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Onofre Lovero. Un artista pleno de amor por el hombre

El mayor actor del grotesco criollo e ícono del Teatro Independiente, Onofre realizó una brillante trayectoria legando un ejemplo ético y un modelo posible de teatro del pueblo.

Espectáculos
Onofre Lovero

“Entonces yo no considero haber sacrificado nada”, confesaba Onofre Lovero a fines de los noventa, medio siglo de levantar teatros y renovar la escena porteña, marcando una grado de profesionalización y riesgo que caracterizarían a los artistas nacionales, siendo la masa creadora del grotesco de Armando Discépolo, como la denuncia de Bertold Brecht, “considero sí haber hecho naturalmente mi vida y en ella todo lo que debía hacer. Sé perfectamente que nunca le puse el pie a nadie, que condené abierta y públicamente las cosas que deben ser condenadas, que defendí a aquellos atacados injustamente y que sólo le he sido fiel a mis propios principios. Eso es lo que he hecho toda mi vida”. Buenos Aires es la ciudad del mundo con más teatros, más que New York, más que París. En todos los barrios florece el arte inspirado en el espíritu de Lovero, “queríamos que el teatro volviera al pueblo porque era el receptor natural”. Un artista pleno de amor por el hombre parafraseando a Brecht.Cuando se descorra el humilde telón, y se enciendan las luces de gelatinas gastadas, maquillados los actores en el baño, en esa sala de la esquina de tu casa, el ángel de Onofre sonríe. Eso ha hecho con su vida.

Villa Crespo y La Paternal, barrios donde creció Onofre Lovero, nacido el 14 de marzo de 1925, eran un hervidero cultural, con varios teatros; el Regio, de la calle Córdoba; el Villa Crespo, también cine; el Rívoli, y el Soleil, donde se hacían temporadas de teatro en hebreo. Allí el joven Onofre vió a Jacobo Ben Amí haciendo “El plato de madera”, un hecho que lo marcaría de niño, que había hecho la primaria en la escuela particular de Margarita de Blanco e ingresado al Nacional Buenos Aires. Fue en la adolescencia donde las artes dramáticas torcieron el rumbo de ingeniero civil querido por el padre constructor. En 1942 alquiló con sus compañeros de quinto año el Teatro Lasalle y, sin muchos estudios salvo las clases del profesor autor teatral Arturo Jiménez Pastor, debutó con “En familia” de Florencio Sánchez. A los pocos años pasaría a dirigir un teatro con el mismo nombre en Loria y Humberto Primo, tras su encomiable paso en el Tinglado Libre Teatro representado la pieza de Juan Bautista Alberdi, nunca estrenada, “El gigante de amapolas” (1945) La puesta de “El enemigo del pueblo” (1946) de Ibsen sería un rotundo éxito pese a que los peronistas “nos daban cada paliza mientras pegábamos los carteles” porque asumían que allí se hablaba mal del líder justicialista. No serían los únicos problemas con los violentos y reaccionarios de Lovero, que en los sesenta recibiría tiros de los nacionalistas de Tacuara por montar el “El otro Judas” (1961) de Abelardo Castillo. Durante la dictadura estuvo prohibido pero el coraje de la dirección del Teatro Cervantes, en las manos de Rodolfo Graziano, también nacido en el teatro independiente,  dio la oportunidad a Lovero de dirigir y actuar, entre otras piezas, en el gran suceso nacional de “El conventillo de la Paloma” de  Alberto Vacarezza en 1980.

ONOFRE LOVERO y ALDO BARBERO-La Flor de la mafia 1974

Teatro: vehículo fundamental de cultura

“Provocar el acercamiento del teatro al pueblo, por ser aquel vehículo fundamental de cultura. Contribuir a la cultura popular mediante la organización de ciclos de conferencias, exposiciones y la realización de un programa de superación artística. Estimular las nobles inquietudes de la inteligencia, propiciando el acercamiento al público, de los escritores y artistas jóvenes que estén impulsados por una vocación auténtica” eran las oraciones que podían leer quienes asistían las funciones del Teatro de los Independientes, que inició en 1953 más de diez años de gloria teatral en la sala de San Martín al 700, bajo la dirección de Lovero, quien hacía de albañil a escenógrafo. O lo que haga falta. Antes el actor había participado de la experiencia de Nuevo Teatro de Alejandra Boero y Pedro Asquini, con buenas críticas en “El Alquimista” (1950), en un elenco que compartió con Carlos Gandolfo y Héctor Alterio. Pero debido a que Asquini “había sido muy injusto con un compañero” se alejó de aquella compañía señera, que renovó y profesionalizó el medio todavía sustentado en la ausencia de estudios actorales sistemáticos. Arriesgando su escaso capital, entonces trabajaba de corrector en Editorial Abril, pidiéndo favores a Saulo Benavente y Lino Eneo Spilimbergo, y, principalmente, con una doble hipoteca de la casa paterna, Lovero estrenó “14 de julio” (1953) de Romain Rolland -había un busto en la entrada del autor admirado por el actor, obra de Horacio Juárez, que hubo que rehacer destruído por los intolarantes de siempre-; “El convidado” (1954), de Humberto Riva y Oscar Modolo; “La cuerda” (1954); “Distinto” (1955) y “El mono velludo” (1958), de Eugene O´Neill; “Una libra de carne” (1954) – estreno de éste clásico del teatro argentino por más de un año en cartel a sala llena- y “Para que se cumplan las escrituras” (1965) de Agustín Cuzzani; “A la sombra del mal” (1954) de Henri-René Lenormand; “El médico volante” (1954) de Molière; “Farsa de farsas” (1954), de Ferretti; “La ópera de los dos centavos” (1957) de Bertolt Brecht y Kurt Weill -estreno nacional de esta cumbre del teatro-; “La fuerza bruta” (1957) de John Steinbeck; “Más allá del invierno” (1959), de Maxwell Anderson; “Galileo Galilei” (1964) de Brecht, “Romeo y Julieta” (1963) de Shakespeare y “La dicha impía” (1956), de Pablo Palant, por citar sólo algunas obras “con poéticas diversas y un único deseo de ofrecer calidad al público”, subraya Carlos Fos. Varias de estas piezas en la doble función Lovero de actor y director. Y el teatro de Onofre no se reducía a concretar un repertorio de excepción sino que en sus talleres, y conferencias,  formó a buena parte actores y directores del realismo social de los sesenta. Había inventado un sistema de membresía accesible que permitía la asistencia a la temporada completa junto a los cursos de perfeccionamiento dramatúrgico. Aquella antorcha de compromiso y formación de espectadores y artistas pasaría a Jaime Kogan, que proyectaría el nombre definitivo a la sala debajo de las Galerías Pacífico, Teatro Payró.

