales BV. Que no se sabe tampoco dónde terminó. Y eso que Baigorri apareció, y desapareció, varias veces de las tapas de los diarios.  Con el aura del inventor romántico, solo, trabajando encerrado en su altillo de Villa Luro durante décadas, sin compartir los secretos del prodigio, el “Júpiter moderno” quedará en las neblinas de la historia. O más bien entre los nubarrones.

Antes de su irrupción mediática de 1938, Baigorri es poco más que un desconocido. Una reciente investigación de Diego Huberman aclaró un poco más de sus orígenes, nacido en Uruguay en 1891, San José, y no en Concepción del Uruguay, y puso en tela de juicio los estudios en Milán de Juan, que era hijo de un militar entrerriano que supo acompañar a Julio Argentino Roca.  También cuestionó el investigador el supuesto llamado del general Mosconi para trabajar en la exploración petrolífera, en 1929, y la existencia de la  reunión “reservada” que Baigorri decía haber tenido con el presidente Yrigoyen. Lo que sí se pudo corrobarar que a partir de mediados de los veinte trabaja en la búsqueda de canales subterráneos en Chile, Argentina y Uruguay. De aquellos años es su descubrimiento del famoso meteorito del Mesón de Hierro, perdido desde el siglo XVIII entre el Chaco Austral y Santiagueño, y que supuestamente no develó porque el gobierno provincial se negó a pagarle una recompesa que existía sobre la roca del espacio, datada en 1873

“Estaba trabajando en busca de cierta combinación de metales que me hacía falta y, sin darme cuenta, la antena comenzó a funcionar y todo el laboratorio se inundó de una luz blanca que estuvo a punto de enceguecerme”, dijo frente al diario Crítica, uno de los responsables de su notoriedad mediática  “Entonces vi a lo lejos un resplandor extraordinario y algo como una espada de fuego que descendió de los cielos y se perdió en el seno profundo de la noche”, diría de las primeras pruebas en el interior del Uruguay, luego repetidas en Bolivia, en donde, en lugares secos y desérticos, aparecían nubes y gotas por doquier. Y el ingeniero comprendió que su máquina, que usaba supuestamente los principios electromagnéticos y “elementos radioactivos y químicos”, podía hacer otras cosas. Podía producir la lluvia. Recordemos que Baigorri es contemporáneo a grandes inventores como Nikola Tesla, el serbio inspirador del control remoto, el radar y el horno a microondas, y que aseguraba la provisión gratuita de energía eléctrica inalámbrica. Ambos cifraban sus esperanzas en el dominio de los campos magnéticos, sin patentes.

Unido en matrimonio de hecho con María Arminda Saccardo, con que tendría a William -ya tenía otros tres de un matrimonio anterior, por lo que para la ley argentina era bígamo-, vivía Baigorri en una casa aparentemente húmeda porteña de Caballito. Decidido a que nada estropee los experimentos con sus máquinas, recorre a borde del tranvía 2 la larga avenida Rivadavia, en búsqueda del punto más alto para instalar sus dispositivos y la antena. Al fin lo encuentra a la altura del 10.100, Ramón L. Falcón y Araujo en Villa Luro, hoy una propiedad horizontal que apunta al cielo, al igual que los sueños de Juan. Durante varios años realiza pruebas de su aparato en distintos puntos del Litoral, todas con el mismo resultado, día despejado, encendido de la caja, y luego, bóveda plomiza. Así que decide a presentarse en septiembre de 1938 al gerente del Ferrocarril Central Argentino, Mac Rae, y solicita un vagón para hacer experiencias en la zona de influencia de sus rieles. Establece su destino en Santiago del Estero, que venía afrontando una sequía interminable, y se designa al agrónomo jefe de Fomento Rural del ferrocarril, ingeniero Hugo Miatello (h), para corroborar los dichos del “loco Baigorri”

 

