Ser Argentino. Todo sobre Argentina

María Duval. La Reina Dulce

Estrella adolescente de los años cuarenta, nuestra Mary Pickford dejó todo por amor. Ningún misterio para terminar con una carrera que pudo eclipsar a Mirtha Legrand.

Al mundo del espectáculo agrada los misterios. Los periodistas gustan de poner  el antes y el después. La cumbre del triunfo y la estrepitosa caída. Y el público retroalimenta la caza de héroes caídos u olvidados. Con María Duval no pueden. La actriz encarna un talento fulgurante del Cine de Teléfono Blanco de los 40, definiendo una manera pícara de la muchacha criolla que haría escuela, pensamos en Natalia Oreiro, y que en la cuesta de ascenso elige al amor, se casa, y termina con la adrenalina de los set. La decisión madura de una mujer libre de 22 años. Que no terminó con su vida en el retiro de la pantalla, sino que abrió la puerta a la misión solidaria que desempeñó por doce años en el Hospital Israelita "Estaba tan cómoda y feliz que necesitaba ayudar", explica serena María Duval, "Porque la vida es un ida y vuelta y yo había tenido quién me ayudara". Siempre será una estrella la Reina Dulce, sin necesidad de flashes. “No me interesaba tampoco la popularidad. Extraño mucho todo eso, pero no me arrepiento de nada. El mundo es otro, yo era del tiempo de la discreción. Me da lástima que hoy los actores pierdan su intimidad, se la entreguen al público. Yo formé un familión. Tengo mucho amor”. Corte.

Los albores de María, nacida como María Mogilesky el 17 de mayo de 1926 en Bahía Blanca, y quien vivío de pequeña en Avellaneda, hay que rastrearlos en la escuela secundaria bahiense. Y en la certera visión de una profesora, “por qué no intentan ver si María puede trabajar en teatro o recitando, a ver qué carrera puede hacer en Buenos Aires”, en el momento de que su padre pierde el trabajo de viajante, e intenta probar suerte en la Capital. 1940. Vendría a las luces del centro solamente papá con María, dejando al resto de la familia numerosa en el sur provincial, y luego de una entrevista con el afamado periodista Israel Chas de la Cruz, la adolescente consigue el debut, recitando en Radio Mitre en compañía del locutor Armando Rolón. Semanas siguientes ingresa a la Compañía de Narciso Ibáñez Menta en Radio Argentina, quien justo se separa de Pepita Serrador, y entrega a la niña prodigo el papel principal. En un año María no solamente obtuvo trabajo sino que posibilitó reunir a la familia, garantizarles un buen pasar, en una amplia casa de Belgrano.

“Pequeña, me han dicho que eres una gran actriz”

“No vaya con zoquetes, que se ponga medias largas” imploró el productor Enrique Faustín para María y el padre, recomendándo a la niña para que asistan a la audición que Gregorio Martínez Sierra estaba realizando a fin de la remake del clásico norteamericano “Canción de Cuna” (1941). “Mirá pequeña, hemos resuelto darte el papel protagónico -dijo la actriz Catalina Bárcena-. Yo no me deslumbré porque pensaba que era lo más natural del mundo, era tan inocente. Y no era natural”, admitía al periodista Guillermo Alamo. Y sumaba un detalle que la distinguiría en un mundo donde se pisan cabezas con tal de quince minutos de fama, “siempre recordaré el gesto de Nury Montsé, que había sido contratada para ese papel principal, y cuando lo dijieron que habían encontrado una actriz más joven, que se adecuaba mejor el personaje, ella dice: “Bueno, no tengo incoveniente de hacer otro papel””, agradecida María. Que pasó a llamarse Duval por Faustin, necesitado en un apellido más cinematográfico, quizá inspirado en el héroe masculino de “La Dama de las Camelias”, Armand Duval.  Así, autodidacta, en marcha desprejuiciada, La Duval alcanzaría en menos de una década la friolera de 21 películas. No descuidó la radio, siendo estrella de Radio Splendid y Radio Belgrano, compañera de Pedro López Lagar, Jorge Salcedo y Armando Bó.

