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El violín de las dos culturas

“Geniolito” fue un gran músico y cacique de la comunidad mbya guaraní. Es el segundo referente que la comunidad pierde en lo que va del año.

En la provincia de Misiones se respira uno de esos aires pesados que duelen. Es que dos referentes de la cultura mbya guaraní ya no caminan entre nosotros. Cuando el pueblo misionero aún se estaba reponiendo del fallecimiento de Doña Laura, la abuelita mbya, llegó la otra noticia. La muerte de “Geniolito”, el gran músico y cacique guaraní.

Doña Laura era la persona más longeva de la aldea mbya Yasí Porá: tenía 100 años. Había sido una de esas mujeres sin igual, pieza clave para la integración entre pueblos indígenas y pueblos “blancos”. Su retrato fue inmortalizado en el famoso mural del artista plástico Antonio de Olivera, en la ciudad de Puerto Iguazú.

Lorenzo Benítez, o “Geniolito”, era cacique de la pequeña aldea Ivy Poty en San Ignacio. De vez en cuando se lo veía por la ciudad de Posadas reclamando por mejores condiciones de vida para su comunidad mbya guaraní. Pero también era un gran músico. Andaba de acá para allá, siempre con su violín tocando en alguna esquina a cambio de unas limosnas. Tan bueno era tocando su instrumento que llegaron a apodarlo “el violín de las dos culturas”.

Músico y compositor autodidacta, fue uno de los pocos personajes populares que quedaban en la provincia. A los 70 años murió, producto de un paro cardiorrespiratorio.

Un apodo con una historia

El apodo de Geniolito viene con una historia ligada a su inseparable instrumento. Pero no al último que tocó, sino al primero que tuvo, regalo de un antiguo patrón de la tarefa. “Él me llamó Geniol, Geniolito”, había contado el cacique. “Era un alemán, Ignacio Fogert. Él me consiguió un violín, el primero que tuve”.

En aquellos tiempos, a la hora de tomar lista a los tareferos, Lorenzo Benítez venía en el quinto lugar. El cacique guaraní era joven y recién se había casado, con lo que no tenía ganas de trabajar. Entonces, le dijo a su patrón que le dolía la cabeza. Él se ofreció llevarlo a un hospital, pero Lorenzo le dijo que solo necesitaba un geniol. Al otro día, se quejó de la misma dolencia y pidió un geniol. Al tercer día, el patrón tomó lista: “Tareferos 1, 2, 3, 4 y geniol”. Y así quedó el apodo para siempre.


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