 “El último día de los experimentos se le había desconectado el aparato y el viento dejó de soplar; durante la tarde se volvió a soportar viento cálido del Norte y al anochecer calmó; se conectó nuevamente el aparato y de inmediato, a los pocos minutos, comenzó a correr viento del Este”, señalaba en el informe de la primera prueba fallida. Aunque no para los ferrocarriles y un campo del gobernador, ya que Baigorri encontró napas subterráneas que fueron vitales para palear la crónica falta de agua. “Ahora Baigorri –concluía el informe- construirá un aparato de mayor potencia y en diciembre volvemos a Pinto para continuar con los experimentos. Una vez terminados los mismos y comprobado el éxito, no escapará al elevado criterio del señor gerente, la trascendencia y utilidad del invento del ingeniero Baigorri, quien además de ser un buen geofísico, es un notable rabdomante, pero científico; fija las corrientes de aguas subterráneas con verdadera precisión, indicando la profundidad, la calidad de las aguas y la cantidad que puede aprovecharse”, cerraría Miatello, y pone de manifiesto que este éxito fue determinante en el nuevo apoyo, de fines de 1938. También colaboró que los habitantes a 300 km de distancia afirmaran desacostumbrados cambios de viento para la época del año, anuncios de lluvia.

 

Y se hizo la lluvia

Volvió a Santiago del Estero, unos días antes de fin de año, y se puso a trabajar en una granja facilitada por el gobernador, Montenegro, ante la burla de los paisanos, “no nos vaya a hacer llover en Nochebuena, ingeniero, mire que tenemos todo preparado para la fiesta” Hasta apostadores de caballo se acercaron a suplicarle porque tenían boletos vendidos a sus puros “Yo ya había desatado los elementos atmosféricos”, respondía impasible Baigorri, con 55 horas de trabajo. 55 milímetros fueron la respuesta a una zona de desastre por la sequía. Hacía medio siglo que no registraba esa marca en la capital santiagueña, ni en las ciudades vecinas. Y todo con una caja misteriosa que “no tiene mayor tamaño que una caja de radiotelefonía y dos antenas”, y que antes de volver a Buenos Aires, Baigorri encargó a un hermano en Belgrano guardarla celosamente.

Apoteótico fue el regreso a Retiro del Mago de la Lluvia. Cargado en andas hasta la Torre de los Ingleses vivió sus quince minutos de gloria. A quienes no agradó la noticia fueron a los meteorólogos del Departamento Nacional, que arreciaron en una campaña de desprestigio en la voz de su titular, Alfredo Galmarini, y que repudiaba las acciones de Baigorri, “un atentado a la ciencia, un delirio tropical”, y descreía de la máquina milagrosa, “si existiera estamos delante del posible hacedor del Diluvio Universal”

Acá entra en escena el popular diario Crítica, que lleva hasta el paroxismo el enfrentamiento, y la ciudad se divide entre baigorristas y antibaigorristas. No es el avance nazi en Europa, ni una presidencia tambaleante de un fraudulento Ortiz, lo que se habla es de Baigorri y su  “Pluviógeno”, tal cual puso el poderoso diario de Natalio Botana. Para su inventor jamás tuvo nombre salvo las iniciales BV.

“Como respuesta a las censuras a mi procedimiento, regalo una lluvia a Buenos Aires para el 3 de enero de 1939”, retrucaría en Crítica. Alguien sostuvo que en principio la fecha fijada por Baigorri fue la del 31 de diciembre y que luego, instado por quienes no querían que las fiestas se “mojaran”, decidió trasladar la experiencia para los primeros días del año nuevo. El pueblo estaba de su lado. Pasaron jornadas de tensas y calurosa calma. Y efectivamente el 3 de enero de 1939 se largó un chaparrón histórico para algarabía de cientos de vecinos que se reunieron en la vereda de la casa de Araujo, “Que llueva, que llueva; Baigorri está en la cueva, enchufa el aparato y llueve a cada rato”, se escuchaba en las calles de Villa Luro, y el teciturno ingeniero sonreía desde el altillo, encerrado en su laboratorio. Nadie sabe qué pensó Galmarini aunque seguro se quedó a su casa, para no mojarse. Fue llamado a Carhué en enero, e “hizo” desbordar el laguna Epecuén, pero fracasó en mayo en Carlos Tejedor. Su estrella de Mago de la Lluvia se fue apagando, y volvió a la actividad privada de exploración subterránea, donde realiza descubrimientos de posibles pozos petroleros, en el sur de la provincia de Buenos Aires, en 1945, que inmediatemente fueron declarados “reserva fiscal”, sin darle crédito a Baigorri. Nunca el ingeniero tuvo un buen trato, ni suerte, con la política.