 

“Somos todos lo mismo”

En los setenta pasaría a integrar el Teatro Popular de la Ciudad, que desarrollaría más obras de Brecht, Chèjov y Gambaro en el Teatro Embassy. Aquella década sería la más intensa del artista en el cine, siendo Juan Manuel de Pueyrredón en “El santo de la espada” (1970) de Leopoldo Torre Nilsson y José Hernández en “La vuelta del Martín Fierro” (1974) de Enrique Dawi, aunque quizá el papel más recordado aparezca en el drama de “Los herederos” (1970) de David Stivel, con Federico Luppi y Norma Aleandro, seleccionada para el Festival de Berlín. “Adios, Roberto” (1985) de Dawi, una de las primeras en tratar la homosexualidad abiertamente, y “El juguete rabioso” (1998) de Javier Torre, las últimas meritorias apariciones del actor; que hizo poca televisión, destacándose la versión de “Cumbres borrascosas” (1972) con dirección de Sergio Renán. “Justamente, cuando entré para acá me paró un señor de cuarenta y cinco años para agradecerme todo lo que yo había hecho por el teatro”, comentaba a Marta Taborda en “Nuestros Actores I” (Ediciones El Jilguero. 1999), y agregaba, “Que la gente me pare en la calle y me agradezca me pasa, palabra de honor, tres o cuatro veces al día…No sé, porque no estoy en televisión y en el cine, poco”, remataba Onofre con los aplausos resonando de su magnífica interpretación de “Loco de verano” de Gregorio de Laferrere en el Teatro Alvear (1999). ¿Cómo no iba a agradecer el público al artista que los deslumbró en más de 300 piezas, casi setenta años,  e incluso fue regisseur de ópera en el Teatro Colón en 1983? Pasó por la función pública, director ejecutivo de Proteatro (Instituto para la Protección y Fomento de la actividad teatral no oficial de Buenos Aires), y la gremial, dos veces consecutivas presidente de la Asociación Argentina de Actores, pero nunca olvidó que “el teatro es una fuerza natural, invalorable” en la vida de los pueblos, y así puso Lovero el cuerpo en Teatro Abierto en 1981. Falleció de un ataque al corazón, en un viaje en taxi, el 1 de diciembre de 2012. Fue recibiendo lauros como el Leónidas Barletta, Gran Premio FNA a la Trayectoria, Trinidad Guevara, María Guerrero, ACE, Florencio Sánchez y el Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires. Y sin embargo Don Onofre no gustaba de ellos, socialista de los de antes, “será que tengo esa vieja cosa del teatro independiente, que somos todos lo mismo”

Onofre Lovero

Dicen de Onofre Lovero

“Onofre Lovero es un ser ético y posee una conducta artística íntegra puesta a prueba, de manera acabada y con brillantez, en repetidas circunstancias. Como director, intérprete y organizador es tan violentamente apasionado como sensible y capaz. Es un luchador, denonado e incansable del teatro, de nuestro teatro”, Luis Ordaz en Historia del Teatro en el Río de la Plata. Buenos Aires: Instituto Nacional del Teatro/Argentores. 2010

Dice Onofre Lovero sobre el personaje de Bertold Brecht en “Galileo Galilei” (1964), primera puesta argentina realizada en el Teatro de Los Independientes -hoy Payró-

“Galileo Galilei importará una afirmación frente a mí mismo y realmente un punto final. Ya no se trata del éxito del público o de la opinión de los demás. En este caso, lo que interesa es mi propio juicio antes que ninguna otra cosa. Si yo sucumbo, me será difícil enfrentar otro personaje así. Galileo Galilei es para mí una cuestión personal…Hacía muchísimo calor en aquel diciembre de 1964. Pero la sala estaba colmada de espectadores atentos y pacientes. Durante los once meses que duró el espectáculo, el interés del público no decayó nunca, y cuando anunciamos la última función, quedó gente fuera y debimos continuar una semana más. (...) Sé muy bien que el mío fue el procedimiento menos ortodoxo para un personaje brechtiano; pero estoy persuadido de que el primero en dejar la ortodoxia fue el propio Brecht. Cuando comencé a frecuentar el personaje de Galileo, noté que se iba produciendo una simbiosis entre él y yo. Me sentía reflejado en sus sentimientos y lo abordé como se hace con un ser querido, ligado a uno por el afecto. Llegué a identificarme con ese antihéroe. Ingresaba en mí a través del sentimiento e imaginaba que la señora Sarti, además de ama de llaves, era una esposa morganática, y a su hijo llegué a quererlo como si lo fuera de Galileo-Brecht-Lovero”, cita de Carlos Fos en Centrocultural.coop

 

 

Agradecimiento/ ImagenGrandes de la Escena Nacional

Fecha de Publicación: 12/04/2022

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