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De vender en la calle a tener su propio servicio de catering

Analía Aramayo es una vendedora callejera, pero más que una vendedora es una luchadora. Pasó de vender humitas en un puesto a abastecer restaurantes salteños.
Historias de gente común
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| 20 enero, 2020 |

Analía Aramayo es una joven salteña de 29 años que descubrió en la cocina una oportunidad para salir adelante. Con 23 años trabajó como operadora en una remisería, pero en un momento ese ingresó desapareció. “Me dejaron de pagar y me despidieron sin darme nada”, contó la joven. Ella tenía deudas y cuentas para pagar, y el único ingreso que tenía se había truncado. Esto la llevó a convertirse en una vendedora callejera.

Sus hermanas ya se encontraban vendiendo en la calle de forma ambulante y Analía decidió lanzarse a ese mercado. “No me quedaba otra, tuve que salir a vender a la calle”, contó Analía. Además, la salteña recordó que la primera inversión llegó de un amigo: “Me prestó $500 que usé para cocinar humita”.

Inicios complicados

La venta no es para cualquiera, y la venta en la calle es dura. Uno no puede ubicarse cerca de otro vendedor o al frente, está mal visto. Los primeros días en la calle con sus humitas fueron duros: “No vendí nada”. Pero decidió volver, un día tras otro, y la gente se jugó por sus humitas. El proceso para convertirse en vendedora callejera tomó su tiempo y tuvo sus frustraciones.

A medida que se daban las ventas, Aramayo fue mejorando su speech comercial y la relación que mantenía con sus clientes. Ella se define como carismática y sabe cuidar los vínculos que establece. Dueños de casas de comidas y restaurantes pasaron por su puesto callejero y quedaron asombrados por la calidad de su comida.

La evolución de su producción

Casi sin pensarlo, Aramayo estaba vendiendo por mayor a restaurantes: los pedidos requerían de una mayor producción. En sus inicios, rallaba los choclos a mano: hoy pudo hacer una inversión y hace ese proceso con una máquina a motor. Aramayo dejó la calle y volvió a su casa para trabajar desde ahí. No dejó la calle por desprecio, la calle tiene su valor, porque es la que le brindó los contactos y oportunidades.

La vendedora callejera vive junto a sus padres y a sus tres hermanos, tiene sobrinos, y todos tienen un vínculo laboral con la cocina. La propuesta culinaria de Aramayo no se limita a las humitas, produce tamales, arroyados y prepara caterings para eventos.

Los sueños de Aramayo

La vendedora callejera ya no es tal, pero su espíritu de superación la identifica con la venta callejera. Su sueño es poder instalar su propio restaurante en Salta y poder continuar sus estudios para chef. Aquel restaurante con el que sueña deberá tener la posibilidad que cada cliente pueda apreciar el proceso único y mágico de la cocina.

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