 

Entre Perón y Pipo Mancera

El ingeniero retornaría a la palestra en 1951, tiempos del peronismo, tiempos de grandes sueños, la aeronáutica nacional, y grandes castillos de naipes, la energía atómica.  El ingeniero Raúl Mendé, a cargo del Ministerio de Asuntos Técnicos, lo nombra asesor técnico, y lo destina a San Juan, Córdoba y La Pampa. Tras su visita, en Caucete llovió tres veces, el dique San Roque casi desborda, y varios niños pampeanos conocieron lo que era la lluvia “Tuve que trabajar con suma cautela. Mis aparatos tienen dos circuitos, el A provoca tornados y ciclones, y el B, lluvia intermitente”, destacaba a la incrédula prensa. Sin embargo Baigorri estaba molesto debido a que si bien en un primer momento aceptó sólo si era trabajo honorario, “por el bien del país”, a los dos años peticionó una retribución por su éxito pluvial “A los efectos de lo solicitado y a fin de considerar su invento, es imprescindible que Ud. remita un informe detallado sobre las bases técnicas-científicas del mismo” fue toda la respuesta que recibió del ministerio, y volvió a llamarse a silencio, desconfiado de que otras manos toquen sus atesorada caja, pese a que siguió recibiendo propuestas de países como Uruguay y Chile, que soportaron graves sequías, a mediados de los sesenta.

Fue a raíz de una nota de Hernán Ceres en la revista Todo es Historia, dirigida por Félix Luna, que nuevamente el ingeniero alcanzaría fama, ahora televisiva, y en el programa de Pipo Mancera, en 1968 “Confirmo que son ciertos los datos vertidos en la nota y me ofrezco para realizar una demostración en el sitio que haga falta”, se envalentonó un anciano Baigorri, que aparecería en ese show de variadades que era “Sábados Circulares”, con el aura mítica de millones de porteños que aún lo recordaban de enero de 1939. Eran otros tiempos, otros códigos sociales, y la burla fue escandalosa, “Me acuerdo bien de ese sábado, y la verdad es que no nos cayó nada bien el programa porque se burlaron y no sé si él se dio cuenta. A mi viejo eso no le gustaba nada. Dolía en la familia”, decía su nieto Alejandro, a la revista Brando, en 2016. En esa nota de Martín Graziano se recuerda que otra vez se arremolinó una multitud en Villa Luro, treinta años después de la primera gran demostración en los medios del ingeniero, replicada a todo el país por los móviles de televisión, pero esta vez no hubo lluvia en vivo y en directo…hasta que a la madrugada, con Baigorri mirando al cielo en la vereda, solo, empezaron a caer las gotas. De las últimas magias del Hacedor de Tormentas. Porque fue contratado en Estación Calchín en una dura reseca, sin que su máquina logre una gota, aunque hay registro de su último éxito en mayo de 1970 en Uruguay, donde se acumularon 280 mm de lluvia según Daniel Balmaceda. Fallecería el 23 de marzo de 1972, el Día Mundial de la Meteorología -algunos datan un día antes, y otros, un día después- Bajo una persistente llovizna, obvio.

“Una máquina estaba en el Ejército y se perdió; la otra no sabría decir. Uno debe tener sus reservas. No quiero que me vuelva a pasar lo que le pasó a mi abuelo, que me tomen como el semidios que maneja el clima. O como un loco” confesaba el nieto sobre el destino de los artefactos, que en el mejor de los casos afirman los científicos, podría predecir la lluvia, no provocarla. Balmaceda indica que la nuera de Baigorri afirmó en 2004 que, a la muerte del ingeniero, dejaron todas sus pertenenecias en un depósito. Y allí quedaron. Todavía en los pueblos del Interior, y algunos abuelos porteños, queda la frase cuando arrecia un temporal, “fijate si Baigorri no desenchufó el aparato” Genio inventor,  o fraude histórico, en su trayectoria se cruzan un artefacto mágico pluvial como exploraciones subterráneas de, sostenía el ingeniero, “intereses creados” Créase o no.

 

Fuentes: Huberman, D. Baigorri hacía llover. Buenos Aires: Ediciones La Buena Nueva. 2008; Balmaceda, D. Historias inesperadas de la Historia Argentina. Tragedias, misterios y delirios de nuestro pasado. Buenos Aires: Sudamericana. 2009; Ceres, H. Baigorri: El Mago de la Lluvia en Los excéntricos. Buenos Aires: Todo es Historia. 1977;  http://www.revisionistas.com.ar/?p=5299

Fecha de Publicación: 02/07/2021

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