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Estuvo cuatro meses en el mar por la cuarentena

Una sommelier mendocina debió confinarse en el crucero donde trabaja durante cuatro meses. Falta de comida y contagios de COVID-19 transformaron el viaje en una odisea.

Historias de gente
Estuvo cuatro meses en el mar por la cuarentena

Federica Salvador es sommelier desde hace mucho tiempo. Fue una de las personas que arrancó con la actividad en la provincia de Mendoza. Hace algunos años recibió un ofrecimiento muy tentador para trabajar para una empresa estadounidense en su servicio de cruceros. Sin embargo, lo que supo ser un trabajo lleno de placeres se transformó en una odisea.

Pese a lo que le tocó vivir, Federica no deja de vivir cada momento. Al consultarle sobre su experiencia, se adelantó: “Feliz Día del Amigo, ante todo”. Para, luego, describir que nos estaba contestando desde su casa, y de manera muy consciente: “Siempre en casa y cuidándonos muchísimo. Si hay algo que puedo aportar de lo que me tocó vivir, es ser conscientes del cuidado personal y social”.

Sobre Federica

“Yo soy sommelier. Trabajo con el tema de los vinos. Soy una de las primeras que empezó a desarrollar esto en Mendoza, hace 17 años”, comenta. Hasta que, en un momento, le llegó una oferta insoslayable. “Pero, en barcos, lo hago hace unos 4 años. Yo coordino el grupo de sommeliers. En el barco llevamos vinos de todo el mundo y muchos de Mendoza, lo cual me enorgullece muchísimo. Aprovechamos para hacer degustaciones y mostrarle nuestros vinos a la gente”, comenta, orgullosa de su Mendoza natal.

Tanto le gusta su trabajo que, incluso después de los cuatro meses que pasó, sigue convencida de hacerlo. “No llegué al punto de replantearme el trabajo que había elegido, pero sí me pregunté por qué no me bajé antes. Tengo dos hijos y tenía muchísimas ganas de verlos”.

La odisea

Después de 7 meses, me volvía a casa. Me quedaban 15 días para terminar. Ahí comenzamos el último trayecto”, que duraría 4 largos meses. “Desde Buenos Aires hasta Chile. Fuimos a Puerto Madryn, Ushuaia y giramos para volver a salir por Chile y parar en Santiago. Todo marchaba bien. Veíamos que había un virus que acechaba a China pero lo veíamos como una película de ciencia ficción. Pero, al llegar al puerto de San Antonio, nos dijeron que no nos podíamos bajar”. La situación era terrible porque “estaba a dos horas de avión de mi casa, pero no pude volver hasta cuatro meses después”.

Ante el rechazo de Chile, debían buscar otra alternativa. “La empresa pertenece a Estados Unidos y fue el único país que nos permitió desembarcar. En Chile estuvimos intentando durante 5 días, pero no se pudo. Y también se fueron cerrando el resto de los puertos como Ecuador, Perú, Costa Rica o México. Por eso se nos permitió evacuar a la gente en California”.

COVID-19 positivo

Una vez en la costa oeste de Estados Unidos, “la gente empezó a bajarse y a tomar vuelos chárters hacia sus hogares. Pero justo saltó que una pasajera dio positiva de COVID-19. Fue como el segundo gran golpe de toda la situación. Nosotros, hasta ese momento, no sabíamos lo que era vivir en cuarentena. No sabíamos lo que era el concepto de distancia social. En el crucero, los restaurantes seguían llenos, las piscinas y los teatros también. Empezó la paranoia de ver quién era la señora, con quién había estado en contacto, quién más podía tener la enfermedad”.

Hasta que los estadounidenses cedieron y, “finalmente, las autoridades de Estados Unidos dejaron bajar y volar a los pasajeros, pero a los tripulantes no. Tuvimos que quedarnos en cuarentena, uno por habitación, desde el 2 de abril hasta finales de mayo, que fue cuando pudimos volar desde la pequeña isla de Barbados”.

Un mal recuerdo y un aprendizaje

“En el medio hay un montón de historias. La gente estaba muy triste. Se agotaban las provisiones porque no podíamos llegar a un puerto para reponer. Se agotaba la comida, el agua, la pasta dental y muchos elementos de higiene personal. Son cosas que uno da por sentado en la vida diaria, pero, realmente, son un lujo cotidiano”.

Fecha de Publicación: 09/08/2020

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