¡Escribí! Notas de Lector
Ir a la secciónBuenos Aires - - Sábado 10 De Octubre
Hay personas que nacen con una misión: cambiar el mundo. Muchas veces son personas anónimas, en un mundo que valora como héroes a un músico o a un futbolista. Pero son realmente ellos los héroes, los que brindan su vida por los demás, los que ponen el cuerpo, la mente y las emociones en salvar a quienes atraviesan las situaciones más difíciles. Ellos nacieron para salvar el mundo. Si aún no lo lograron, es porque son pocos, muy pocos para la cantidad de catástrofes –naturales y de las otras– que explotan día a día alrededor del planeta.
Pablo Fracchia dedicó toda su vida a trabajar en catástrofes, dentro y fuera del país. Acompañó a personas que sufrieron inundaciones, incendios, guerras. Las apoyó, las contuvo, dejó todo de lado por estar en cualquier lugar donde pudiera sumar. Al mismo tiempo, libraba su lucha personal, que tenía que ver con su sexualidad y los condicionamientos sociales que esta le imponía. Pablo también milita por los derechos de la diversidad sexual y tuvo un rol activo en la estrategia para lograr la Ley de Matrimonio Igualitario, hace ya 10 años. Pero todo esto pasó a un costado cuando en su vida apareció Mía, la hija que siempre soñó.
Fueron dos décadas las que Pablo dedicó a intervenir en desastres y crisis humanitarias. Su vocación se despertó en su adolescencia. A los 15 años se inscribió como bombero voluntario. A los 16, comenzó a trabajar con la Cruz Roja. Primero pensó ser médico, pero luego decidió que podía ayudar desde otro rol igual de importante. Estudió Trabajo Social, a la par que trabajaba como voluntario en catástrofes y en el día a día de las villas de conurbano bonaerense.
Algunos de los eventos trágicos en los que participó son recordados por todos. En 1999, brindó apoyo psicosocial a los familiares de las víctimas del accidente del avión de LAPA. En 2004, asistió a los familiares de las víctimas de Cromañón. Aquí quisiera resaltar un detalle: Pablo tiene 37 años, por lo tanto, para cuando ocurrieron esos eventos, tenía 17 y 21 años, respectivamente. ¿Ustedes en qué ocupaban su tiempo libre a esa edad?
Con la crisis de 2001, un joven Pablo también intervenía en las villas de Quilmes para llevar un poco de contención a los niños y adolescentes que vivían en situación de vulnerabilidad. En 2003 estuvo en la peor inundación de Santa Fe, organizando la logística. En 2009 ayudó a capacitar voluntarios en el alud en Tartagal, que sepultó con lodo gran parte de esa ciudad salteña. En 2013 participó en la terrible inundación en La Plata y, en 2015, en la de Clorinda (Formosa).
No obstante, su experiencia más movilizadora la vivió en el Líbano, donde llegó en 2016 luego de ser convocado por los Cascos Blancos para colaborar con la crisis de refugiados sirios. Allí vio lo que, para él, representa lo peor de la humanidad. En 2018, asistió a su última catástrofe, con la crecida del Río Pilcomayo, en Salta.
Por dentro, sin embargo, él también se sentía vulnerable en otro sentido: no eran el hambre o la violencia lo que lo aquejaban, sino el sentirse diferente. El creer que sus deseos no seguían la norma. El pensar que su condición sexual le impediría, en un futuro, cumplir su gran sueño de ser padre. Fue por eso que, en paralelo a su voluntariado asistiendo en desastres, militó por los derechos de la diversidad sexual desde la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans. A través de este organismo, tuvo un rol activo en la sanción de la Ley de Matrimonio igualitario en Argentina.
Pablo luchó para que las personas del mismo sexo pudieran casarse, pero no por una cuestión personal. De hecho, con los años, decidió que quería ser padre y que eso no debía pasar necesariamente en el marco de una pareja. Fue entonces cuando se anotó en el Juzgado de Familia número 1 de Avellaneda para poder adoptar un niño, sabiendo que, siendo soltero y gay, iba a quedar último en la lista.
Durante dos años, ese sueño lo mantuvo en vilo. Hasta que un día, en octubre de 2019, su teléfono sonó. Desde el Juzgado, estaban buscando un hogar para Mía, una beba de 1 año y 10 meses que había sobrevivido a la muerte a los cuatro días de vida y había pasado un año viviendo sin familia en un hospital de La Plata. Cuando era recién nacida, había tenido una perforación intestinal, tenía una colostomía y había pasado por una segunda cirugía. El postoperatorio lo atravesó sola: nadie en su familia biológica podía hacerse cargo de ella.
Le dijeron a Pablo que los postulantes para la adopción eran cinco: cuatro parejas heterosexuales y él. Como quien va a una batalla ya perdida, Pablo aceptó la entrevista. Asistió con su madre unos días después. Se fueron sin muchas esperanzas, pero al poco tiempo el teléfono de Pablo volvió a sonar. Lo habían elegido para ser el papá de Mía.
A partir de entonces, la vida de los dos se volvió una. Pablo convirtió su casa de “soltero gay” en un hogar monoparental, en el que a Mía le sobran risas, juegos y amor. Aprendió a caminar y a hablar. Cada vez que la escucha decir “papá”, Pablo sabe que cada paso del camino recorrido hasta llegar a ella valió la pena. Sabe que, con ella, también está cambiando el mundo.
Fecha de Publicación: 22/07/2020
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