Entre 1942 y 1943 filma a razón de cinco películas al año, con los mejores directores, Luis Saslavsky, Carlos Bercosque y Carlos Hugo Christensen, en los mejores estudios como Argentina Sono Film y Lumiton, “En 1943 protagonicé “Dieciséis años” de Christensen. Fue un verdadero papel dramático en el que sobre el final mi personaje se quería suicidar. Terminamos en los bosques de Palermo. Yo no quería hacer la escena, pero no había dobles de riesgo. Y me tiré al agua helada. Y salí airosa. Hubo un momento en que evolucioné y que me llegaron papeles menos dramáticos. Los críticos decían: ‘Dejó de ser la llorona'”, comentaba a Marina Zucchi del diario Clarín sobre un punto de quiebre porque en 1944 no filma debido a la falta de celuloide por el bloqueo norteamericano, originado en el neutralismo argentino ante la Segunda Guerra Mundial.

“Justamente en el año 44 no entregaban película virgen por la guerra y entonces se me ofreció hacer teatro y acepté …una mocosa que recién estaba empezando aceptara protagonizar con Osvaldo Miranda, Roberto Airaldi, Héctor Coire…fue inconsciente y audacia de parte mía…me encantó hacer teatro pero fue un esfuerzo tan grande que terminé agotada. Después se volvió a entregar material y volví a filmar y no tuve oportunidad de volver al teatro”, comentaba Duval del éxito de “No es cosa para chicas” en el teatro San Martín, hoy desaparecido en el solar del Edificio YPF de Diagonal Norte. Ciento cincuenta representaciones que transportan a la actriz al Interior y el Uruguay, sus películas son ya un suceso continental detrás de una de las mejores sonrisas del cine argentino, y María debe administrar sus energías en la casa de Belgrano, ya que seguía recibiendo a los fanáticos personalmente. Uno incluso viajó desde Temuco, Chile. “En el hall del teatro de Rosario me esperaba Margarita Xirgú “Pequeña, me han dicho que eres una gran actriz. Ya sé qué clase de artista eres”, dijo. Casi me desmayo”, se emocionaba a sus más de 90 años, María Duval.

“En el hospital aprendí mucho del ser humano”

El segundo ciclo cinematográfico contiene las gemas de “Las tres ratas” (1946) de Carlos Schlieper, con guión de Samuel Eichelbaum, e “Historia de una mala mujer” (1947) de Saslavsky, donde compartiría protagónico en una superproducción local con Dolores del Río y Alberto Closas, y a la que Duval considera su mejor película, “Un imperdible que extrañamente no es citado entre las mejores películas de la historia”, acotan los investigadores Alejandra Portela y Raúl Manrupe. Unos meses después del estreno de la cinta citada se había comprometido con José Grosman, un industrial de la lana. Y comenzaron una historia de amor de más de medio siglo, con tres hijos, y doce nietos. “No fue tan fácil”, rememoraba de la decisión de abandonar la carrera para convertirse en la señora Grosman, “cuando él me lo planteó yo me sorprendí. Entonces hicimos una reunión en mi casa y mis padres me dijieron si yo prefería una carrera para dedicarme al público o mi vida privada y entonces opté por mi vida privada…La decisión me la impuse y no me la impuso mi marido.Necesitaba dedicarme a mi hogar y la actuación gasta muchas horas que yo puse a disposición de mi esposo, de mi casa y, después, al cuidado de mis hijos. No me arrepiento de haber dejado la carrera, y mucho menos si pienso en que la vida me premió con la enorme felicidad que logré hasta hoy”, señalaba a los periodistas en una de la escasas notas que otorgó en las últimas décadas, con el arribo de los premios y reconocimientos masivos, como el Premio Podestá a la Trayectoria Honoraria en 2003.

“Me casé en 1948 y ese año fueron mis últimas películas, “Cita en las estrellas” de Schlieper y “El extraño caso de la mujer asesinada” de Boris H. Hardy, que se estrenaron en 1949. Cuando actuaba vivía una vida de fantasía”, cerraba Duval que también actúo con Ángel Magaña, Juan Carlos Thorry, Mecha Ortiz y Amelia Bence, y fue dirigida por Mario Soffici y Francisco Mugica. A la joven María no le interesaba solamente la fantasía de la pantalla grande ni los centímetros en las revistas Radiolandia y Antena, que cubrieron su casamiento en el templo de la calle Paso como el gran acontecimiento de 1948. Porque no había estrella más grande que La Duval, quizá nuestra primera ídola teen.